María Conesa: la reina del Bataclán

María Conesa: la reina del Bataclán

La historia de María Conesa, esta gran artista que cautivó a varios políticos de la época, es recreada por nuestro columnista. ¡Conócela!

Aislada, aunque no exenta de riesgos, de los avatares de la Revolución, en la Ciudad de México la función seguía viva, colocado en letras gigantes de los programas adheridos a engrudo en las paredes, el imán estelar: María Conesa.

La Gatita Blanca volvía estruendo la tanda cuando se colocaba en jarras al centro del foro para retar: “A mí las balas me respetan. Aquí sólo entran los aplausos”. Y del dicho al hecho, tomada la capital a doble desfile del ejército de dorados y la ola zapatista, la audacia extraería de las ligas de media una tijera, a plena función de Las musas latinas en el teatro Principal…, para cortarle un botón dorado al chaquetín militar del general Francisco Villa.

Ahora que, por las dudas, la diva, piedra de toque del escándalo de las buenas familias, se escondió una semana en el camerino.

Y sin embargo, la travesura regresaría con temeridad extrema al cortarle una parte del bigote de cuernos de toro, a la káiser, decían, al general Juan Andrew Almazán, cuya inesperada réplica, erguido frente a la puerta, le devolvería los colores al rostro de la insolente:

–¡Vengo a que me componga la otra parte!

Cerrada a medias la página dorada, su interpretación del Himno Nacional mexicano en función estelar por el centenario del inicio por la lucha de la Independencia; los chotis a sus pies del maestro Agustín Lara, La guapa y Monísima mujer, la diva intentaría recuperar su pasado a los 60 años, ubicando el retorno en el punto de partida, el teatro Colón.

Como entonces la picardía levantaba la falda para desnudar las piernas, sólo que la ovación esperada quedó en tibio aplauso.

El fuego había comenzado su lenta extinción en 1940, cuando saltó del Bataclán a la pantalla grande, con las cintas Madre a la fuerza y Una mujer con pasado.

El encanto que volvía asiduo a su palco al presidente Porfirio Díaz; que sedujo la seriedad esfinge del general Emiliano Zapata quien le invitaría a un día de campo; que provocó delirios al picor de los versitos: “Yo doy masaje, yo doy masaje/con una gracia sin igual/y quien al probarlo una vez/desea más, más, más”, lo nutría la presencia viva.

Aun así, en 1949 llegaría la película Hija de la mala vida.

Nacido en Vinaroz, provincia de Valencia, España, el 18 de diciembre de 1892, la Conesa llegó a los 16 años al país en ruta hacia el teatro Colón de la antigua calle de Colegio de Niñas, hoy Bolívar, para saltar de inmediato al Principal de la acera de enfrente. Su carta de presentación la mostraba niña, en el teatro de Barcelona, con extensión a una larga gira de su compañía infantil Aurora, alcanzando Nueva York y La Habana en el prólogo.

La primera vez fue La verbena de la paloma, con boleto de regreso al país en 1912.

La expedición de conquista habla del garbo para portar el vestido de china poblana; de la gracia singular en su interpretación de La bella Lucerito; de sus retos a Mimí Derba, Lupe Rivas Cacho y Lupe Vélez; de su presencia estelar en el nacimiento de las revistas musicales a la mexicana: El rataplán al tú a tú con el bataclán.

Asociada al escándalo de la Banda del automóvil gris, a cuyas gestas aludía la canción Mi querido capitán, su nombre no aparece en ningún despacho judicial. Ahora que también la maledicencia hablaba de amoríos con el general Álvaro Obregón y años después con el presidente Plutarco Elías Calles.

A la Conesa la trataban de madrecita los integrantes del exilio español tras la derrota republicana en la Guerra Civil de 1936 a 1939, por el altruismo con que los recibió.

Casada con el acaudalado Manuel Sanz, padre de su único hijo, el matrimonio duró un suspiro ante la ira que le provocaba al esposo que le dijeran “Señor Conesa”.

A decir del poeta Luis G. Urbina, su figura no era garbosa; su semblante no era bello; su voz resultaba desaliñada y desagradable, pero todo el rostro y todo el cuerpo chorreaban malicia.

Y a ver quién le quita lo bailado.