No es lo mismo, pero es igual

No es lo mismo, pero es igual

Ojos azules y La Piedra de la paciencia guardan una semejanza lastimosa a pesar de las diferencias en su contexto histórico y social.

No importa en qué latitud o qué época se indague sobre la mujer y sus desventajas respecto al hombre; han existido siempre y continúan vigentes en el siglo XXI.

La lectura de Ojos azules de la autoría de la afroamericana Toni Morrison (1831-2019), ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1993, y la de La piedra de la paciencia del escritor Atiq Rahimi (Kabul, 1962), galardonado en el 2008 con el premio Goncourt, evidencian esta realidad tan lastimosa. Son historias encarnadas en la inequidad de género. Al leerlas, se descubre que la vida de una niña negra estadounidense en 1941 y la de una joven casada en el Afganistán de hoy es igual: llena de vejación, abuso y sufrimiento.

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La novela de Morrison describe el deseo de una niña por tener los ojos azules. Vive en Estados Unidos en la década de los cuarenta, es pobre, negra y fea. Su padre la viola y el dolor la lleva a la locura. Como es bien sabido, la segregación racial forma parte de la historia de ese país. Sin embargo, no deja de impresionar que fue hasta la década de los sesenta cuando terminó, por lo menos en la ley. Pero en 1940 ser mujer y negra implicaba una doble condición de desigualdad: frente a los blancos y frente a los hombres.

Por su parte, la Piedra de la paciencia cuenta la historia de una mujer contemporánea afgana que está cuidando a su marido comatoso, tiene una bala en el cerebro por haber defendido al Estado Islámico en combate. Es un héroe. Su esposa, de quien nunca se conoce su nombre –hecho significativo en sí mismo–, lleva días rezando al compás de la respiración de su cónyuge. Detiene los rezos y los sustituye por un rosario de quejas por la vida a su lado. Al final él despierta y la mata.

En Afganistán, hasta el día de hoy, la violación no se castiga y los matrimonios son arreglados. Ser mujer en aquel país significa carecer de educación y servicios de salud, ser analfabeta, tener altas posibilidades de morir al dar a luz vivir. No son respetados, ni en lo público ni en lo privado, sus derechos humanos. En contraposición tiene obligaciones, que al no cumplirlas, comprometen su integridad, incluso física.

Rahimi nos cuenta la historia de otra víctima llena de miedo por el futuro y adolorida por el pasado. Ahí, en la habitación donde transcurre la trama, podemos ver lo que pasa afuera y adentro de la mujer desolada, porque convierte al marido en coma en su piedra de la paciencia. La leyenda persa cuenta que puedes decirle todo a tu piedra, incluso lo que no te atreves a confesarle a nadie. Ella te escuchará estoicamente y llegado el momento se romperá a cachos y estarás liberado. Las atenuantes son: el fanatismo religioso, mujeres no ciudadanas, desposeídas de derechos. Son invisibles, sirven a los hombres mientras que no las desechen. El hombre oprime, manda, viola.

En ambas historias el privilegio es monopolio de los hombres: blanco, negro, talibán, padre, esposo… El machismo está institucionalizado, es heteronormal: desayunan con maltrato, comen reprimiendo y se van a la cama a violar. No importa si los persigue el Ku Klux Klan o un enemigo del Estado Islámico.

Termino con un consuelo: Pecola y la esposa se redimen, la muerte y la locura hacen que dejen de sufrir.

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Korina Calderón Gastélum