Leona Vicario, la verdadera madre de la Patria

Leona Vicario, la verdadera madre de la Patria

Leona Vicario fue una mujer intrépida que abrazó como nadie la causa insurgente y se convirtió en ejemplo de patriotismo y amor incondicional.

Ilustración: Israel Cruz

Ninguna mexicana puede presumir estos logros: ser llamada Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria, que sus restos reposen en la Columna de la Independencia, con su nombre inscrito en el altar de la Patria, además de ser precursora del periodismo femenil y recibir funerales de Estado. Y pese a estos méritos, todavía hasta mediados del siglo pasado no era tan reconocida.

¿Por qué María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador, o Leona Vicario, como se le identifica popularmente, no tuvo los reflectores que sí consiguieron otras figuras del movimiento independentista?

Afortunadamente, esgrimen los entrevistados por Contenido, esto ha cambiado y celebran que este 2020 el H. Congreso de la Unión lo haya designado como Año de Leona Vicario, Benemérita Madre de la Patria.

El escritor de novelas históricas Pedro Fernández, autor de Había una vez mexicanas que hicieron historia, de editorial Alfaguara, reconoce este homenaje como algo más que justo pero también apura para que se sigan descubriendo a otras mujeres de la Independencia. “Ya toca el turno de que hablemos de ellas. En el caso de Leona Vicario –además de merecido– ojalá hubiera más conversación, que se hable de su vida, de su lucha así como que se comparta lo que ella escribió para poder entenderla”.

Otra voz autorizada es la del escritor Eugenio Aguirre, autor de la biografía novelada Leona Vicario, la insurgente. Él celebra esta necesaria revisión pues “a los historiadores del siglo XIX y de principios del XX se les olvidaban las mujeres, era una historia machista, misógina y ya recientemente, digamos en la segunda mitad del siglo XX, surgieron muchas historiadoras valiosísimas que empezaron a escribir sobre las mujeres, figuras muy importantes en la gesta y construcción de este país”.

Mujer ilustrada

Su vasto nombre se debió a sus padres Gaspar Martín Vicario, un español originario de Castilla, que en México logró hacer fortuna y se casó en segundas nupcias con la joven toluqueña Camila Fernández de San Salvador y Montiel. A pesar de ser un comerciante, don Gaspar era un hombre ilustrado, piadoso quien entusiasmado por el espíritu de la ilustración tenía una vasta biblioteca compuesta de volúmenes de diversas disciplinas.

Era natural que en ese ambiente la pequeña Leona recibiera una educación de avanzada, y a diferencia de sus contemporáneas, tomó lecciones de pintura, ciencias, canto y literatura. 

No hay que olvidar que la mujer en esa época estaba subordinada al mundo masculino, a una escasa instrucción, lecciones de religión y otras labores como la costura, el baile y la cocina. Tampoco participaba en política.

En cambio, Leona devoró con fruición los libros de la biblioteca paterna, leía en francés, sabía latín y estaba dominada por el espíritu de la ilustración y el enciclopedismo francés. Su preparación, como la de varias de las mujeres de la élite, era muy superior al promedio y en su caso particular estaba casi a la par de los clérigos, señala en entrevista para esta publicación la historiadora Lorenza Elena Díaz Miranda, académica de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán de la UNAM.

No descuidó su educación religiosa, leyó el Catecismo del padre Ripalda y creció con los valores de la piedad cristina y de la caridad. Gracias al recuento de uno de sus biógrafos, Genaro García, fue posible enterarnos del tipo de libros que la prócer repasaba en su juventud.

Petición negada

A los 17 años todo le sonreía, era una mujer muy bella, rica, con reconocido talento para la pintura, el canto, además gustaba de ayudar al prójimo. Su atractivo llamó la atención de varios pretendientes y terminó comprometiéndose con el joven Octaviano Obregón, miembro de una encumbrada familia guanajuatense.

Sólo que la tragedia llamó a su puerta: al cumplir 18 años, murieron sus padres y quedó huérfana.

En esta época, relata la historiadora Díaz Miranda, la mujer alcanzaba la mayoría de edad a los 23 años, por lo que quedó bajo la protección de su tío y padrino de bautizo, el jurisconsulto don Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, quien se convirtió en albacea de los bienes que heredó Leona Vicario y se encargó de velar por su sobrina.

Don Agustín Pomposo cumplió cabalmente su papel, administró la fortuna de la muchacha y alquiló una casa aledaña para darle libertad a su protegida.

En 1808, debido a las convulsiones políticas en España, Octaviano, el prometido, partió al Viejo Continente donde se convirtió en oidor de la Real Audiencia y relegó el compromiso matrimonial.

