Aquellos trenes… Columna de Alberto Barranco

Una evocación sobre el ferrocarril, parte importante de las comunicaciones en nuestro país, y personaje de películas, novelas y la vida.

Si la película Viento Negro reseña crudamente la epopeya de la extenuante siembra de rieles a pleno sol canicular del desierto de Chihuahua, fuste al ristre del capataz apodado El Mayor (…hijo de la tiznada), Víctimas del pecado retrata la crudeza nocturna del barrio de Nonoalco, albacea de las espuelas de la estación del ferrocarril de Buenavista, con epicentro en el cabaret La Máquina Loca.

La historia entrelaza corridos, pinturas, novelas, fotografías. Así el recuento del centenar de muertos al descarrilamiento, el 29 de febrero de 1895, del tren al enlace de Tenango y Tonantla (“El movimiento se puso/jalando 16 coches llenos/y el maquinista, muy brusco/fue la causa del siniestro”)…

Así, Juan Cordero plasmó en los muros de la Escuela Nacional Preparatoria el mural de kilométrico nombre Triunfo de la ciencia y el trabajo sobre la envidia y la ignominia, en tanto José María Velasco inmortaliza el puente de Metlac de la vía hacia Veracruz. El asombro ante la modernidad.

Así, el ferrocarril como personaje toral en las novelas de Mariano Azuela, como objetivo de la pasión de Juan Rulfo por la fotografía.

La primera vez, en el bautizo de la tracción motriz sobre el animal, caminó de la plaza Villamil, donde años después llegarían los teatros Margo y Blanquita, a la Villa de Guadalupe: una máquina, dos vagones. Aventura de siete kilómetros.

Doce años después, exactamente el 16 de septiembre de 1869, el milagro del camino de durmientes y acero llegaría a Puebla en la antesala de tocar Veracruz.

A las cuatro de la madrugada, dos horas antes de la salida de una máquina exploradora de la seguridad de la ruta, 600 carruajes se estacionaban en torno a la estación de Buenavista, revestida con banderitas, gallardetes, festones y guirnaldas. La primera corrida partió a las 10, ante el fragor de 21 cañonazos, los acordes del Himno Nacional y el presidente Benito Juárez en el epicentro.

La fiesta se detenía en cada pueblo, banda de música al calce y a veces discursos engolados de los principales.

La conexión con Veracruz tardaría seis años más: 12 horas a Orizaba y 12,000 personas elevando el calor del puerto.

El corrido fue cortesía de Melesio Morales: Locomotora. Así, nada más.

La ruta del progreso la apoteosis de la inteligencia humana, diría Juan A. Mateos.

Enrutada, la tradición se incrustó en una página feliz de la memoria: los vendedores de “itacate”, dobladas, tamales, atole, pinole, aguamiel y pulque; el espontáneo cantante de ranchero; las literas, los camarotes, los camarines y camastros, el carro fumador, el comedor y el checador de boleto; el silbato, la linterna y el reloj de leontina…

¡Áaaaaamonos!

En la bitácora está, en 1920, la larga cola de furgones en mudanza de archivos y enseres del Palacio Nacional abandonado por el presidente Venustiano Carranza en ruta a Veracruz, al asedio de la tropa de Álvaro Obregón… quien ordenaría embestir la caravana con una “máquina loca”.

Y a la Emperatriz Carlota le encantó el tramito de su recorrido de Veracruz a la capital en 1864: “Los carros, para el buen camino, son cómodos. Los asientos están tejidos de paja, así como las persianas que dan acceso al aire libre”…

¡Vuela, vuela palomita

a los pueblos del Estado

para decirle a todos

del tren grande que ha llegado!

Por Alberto Barranco Chavarría

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