Alfredo Balli Treviño: el verdadero Hannibal Lecter

Alfredo Balli Treviño: el verdadero Hannibal Lecter

En 1991, las salas de cine a nivel mundial conocieron al doctor Hannibal Lecter, un psiquiatra refinado y elegante amante de la alta gastronomía, sin embargo y aunque durante mucho tiempo se dedicó a ofrecer sus servicios a la justicia como perfilador, pocos sabían que ocultaba un terrible secreto: era un asesino que gustaba de cocinar a sus víctimas y ofrecerlas en cenas para sus amigos y conocidos.

De lo que poco se habla es que este galeno tuvo su inspiración en el Penal de Topo Chico, en Monterrey Nuevo León, un médico preso de en esta institución conocería a quien tiempo después redactó The Silence of the Lambs y posteriormente la cinta que sir Anthony Hopkings catapultó al a fama y lo hizo merecedor de un premio Oscar, esta es la historia de Alfredo Balli Treviño.

Foto: Twitter Jorge Palazón

En 2013, la obra literaria El silencio de los inocentes cumplió 25 años, y en el marco de las celebraciones Thomas Harris (creador de Hannibal Lecter) reescribió la introducción del libro. Por primera vez, Harris revelaba al público la identidad del personaje que inspiró la creación de Lecter.

Harris visitó el extinto Penal del Topo Chico en Monterrey, Nuevo León, México. Solicitó autorización para entrevistar a Dykes Askew Simmons, un ciudadano estadounidense recluido en el pabellón de enfermos mentales tras ser condenado por un triple homicidio en México. Pero, durante su estancia en este infame lugar Harris conoció la historia de otro recluso.

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 Alfredo Ballí Treviño, un médico cirujano condenado por el asesinato de Jesús Castillo Rangel, su amigo y supuesto amante. En la entrevista con Simmons, se enteró que el ciudadano estadounidense había intentado fugarse, pero fue traicionado por el guardia al que sobornó para que lo ayudara a escapar. En ese intento de fuga Simmons terminó herido, y el Dr. Treviño le practicó una cirugía para salvarle la vida. Esto fue lo primero que atrajo la atención del escritor.

Ya en entrevista, Ballí le contó que por suerte pudo auxiliar a Simmons cuando agonizaba. Que con torniquetes evitó que se desangrara y muriera. Harris se sorprendió aún más por la buena presencia y forma tan correcta en que se expresaba Ballí. Incluso su admiración aumentó cuando le hizo un perfil psicológico de su entrevistado.

Le habló del aspecto desfigurado y de la mente confusa de Simmons. Le describió el placer que obtenía en la naturaleza del tormento y del sufrimiento de sus víctimas.

Meticuloso atormentado

Los hechos ocurrieron en el ocaso de la década de los 50, en octubre, el pasante de medicina  Ballí Treviño recibió en su consultorio a su amigo Jesús Castillo Rangel. Ballí tenía 28 y, el también estudiante de medicina, 24.

Aunque versiones indicaron que habrían sostenido alguna discusión por dinero no pagado, otras señalaron que Castillo, amante y amigo de Ballí se dejó inyectar pentotal sódico en el brazo a manera de droga como en ocasiones anteriores.

Una vez adormecido, Ballí ofuscado por la negativa de continuar la relación de quien otrora consideraba su amigo y pareja sentimental, lo desangró en un baño contiguo al consultorio, lo desarticuló con un bisturí y envolvió los restos en una manta, que depositó en una caja.

Posteriormente, con ayuda de un conocido que ignoraba el contenido de la caja, lo enterró en un despoblado, jamás se mencionó canibalismo y lo meticuloso del doctor llegó hasta este punto. Al poco tiempo la mala sepultura del cuerpo hizo que un pastor y policía auxiliar pasara por el lugar e hiciera el macabro hallazgo.

Ballí no opuso resistencia, aunque ofreció sobornos en vano. Alejandro Garza Delgado, Fiscal del caso que horrorizó a la sociedad regiomontana, reveló que el motivo del crimen fue que Castillo no quiso continuar la relación sentimental que sostenía con el pasante de medicina.



«En la historia del crimen en México nadie recuerda un asesinato de esta categoría», declaró Garza Delgado.

El Juez Marco Antonio Leija condenó a muerte a Ballí, sanción vigente entonces, aunque en 1970 la pena fue conmutada a 27 años de prisión. Aquella fue la última sentencia de muerte dictada en México. Ballí recuperó su libertad casi a los 55 años y siguió ejerciendo la medicina con personas de la tercera edad en Monterrey desde un pequeño consultorio que lo vio morir en 2008, no sin antes declarar en una entrevista para Milenio que “no quería hablar de ese tormentoso hecho que formaba parte de su pasado”.

Por Mario Ostos

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