Amor en tiempo de COVID-19

Amor en tiempo de COVID-19

Un texto de nuestro columnista Alberto Barranco Chavarría acerca del paralelismo entre una epidemia del siglo XIX, la de la fiebre amarilla, y la actual que nos mantiene en cuarentena ¿Cómo son las emociones en tiempo de COVID?.

Al declive, preces, jaculatorias, promesas, ayunos al calce, de la epidemia de peste o macehual para la causa indígena, el “He dicho” de su excelencia el virrey no admitía curvas ni vericuetos.  Los dueños de las mansiones estaban obligados a sepultar a los muertos tirados en las calles circunstantes, sean estos mulatos, indios puros, criollos o saltapatrás.

Astutos, los amos ordenaban jornadas nocturnas de arrastre de cadáveres a la calle más cercana.

A mí que me esculquen.

La ordenanza apuntaba a cavar fosas comunes con la consigna de lanzar sacos de cal en los cadáveres sin espacio de lágrimas, responsos o velaciones.  Sin embargo dada su alcurnia, a la condesa del valle de Orizaba se le concedería la gracia de un rezo privado en una sala del convento de San Diego de la parte poniente de la Alameda, con rosarios en solitario de un viejo religioso.

En la madrugada, vencido este por la carga de años, el profundo sueño lo libró del síncope, al levantarse la tapa del ataúd y aparecer la mano anillada de la aristócrata, segundos antes de que el cajón cayera estrepitosamente.

Tiempo después sonaría insistente el eslabón del portón del Palacio de los Azulejos, a la zozobra de criados y señores.

–¿Quién va?: La condesa.

Ahora que, a recomendación del ilustre sacerdote, astrólogo, cartógrafo, naturalista, José Antonio de Alzate y Ramírez, director de la Gaceta Literaria de México y corresponsal de la Academia de Ciencias de París, la recuperación total de la pesadilla llegaba por doble vía: sanitaria y anímica.

A la orden de lavar a conciencia aceras, plazas y plazoletas, seguía la de lanzar a la calle todas las orquestas y bandas de la Nueva España, cuyo desfile convocaba al baile callejero y a repiques intermitentes de campanas. Cuando no alcanzaba el incienso los pétalos de flores perfumaban el ambiente.

Los Te Deum, misas solemnes y triduos se escalonaban en los templos.

La ola mortal de la fiebre amarilla alcanzaría en alta mar un navío procedente de La Habana, con proa al puerto de Mazatlán, sin distingo para tripulantes y pasajeros. La lista contabilizaba 80, entre ellos la “Ruiseñor mexicana” Ángela Peralta, quien convocó a una multitud expectante que la recibía con etiqueta de heroína.

La caravana, músicos, tramoyistas y empresario, llegó al hotel Iturbide un día antes de la función de gala: Arias de Il Trovadore y Aída… que nunca llegarían.

De los síntomas la cantante que cultivara Europa con estación en el Palacio Pontificio, pasó de inmediato a la agonía. La urgencia, sin embargo, en lugar de médico convocaría a un sacerdote. Julián Montiel y Duarte, el amigo, el fiel mayor de la mujer cuya ceguera era inminente y cuya fortuna la escatimara su padre, quería casarse en artículo de muerte.

El gesto apuntaba a disolver las maledicencias que en susurros y grandes voces hablaban de amasiato. La calumnia obligó a la cantante calificada de Ángela de nombre y ángel de voz a cancelar presentaciones futuras en la Ciudad de México.

Las manos entrelazadas sustituyeron los anillos en este tiempo.

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