COLUMNA: El café en tiempos de pandemia

COLUMNA: El café en tiempos de pandemia

La pandemia y la modernidad parecen estar llevándose lugares para estar con los demás, como los cafés, dice la autora. ¿Qué opinas? Qué pasará con el café en tiempos de pandemia.

Enfrente a la comedia francesa, está el café
de la regencia; en él hay una pieza
recóndita, con una butaca y una mesa.
Cuando entro, el polvo inmóvil se ha puesto ya de pie.
César Vallejo, Sombrero, abrigo y guantes

Escribo este texto en la víspera del Día de Muertos, los panteones están cerrados y las tumbas sin flores. Las oraciones se quedaron atrapadas entre la garganta y el aliento. La crisis sanitaria ha imposibilitado honrar a los que se fueron. Pero no sólo eso, la modernidad y la pandemia están llevándose lugares para estar con los demás, me refiero a los cafés.

Qué pasará con el café en tiempos de pandemia

Si pudiera hacer una ofrenda con las palabras sería al Café Trevi. Tal vez, la calaca de su fundador, el señor Franco Pagano, de origen italiano, estaría viendo los esqueletos de Anita Ekberg y Marcelo Mastrollani entrando a la fuente de Trevi en Roma, como en la famosa escena de la película La dolce vita. La afortunada ocurrencia de Pagano duró sesenta y cinco años y dentro de setenta y dos horas se acaba, el Café Trevi cierra sus puertas. La decoración art déco del lugar junto con su letrero de neón desaparecerán. Sin duda, una de las esquinas de la Alameda Central, en Ciudad de México, y sus vecinos estarán de luto.

En efecto, los mejores cafés están entre quioscos y faroles, al lado de un parque o en el centro de un barrio, ahí, los que caminan sus calles, se reúnen, se acompañan, se escuchan. Algunos huelen a grano molino con tiento, otros, son como un túnel del tiempo. Si tal artificio fuera posible, podríamos ver a Fidel Castro y al Ché Guevara platicando en el café La Habana, ubicado en la esquina de Bucareli y Morelos. Roberto Bolaño, el escritor chileno fallecido en 2003, renombró el lugar como Café Quito, en su libro Detectives salvajes. Ahí escribió un pasaje de esta novela bellísima, que entre otros escenarios, describe a la capital de los años sesenta, cuando lo que nos amenazaba a los mexicanos era la inflación y no un virus.

Pero estos espacios, que hoy han reducido su número de comensales, no son sólo son un lugar para charlar disfrutando de un buen café, porque cuando hablamos, nos proyectamos en el otro. Las revelaciones sobre nosotros mismos se convierten en palabras y escucharlas nos aclara el camino; Jean Paul Sartre diría que estar con otros, nos recoloca en el mundo.

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Por eso, quizás, una mesa y cuatro sillas no son suficientes, hoy los clientes no pueden juntarlas para quedar reunidos con sus iguales: los que hablan de política o de asuntos domésticos. El tema es lo de menos, lo importante es la compañía, la red de afectos que se va tejiendo como una telaraña que no quiere nacer en el desierto. El café se convierte en el lugar a donde acudir todos los días. Así, la soledad se queda en la casa del jubilado, del viudo, del soltero… La pandemia los ha regresado a las paredes de sus habitaciones.

En el libro Los secretos de Japón para una vida larga y feliz de Héctor García y Francese Miralles se presenta el caso de una isla llamada Okinawa, donde sus habitantes viven más de 100 años. Pero, ¿qué hacen estas personas para lograrlo? Comer sano, trabajar en lo que les gusta y reunirse todos los días a platicar con sus amigos… Por suerte, México esta plagado de cafés, como el Café de la Parroquia en el Puerto de Veracruz, nada más rico que beberse ahí un lechero y decidir qué tan cargado lo quiere uno, basta con hacer sonar la cucharita golpeándola contra el vaso de cristal, para que un mesero acuda a nuestro llamado y ponga la cantidad de leche y de café que deseamos.

En el café se ensaya la terapia psicológica y se hace comunidad, por eso los vemos aún llenos. Nadie está dispuesto a renunciar al 30% de ocupación permitido.