Por esa época Leona Vicario conoció en el bufete de su tío a un joven abogado yucateco, Andrés Quintana Roo, con el que compartía secretamente –dado que don Agustín era partidario de la corona española– su fervor por las causas independentistas y también su amor por la patria. Con el tiempo, contagiados por los aires de cambio en 1810, la convivencia intelectual derivó en amor. El joven abogado pidió formalmente la mano de Leona Vicario. Agustín Pomposo se la negó, argumentando la vigencia del compromiso con Octaviano Obregón, aunque también porque sospechaba que Quintana Roo simpatizaba con la causa insurgente.

Amor a toda prueba

Con la tristeza de tener que dejar a Leona Vicario, Andrés Quintana Roo partió a Oaxaca para unirse a los combatientes al mando de José María Morelos y desde allí fundar El semanario patriótico americano donde publicaba proclamas en favor de los independentistas.

Leona mantuvo correspondencia con Andrés Quintana Roo, sólo que su fervor patriótico, a diferencia de los enamorados tradicionales, los hacía escribir cartas más sobre asuntos políticos que del corazón (ver: Amores y triunfos de Leona Vicario, Contenido Mujeres que dejaron huella, 1998).

Pronto la casa de Leona Vicario se convirtió en centro de operaciones donde emisarios y espías entraban a todas horas.

La joven se transformó en una agente de los insurgentes que lo mismo apoyaba con dinero, escribía cartas, surtía de medicina o ropa.

Eugenio Aguirre destaca también la participación de Vicario con Los Guadalupes, una sociedad secreta a la que pertenecían la aristocracia peninsular y los criollos encumbrados, con gran influencia en el movimiento de Independencia.

Por solicitud de Quintana Roo, Leona Vicario instaló una pequeña pero eficiente imprenta para publicar folletos, acuerdos, proclamas de libertad y boletines de los insurgentes, refiere el novelista Aguirre.

Los primeros combates de Vicario fueron más bien de pluma y espionaje que de armas, dicen los expertos. Sin embargo, la correspondencia que tuvo con los insurgentes, especialmente con López Rayón en Zitácuaro y sus escritos en publicaciones como El ilustrador, El semanario patriótico americano y El federalista, le valieron ser considerada como precursora del periodismo femenino, señala la investigadora de la UNAM.

Dotada de una aguda inteligencia, la insurgente desarrolló un método para inventar claves o seudónimos, claramente literarios, que designaban a los jefes y agente rebeldes, método preventivo por si la correspondencia caía en manos enemigas.

Uno de sus mayores éxitos fue convencer a los armeros vizcaínos que servían en la maestranza del Virreinato de que fabricaran armas para los insurgentes y se trasladaran a Tlalpuhajua, Michoacán. Leona Vicario absorbió todos los gastos e hizo los pagos necesarios, describe la historiadora Díaz Miranda.

A salto de mata

En realidad varios descuidos pusieron en alerta a los espías del virrey, quienes interceptaron a un contacto que servía de intermediario entre los insurgentes y Vicario por lo que se ordenó su detención. Pese a que escapó de la Ciudad de México, fue apresada en San Juanico, hoy Estado de México. Terminó recluida en el colegio de Belén donde fue sometida a rigurosos interrogatorios, pero su fortaleza le impidió revelar los nombres de prominentes insurgentes.

Tras 40 días de encierro, un grupo insurgente la liberó, llevándosela, disfrazada de negra, rumbo a Oaxaca donde tenía pensado reunirse y casarse con su amado. Sin embargo, este periplo la llevó a recorrer diversos puntos de un territorio agreste en el que no había comodidades y donde se integró a las tropas insurgentes.

Si bien se casó con Andrés Quinta Roo, la luna de miel fue un peregrinar constante ante las amenazas de captura por parte de los realistas, que veían en la pareja un excelente botín de guerra.

En Chilpancingo, Guerrero, Leona conoció a Morelos, a quien admiraba. Este, enterado de toda la fortuna que la prócer había perdido por apoyar a la causa, se encargó que recibiera apoyo económico.

Con la captura de Morelos, los esposos siguieron a salto de mata por la geografía mexicana. Incluso su primogénita, llamada Genoveva, nació en una cueva en plena sierra, hasta que finalmente fueron apresados. Andrés Quintana Roo se acogió al indulto de las autoridades más por amor y salvar a su familia que por una real convicción.

Se les pidió abandonar el territorio nacional pero ni los indultados ni el gobierno tenían dinero para el viaje, por lo que se quedaron en la Ciudad de México.

Quintana Roo regresó a ejercer su profesión de abogado y la familia se estableció. Como mexicanos participaron de la consumación de la Independencia en 1821.

En ese año, por cierto, también nació la segunda hija, María Dolores. La prócer murió a los 53 años de edad y nunca demostró temerle a nadie, ni rendirse en su afán de conseguir un país independiente.

“Leona Vicario cumplió cabalmente con una serie de elementos que la ponen a la altura de los más notables insurgentes, incluidos los varones”, señala la académica Díaz Miranda.

Por Alberto Círigo