Sergio Sarmiento: La otra crisis

Sergio Sarmiento: La otra crisis

El escenario que se vislumbra después de la COVID-19 no es muy prometedor. ¿Cómo se podría suavizar la situación? Esta es la otra crisis.

La pandemia COVID-19 ha sido una pesadilla global de incalculables proporciones. Pero hay buenas razones para pensar que la crisis económica será peor. Hemos tenido pandemias más mortíferas en los últimos años, como la del sida, que ha cobrado cerca de 35 millones de muertes, pero habría que remontarnos a 1932 para encontrar un desplome económico tan profundo como el de este 2020.

            El nuevo coronavirus, con alta capacidad de contagio y letalidad, fue reportado por primera vez en China el 31 de diciembre de 2019, aunque al parecer había estado circulando con anterioridad. Se le llamó SAR,S-CoV-2 y a la enfermedad que provoca, COVID-19. El 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) la declaró pandemia. La propagación ha sido vertiginosa desde entonces.

            No es la primera vez que el mundo tiene una experiencia como esta.

De hecho, las epidemias han sido una ocurrencia común a lo largo de la historia y han tenido consecuencias económicas muy importantes.

La peste bubónica del siglo XIV mató a un tercio de la población de Europa y tuvo consecuencias económicas profundas. Una de ellas fue el aumento de los salarios de los trabajadores, debido a una aguda escasez de mano de obra. Si bien la tragedia humana resultó enorme, el aumento de los salarios tuvo efectos positivos y algunos historiadores piensan que fue uno de los factores que favorecieron el inicio del Renacimiento.

            En el siglo XX hubo dos pandemias importantes de influenza, en 1918-1919 y 1957-1958. La primera fue particularmente letal, ya que provocó la muerte de 50 millones de personas en el mundo. Las dos coincidieron con recesiones, pero no fueron demasiado profundas y más bien fueron seguidas por prolongados períodos de crecimiento económico, en los veinte y los sesenta.

            La pandemia COVID-19, a pesar de su propagación y gravedad, no será de las más mortíferas de la historia. Sus tasas de letalidad no son tan graves como se temió en un principio. Las consecuencias económicas, sin embargo, pueden ser peores que las de las pandemias de influenza de 1918-1919 o de sida, que dejaron números muy superiores de fallecidos.

            El FMI pronosticaba el año pasado que la economía del mundo tendría un crecimiento de 3.5%, más que saludable, pero ya en abril de este año había modificado la proyección a una caída de 3.3%. No hay ningún precedente de una caída tan fuerte en las predicciones económicas del FMI.

            La gran diferencia entre el caso de 2020, y los de las pandemias del siglo XX, han sido los cierres de fronteras y los confinamientos forzados. No es la pandemia en sí, sino las medidas para combatir la enfermedad las que han ocasionado el gran freno económico.

Se piensa, de hecho, que el mundo puede enfrentarse a la peor crisis económica desde la Gran Depresión de la década de 1930.

            Al contrario de lo ocurrido en la Gran Depresión, sin embargo, cuando la respuesta de los gobiernos y de los bancos centrales agravó la situación, esta vez la mayoría de los gobiernos han lanzado grandes programas de gasto público mientras que los bancos centrales han reducido las tasas de interés y han inyectado grandes cantidades de dinero a las economías. La idea es que las políticas contracíclicas, a pesar de los riesgos que implican, ayudarán a suavizar la gravedad de la crisis económica.

            México ha sido una excepción. El presidente Andrés Manuel López Obrador ha rechazado la aplicación de estas medidas anticíclicas, que considera “neoliberales”. No ha incrementado el gasto, sino que lo ha recortado para apoyar sus proyectos favoritos, como el Tren Maya. Es una decisión sorprendente, de un gobierno que ha tomado muchas decisiones sorprendentes en apenas un año y medio en el poder, y que podría ser un lastre para la recuperación económica.

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