El síndrome de la «abuela entrometida»

El síndrome de la «abuela entrometida»

No es fácil aprender a ser buena mamá, pero aún más difícil es convertirse en buena abuela, digna de sana y duradera gratitud. Este artículo se publicó originalmente en nuestra edición de mayo de 1998.

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Lo peor que puede pasarle a una madre inexperta es no tener el consejo de una mujer mayor, experimentada. Así pensaba la joven arquitecta capitalina Georgina Núñez cuando a mediados de 1995 nació su primera hija; y sólo empezó a cambiar de idea con la llegada de su suegra, que se instaló en casa de la bisoña mamá, para colaborar en la crianza de la nietecita.

Aunque no le gustó que la comedida abuela llegara sin haber sido invitada, los primeros días la arquitecta Núñez agradeció la ayuda de todo corazón, porque había dado a luz mediante cesárea y aún se sentía débil. Pero las relaciones entre suegra y nuera estaban condenadas a deteriorarse: «Mi suegra insistía en hacerlo todo, desde cambiar pañales y bañar a la bebita, hasta cocinar, limpiar y reordenar la casa. En un par de semanas ya me era imposible encontrar nada en mis alacenas y armarios, porque mi suegra había cambiado todo de lugar: lo único que no intentaba, porque le resultaba materialmente imposible, era amamantar a la niña», recuerda doña Georgina.

Inclusive el papá de la bebita, esposo de la arquitecta Núñez  e hijo de la superabuela, llegó al borde de la desesperación: él y su mujer no podían ni sentarse a hacer las cuentas del hogar sin que la tercera en discordia los regañara por «discutir delante de la niña»; ni manifestar dudas sobre lo que sería mejor para la nieta, sin que la abuela les reprochara su incompetencia como padres.

El desenlace ocurrió cuando la suegra sin esperar a que su hijo llegara a casa y cargara con aquel “trabajo de hombre”,  intentó levantar la tina de baño de la recién nacida para verter el agua sucia por la coladera. No pudo: el peso fue demasiado, la tina se le escapó de las manos y con todo y muchos kilos de agua, aplastó a la arquitecta Núñez, que no pudo apartarse a tiempo. El golpe en el abdomen hizo que se soltaran algunos puntos de la sutura quirúrgica de la joven mamá: debió ser llevada de inmediato al hospital.

El incidente no pasó a mayores, pero la recuperación posparto de la señora Georgina fue más lenta y dolorosa. Sólo cuando su propio hijo le rogó que se marchara y los dejara en paz, la superabuela partió, ofendidísima: «Las madres de ahora ya no aguantan nada. En mis tiempos ni siquiera existía la cesárea: nosotras sí sabíamos parir de verdad», se fue refunfuñando.

Según el siquiatra Juan Luis Álvarez-Gayou Jurgenson —presidente del Instituto Mexicano de Sexología— casos como este suceden con frecuencia, pues en la familia mexicana es común el predominio de una “figura castrante”: alguien de personalidad tan dominante que impide el pleno desarrollo emocional de los parientes inmediatos.

Aunque el perfil sicológico de la “madre de madres” carece de clasificación siquiátrica específica, puede equipararse al del recién jubilado que se esfuerza por demostrar que no ha perdido su capacidad para desempeñar su viejo puesto y se presenta “de visita” en su antiguo lugar de labores un día sí y otro también, prodigando consejos e importunando a medio mundo, hasta que lo corren de mala manera. De igual modo, una mujer que siempre consideró como máxima realización personal el cuidado de los hijos (pero éstos ya crecieron y no la necesitan), intenta prolongar su injerencia y autoridad a través de nietos, sobrinos y aun hijos de amigos y vecinos, descalificando de antemano a los padres y tratando de demostrar que ella lo puede hacer mejor que nadie. Estas mujeres no advierten o se niegan a reconocer que sus actitudes ocasionan más daño que bienestar, de acuerdo con el médico

Amor afisxiante

Tal fue el caso de la secretaria Serafina Blanco Menchaca, una capitalina de 30 años de edad que tuvo su primer hijo hace tres años. Con todo y la idealización de la maternidad a que son propensas las mujeres, nunca había imaginado que el trance iba a resultarle tan difícil: un parto largo, complicado y muy doloroso; un niño que nació físicamente inmaduro y tuvo que ser sometido a especiales cuidados por semanas; y su propia exigua producción de leche, que hacía llorar de hambre el pobrecito crío.

