Por Fernanda de la Torre: El Castillo de Muyil

Por Fernanda de la Torre: El Castillo de Muyil

Soy un testigo de la existencia de una gran cultura. Soy la pirámide El Castillo, en el sitio arqueológico de Muyil (o Chunyaxché) en la reserva de la biosfera de Sian Ka’an, en Quintana Roo. Muyil fue una transitada ciudad durante muchos siglos. Ello explica los diversos estilos arquitectónicos de mis muros y de los edificios que me rodean.

Me sitúo en la intersección de dos caminos blancos mayas o sacbé, rodeada de un espeso manglar. Si Roma no se hizo en un día, la cultura maya tampoco.

Muyil estuvo ocupada desde 250 a. C. hasta la llegada de los conquistadores. En todos esos siglos de existencia de una comunidad, lógico es que, con el tiempo, tuviera cambios y remodelaciones.

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Mi estructura es sencilla pero armoniosa. Tengo cuatro terrazas con esquinas redondeadas, recubiertas con una fina capa de piedras planas. En medio de todo se encuentra mi escalera frontal y me corona un templo en donde siempre depositaban ofrendas para conseguir el beneplácito de los dioses.

Los arqueólogos dicen que mi estilo de construcción es un ejemplo de la arquitectura del Petén, con cierto parecido con los vestigios arquitectónicos de Tikal en Guatemala. Yo diría que tengo un encanto particular, pero ustedes son los mejores jueces.

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Aunque no soy tan alta como otras construcciones, soy la estructura de mayor elevación de Muyil y una de las que más destacan a lo largo de la costa este del norte de Quintana Roo. Desde mi parte superior se puede ver toda la laguna de Muyil y parte de las lagunas de Chunyaxche y Nopalitos. En un día muy claro, es posible distinguir las olas en la playa de Boca Paila a 12 kilómetros de ahí. Esto es la razón de mi existir y lo que me hace interesante.

Mis muros, aunque no puede apreciarse a simple vista, son reflejo de la pasión por el comercio de los mayas. No olviden que esta civilización dependía de esta actividad. Las rutas comerciales eran preciadas, por esa razón, mi ubicación estratégica hizo que estuviera habitada por tantos años. Aunque me hallo rodeada de jungla y a 12 kilómetros del mar, estoy casi al pie de la laguna de Muyil.

Este cuerpo de aguas cristalinas se conecta mediante canales navegables con la laguna de Chunyaxché y de ahí, se puede accesar al mar. Jade, obsidiana, cerámica, chocolate, miel de abeja, plumas de aves exóticas y desde luego la sal pasaban por estos caminos para ser intercambiadas por otros bienes preciosos. Esto beneficiaba a varias ciudades. Particularmente a la importante Cobá, que se encuentra a unos 40 kilómetros al noreste y a la que me unen varios sacbé. También había comercio con Tulum, Chichén Itzá y la isla de Cozumel.

A pesar de que llevo varios siglos sin habitantes, mis sacbé no están solos. Todos los días llegan cientos de turistas a recorrerlos. Me saludan y continúan su camino por la selva rumbo a la laguna. Es curioso. Escucho diversas lenguas, algunas de países muy lejanos. Las palabras son diferentes, pero las expresiones de admiración son siempre las mismas.

Me enorgullece ser un vestigio de una gran civilización. Cuando los turistas me conocen, les permite imaginar cómo vivían los habitantes de la región hace tantos siglos. Los mayas formaron una cultura que destacó por su arte, arquitectura, notables sistemas de numeración, así como sus impresionantes conocimientos en astronomía. Esto se refleja no sólo en mis muros, sino en los caminos que me rodean y los canales que conectan a las lagunas y por donde hoy se puede flotar apaciblemente.

Entiendo que mis paredes no están en perfectas condiciones como lo estuvieron en otra época, pero soy el lugar perfecto, para quienes así lo deseen, de adentrarse en la selva, dejarse seducir por sus sonidos y embarcarse en una experiencia única para recorrer la laguna y sus canales. Sí, así como lo hicieron los mayas durante tantos siglos.

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