Hotel Ritz de Madrid

Hotel Ritz de Madrid

Hotel Ritz de Madrid

Uno de los edificios más suntuosos de la capital española cumple 110 años. Aquí la historia del Hotel Ritz, narrada en primera persona.

Hay muchos hoteles en el mundo, pero sólo algunos pocos podemos ufanarnos de haber transformado la vida de un lugar. Yo soy uno de ellos. Si por un momento piensan que anticiparse a los deseos de los huéspedes es cosa fácil, mis muros son testigos de lo contrario. “Corre, que hay que preparar la suite para los príncipes de Mónaco”; “anda, que no está listo el albornoz del señor Domingo”; “suban, suban deprisa a llevar el piano de cola a la suite de Frank Sinatra”; “no, no y mil veces no. La clienta de la habitación 123 no come aves”. Estas y frases similares son las que mis paredes escuchan todos los días. Aquí tratamos de pensar en todo.

Ha pasado más de un siglo desde que abrí mis puertas por primera vez en el corazón de la capital de España. Era el domingo 2 de octubre de 1910. El rey Alfonso XIII, “El Africano”, me inauguró sonriente y orgulloso, acompañado de su esposa la reina Eugenia de Battenberg y las autoridades de Madrid. No podía ser de otra forma, finalmente fue el propio Alfonso quien vio la necesidad de un hotel de lujo en la ciudad para albergar a visitantes distinguidos y miembros de la realeza. Si Paris y Londres tenían su hotel Ritz, justo era que Madrid no se quedara atrás. Junto con un grupo de inversionistas, encargó en 1908, mi construcción a la Ritz Development Company.

El elegido para proyectarme fue el arquitecto francés Charles Frédéric Mewés. Mi construcción se realizó bajo la dirección de Luis de Landecho y Lorenzo Gallego. Comenzaba un siglo y con él las innovaciones, por ello soy uno de los primeros edificios de Madrid en el que utilizaron concreto armado. Si el alma que sostiene a mis muros es fuerte, la decoración me convierte en una pieza muy delicada.

Para esta tarea se convocó a las mejores empresas en su ramo: la Real Fábrica de Tapices fue la encargada de tejer mis alfombras, la vajilla tenía que ser de porcelana de Limonges, los manteles del más fino lino y la cubertería, por supuesto, de plata inglesa de la casa The Goldsmith. Durante la memorable fiesta de mi inauguración, todos los asistentes miraban sorprendidos mis muros ricamente adornados, el cuidado en cada uno de los detalles, desde los mármoles y maderas, hasta los cubiertos de plata. Si la idea de los constructores era asombrar a mis huéspedes y visitantes, puedo decirles que lo lograron con creces.

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Mi ubicación es única, a unos cuantos pasos del Museo del Prado y, más recientemente, del Museo Tyssen-Bornemisa. Cerca de aquí también se encuentran la iglesia de los Jerónimos Reales y el parque del Retiro; es difícil pedir algo más. En cuanto abrí mis puertas, los huéspedes comenzaron a llegar y las costumbres cambiaron. Se hicieron famosas mis comidas de los lunes, que frecuentemente aparecían en las notas de sociedad de la prensa de la época. Lo mismo sucedió con los bailes de foxtrot de los jueves y el hábito de tomar el té por las tardes. Todos hablaban de la comida inspirada en el famoso chef George Auguste Escoffier.

Los años fueron pasando, vi el fin del reinado de Alfonso XIII (quien había sido rey desde el día en que abrió los ojos) y la instauración de la Segunda República. El paso de tiempos de paz a tiempos de guerra. En el conflicto, no había necesidad de hoteles lujosos, sino de hospitales, y en eso me convertí durante la Guerra Civil. Días tristes. Mis muros presenciaron la muerte de muchos, entre ellos, la del anarquista José Buenaventura Durruti. Al finalizar la guerra mi dueño de ese momento, Georges Marquet, volvió a transformarme en hotel, teniendo la etiqueta como bandera. Cambié de manos pero los visitantes ilustres no dejaron de llegar.

Guardo como un tesoro las anécdotas de los duques de Windsor, Fidel Castro, Margaret Thatcher, Matta Hari, Elton John, Salvador Dalí, Alexander Fleming, por mencionar algunos.

Hoy mis puertas se encuentran cerradas. Después de haber estado más de un siglo en movimiento, llegó el momento de renovarse. Mis nuevos dueños han decidido dejarme igual o más imponente que cuando recibí huéspedes por primera vez. Muchas cosas cambiarán y se modernizarán, pero mi vocación de anticiparme a los deseos del cliente se mantendrá tatuada entre mis muros. De eso pueden estar seguros.

Fernanda de la Torre

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