Durante el inicial  periodo de gran estrés, la señora Serafina recibió como bendición el cariño y experiencia de su madre —que se había ofrecido a auxiliarla día y noche—, a pesar de que la diligente abuela criticaba a la hija por detalles que iban desde lo que la primeriza madre podía remediar (como aprender a fajar pañales correctamente) hasta lo que estaba fuera de su control (secretar más y mejor leche). Una semana más tarde, un incidente demostró que la superabuela sobrestimaba su propia experiencia en la crianza de recién nacidos.

Alarmados por los temores de la anciana mujer acerca de cierta diarrea del bebé, los novatos padres acudieron al servicio médico de emergencia más cercano. Por ser viernes en la madrugada, la clínica del Seguro Social que les correspondía estaba cerrada y debieron acudir al hospital general de la zona.

Los médicos de guardia revisaron al lactante y encontraron sus signos vitales normales y ningún síntoma de enfermedad. Los doctores explicaron que el excremento verde y acuoso del niño era sólo meconio, desechos acumulados por el organismo del bebé durante la gestación y que son expulsados durante la primera semana de vida. La abuela no sabía que eso ocurría con  los recién nacidos, porque en sus años mozos, parturientas y criatura permanecían una semana o más en el hospital, al cuidado de enfermeras.

Para completar el cuadro de desastre, por seguir el consejo materno de amamantar «hasta que el pecho sangre» y luego curar la herida con gotas de la propia leche, doña Serafina sufrió una infección que marcó el fin de la lactancia en menos de dos meses. Eso a la larga agravó su sensación de incompetencia y ahondó la profunda depresión posparto en que estaba sumida. —Lo peor de todo —dice— es que no sabía cómo decirle a mi mamá que ya me dejara en paz.

Álvarez-Gayou recomienda a las madres primerizas que expliquen a la superabuela que la quieren mucho y valoran su compañía, pero al mismo tiempo se muestren firmes en su derecho a criar al niño con independencia de criterio: la progenitora del bebé debe oír consejos, pero sólo aplicar los que juzgue apropiados, sin presiones.

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Durmiendo con el enemigo

En caso contrario, lo que puede suceder pone los pelos de punta, como ilustra el drama de Carmen López, su madre y su hija mayor. López —de 58 años de edad y madre de 4 hijos— casó a los 17 años. Quedó viuda 5 años después y a cargo de dos hijas. Obligada por tales  circunstancias a trabajar, debió dejar a las chiquillas al cuidado de la abuela. Poco a poco, la mayor de las niñas, Laura, a la sazón de sólo cinco años de edad, empezó a hacer caso omiso de la madre y descalificarla como tal, repitiendo los duros juicios que al respecto oía de su abuela.

Desesperada, Carmen López buscó la manera de abandonar con sus hijas la casa de la abuela, pero el dinero que ganaba como auxiliar de contabilidad no era suficiente. Sin embargo, aún era joven y atractiva: consiguió trabajo como modelo de publicidad, pero tal ocupación le granjeó el abierto desprecio de la superabuela, contagiado de inmediato a Laura, la más sugestionable de las nietas.

A los 28 años de edad, Carmen López casó de nuevo. El marido estaba dispuesto a adoptar a las hijas de su pareja, pero la feroz suegra se opuso: la pequeña Laura debía quedar al cuidado de la abuela. La señora Carmen se resistió en un principio, pero abuela y nieta armaron tal escándalo de gritos y lloriqueos, que al final cedió. De este modo, la niña creció junto a la anciana, estudió el oficio que su tutora le escogió, nunca tuvo novios porque lo tenía prohibido y jamás salía sola. Cuando la abuela murió, Laura pasaba de los 40 años de edad, carecía de amigas y amigos y ahora pasa los días sola en casa, venerando la memoria de la anciana.

—Sin duda —dice Álvarez-Gayou—, las enfermas del síndrome de “madre de madres” forman seres lisiados en su capacidad de desarrollo, incapaces de sobrevivir sin tutela. Tanto es así, que la mayor parte de las personas que acuden a buscar sicoterapia, lo hacen para liberarse de la sombra de la supermadre, que no los suelta ni en sueños.

Por Adriana Romero Cópil