frida Kahlo, escándalo póstumo

Frida Kahlo

frida Kahlo, escándalo póstumo

El funeral de Frida Kahlo y su polémico homenaje en el Palacio de Bellas Artes es un episodio que nuestro cronista revive en estas páginas.

Calientes aún los ejemplares de los diarios, fotografía al calce de lo que algunos le daban dimensión de sacrilegio, de Guadalajara, en trance de gira, al arrebato de un puñetazo en la mesa del presidente Adolfo Ruiz Cortines, llegaría la orden tajante con perfil de guillotina. El remitente, Andrés Ituarte, director general de Bellas Artes y su jefe, el secretario de Educación Pública, se enterarían horas después del cese fulminante.

La imagen del escándalo mostraba el ataúd de la pintora Frida Kahlo en convite al duelo popular en el vestíbulo de mármol negro del palacio máximo de cultura, cubierto con la bandera roja, hoz y martillo en el centro.

El desafío como aquel de colocar en un mural la frase de Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, en punta de lanza a su alocución de ingreso a la Academia de Letrán: “Dios no existe”; como cuando le puso rostro de políticos a sus alegorías de animales en paneles de ornato del hotel Reforma y lo lanzó el muralista Diego Rivera.

Qué importa si el desplante colocaba en riesgo la posición como jefa del Departamento de Arquitectura del Instituto a su hija Ruth Rivera, a quien se le había encomendado la difícil tarea de atemperar la posibilidad de un exceso, tras la entrada al recinto del brazo del muralista de integrantes del Partido Comunista Mexicano.

El deceso de la pintora que días antes, en silla de ruedas y semblante mortuorio, había ido a la vanguardia de la protesta callejera ante el golpe militar al presidente de Guatemala, Jacobo Árbenz, lo había notificado a Ituarte la fotógrafa Lola Álvarez Bravo.

El parte médico apuntaba a embolia pulmonar. “Cuando entré a su recámara, el rostro estaba tranquilo y parecía más bella que nunca”, declararía su marido.

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Frida Kahlo

Diego, el elefante unido a la paloma a decir del papá de la novia, Guillermo Kahlo, hastiado por el circo de rebozo y tejana en que se revistió el enlace civil, se había retirado de la cama de la agonizante a las cuatro de la mañana.

Rozaba apenas el sueño cuando lo asaltó el grito:

–¡Señor, se murió la niña!

Velorio en Bellas Artes

La decisión de velarla en Bellas Artes la llevaría a la Casa Azul el propio Ituarte. Al día siguiente el cuerpo sería incinerado en los hornos del panteón de Dolores.

La última vez de un ataúd en el vestíbulo del palacio de mármol había sido en homenaje al director de orquesta austriaco Clemens Krauss, fulminado por un infarto a pleno ensayo, días antes de su presentación.

La comitiva de recepción al cortejo de la Frida inerte la integraban tres funcionarios del Instituto: la propia Ruth, Andrés Henestrosa y Víctor Reyes, quienes con Ituarte integrarían la primera guardia.

La llegada de Diego la arroparían, entre otros, el muralista David Alfaro Siqueiros y Elena Vázquez Gómez, que fuera secretaria del presidente Lázaro Cárdenas, quien llegaría horas después, a la par de una docena de integrantes del partido comunista.

Ahí estaban también los discípulos de Frida Kahlo, Fisita le decía el poeta Carlos Pellicer, motejados como Los Fridos: Fany Ravel, Arturo Estrada, Arturo García Bustos, quienes habían compartido brocha con la maestra en el colorido del mural de la pulquería de Coyoacán, La Rosita.

Al largo desfile se sumarían estudiantes de la escuela de pintura y escultura La Esmeralda y de la Academia de San Carlos, así como integrantes del taller de gráfica popular.

Pasada la medianoche alguno de los amigos de Diego desdoblaría la bandera de la discordia oculta bajo la camisa, en el preámbulo de la audacia.

El escándalo, a partir del 13 de julio de 1954, rodó durante semanas. Cuántas carcajadas habría provocado en Frida la puntada del cara-de-sapo.

Por Alberto Barranco Chavarría

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