Sin inversión. Columna de Sergio sarmiento

Sin inversión. Columna de Sergio sarmiento

No hay necesidad de inventar ningún hilo negro. En todas las economías del mundo, ya sean de mercado o comunistas, el crecimiento económico y la prosperidad de la población dependen de la inversión productiva. Sin ella no se producen los bienes y servicios necesarios para que la gente tenga un mejor nivel de vida. Por eso resulta tan preocupante que en México estemos viendo un desplome en ese rubro.

            En el pasado mes de mayo, la inversión fija bruta, que es la suma de toda la inversión productiva en el país, registró una caída de 38.4% en comparación con el mismo mes de 2019. Un desplome brutal, que no sólo es consecuencia de la pandemia. La declinación empezó desde 2018, en particular tras la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, la cual mandó el mensaje de que en nuestro país no hay un real Estado de derecho.

            Otras decisiones similares han ratificado esta visión. El rechazo inicial del gobierno a poner en operación gasoductos ya terminados, o a punto de concluir, mandó también un mensaje negativo a los inversionistas, aunque en ese caso la Comisión Federal de Electricidad negoció un acuerdo que dejó satisfechas a las empresas que habían construido los ductos. No fue el caso, sin embargo, de la cancelación de una mina en Baja California Sur, que ya tenía manifiesto de impacto ambiental, o de una planta cervecera en Mexicali, Baja California, en la que ya se habían invertido 1,400 millones de dólares. En agosto, el presidente López Obrador anunció que se haría una consulta para determinar si se permitiría la construcción de una nueva planta privada de fertilizante en Sinaloa.

            Los inversionistas entienden que un gobierno puede cambiar sus criterios y no suelen tomarlo a mal. El problema es cuando se modifican las reglas de manera retroactiva para afectar proyectos ya iniciados y que han costado mucho dinero. Esto genera incertidumbre pues hace muy difícil realizar nuevas iniciativas, sin las cuales la economía no puede crecer en el futuro.

            El presidente está convencido de que las únicas inversiones realmente necesarias para el país son las que está haciendo su gobierno en proyectos como el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas en Tabasco y un nuevo aeropuerto en Santa Lucía, Estado de México. La rentabilidad de estos proyectos, no obstante, ha sido cuestionada. De hecho, no ha habido inversionistas privados que estén dispuestos a realizarlos. Aunque estos pueden generar empleos durante su construcción, si no resultan rentables se convertirán en lastres, más que en impulso para la economía y la generación de prosperidad.

            Aun si estos proyectos pudieran ser rentables, no representan más que una pequeña porción del monto que el país necesita para crecer. En 2018, según el Consejo Coordinador Empresarial, la inversión privada representó 17.5% del producto interno bruto, mientras que la pública sólo alcanzó 2.9%. No hay forma de que la inversión pública, incluso cuando pudiera aumentar, compense una caída pronunciada de la inversión privada. Generarle incertidumbre a esta no hará más que condenar al país al estancamiento y la pobreza.

            No tiene sentido tratar de reinventar el hilo negro. México necesita inversión productiva porque es la única forma de generar prosperidad. Los programas sociales pueden paliar la pobreza, pero no producir riqueza. Aun en las mejores circunstancias es difícil convencer a los inversionistas de que apuesten su dinero en México, pero si además el gobierno manda constantemente mensajes de que las leyes no los protegen, el esfuerzo se vuelve imposible. El gobierno puede cambiar las reglas si quiere, pero no debe hacerlo nunca de manera retroactiva.