La muerte de Sor Juana: la peste en el convento

La muerte de Sor Juana: la peste en el convento

Un 17 de abril murió Sor Juana Inés de la Cruz, la gran poeta de México, también conocida como La Décima Musa. El historiador Manuel Ramos precisa detalles a 325 años del fallecimiento de esta gran mujer.

Eran las dos y media de la madrugada cuando el convento de San Jerónimo de la Ciudad de México guardaba un total silencio. Como si las paredes de las celdas quisieran encerrar vida y no permitir que la muerte apareciera gustosa y así raptar a las religiosas profesas de velo negro. El espacio reservado a las monjas enfermas se encontraba colmado. Las velas de cebo que permitían un poco de luz en la enfermería, se agotaban y los pabilos se debilitaban. No se escuchaban quejidos. Las monjas enfermas esperaban con una gran paz la salida de este mundo para encontrarse con su Amado.

Entre las religiosas dolientes de gravedad se encontraba la madre Juan Inés de la Cruz, postrada en uno de los catres de la enfermería como cualquier otra hermana. A sus 44 años de existencia su fin se acercaba y lo intuía, en medio del delirio provocado por la peste que azotó a la Nueva España ese año de 1695: el tifus o fiebre amarilla.

Desde 1650, la población de la Ciudad de México se había diezmado provocando la muerte de más del 70% de sus habitantes. Entre la viruela y el tifus, las condiciones insalubres, las aguas negras estancadas, la basura en calles y canales se motivaban otras formas el contagio, sumado a medicamentos poco efectivos.

Sor Juana contaba ya con varios días de decaimiento. Entre las religiosas enfermas se encontraban Josefa de San Juan Bautista, María Teresa de la Purificación, sus hermanas más queridas. Las fieles sanas atendían a las moribundas, no sin el temor de verse contagiadas.

En los meses anteriores, de enero a marzo, sor Juana dejó por completo sus actividades intelectuales para atender a sus hermanas jerónimas. Esta cercanía fue seguramente la que provocó la infección que en pocas semanas causó su muerte.

No disponemos de información precisa sobre cuántas mujeres fallecieron en el convento en 1695, pero sí conocemos que no todas las religiosas difuntas pudieron ser enterradas en el coro bajo de la iglesia, espacio sagrado y de reconocimiento para la vida espiritual. Algunas fueron sepultadas en la fosa común.

Al encontrarse moribunda sor Juana, la priora del convento mandó llamar a su confesor, aprovechando que aún guardaba la conciencia y el conocimiento que, hasta donde sabemos por sus biógrafos, no perdió. El sacerdote al ver su estado, solicitó a la preclara religiosa realizara su acto de contrición, y como penitencia le recomendaba el rezo de algunos salmos. Agravándose el cuadro las madres rodearon a la enferma y al menos dos permanecían velando su lecho. Eran las dos y media de la madrugada de ese domingo de abril.

En plena agonía, las monjas en comunidad entonaban el Credo y una hermana tañía la campana del templo y anunciaba, según el leguaje del sonido, que una monja dejaba esta tierra. Una cruz de madera, propiedad de sor Juana, valioso obsequio que la priora de su primer convento, el de San José de Carmelitas Descalzas de la Ciudad de México, al que nunca olvidó, le donó antes de abandonar el lugar y que contenía en su interior una reliquia, un fragmento de la cruz que acompañó en su muerte a Santa Teresa de Jesús. Se le colocó en su pecho. A las tres de la madrugada sor Juana expiró.

Antonio de Robles en su diario anotó: “Domingo 17, murió a las tres de la mañana, en el convento de San Jerónimo, la madre Juana Inés de la Cruz, insigne mujer, en todas sus facultades y admirable”.

Una vez realizado el entierro, acompañada la comunidad de sores por los feligreses, amigos de sor Juana y familiares, su celda, como era costumbre fue inventariada. Los objetos más valiosos que no pertenecían al monasterio se repartían entre sus deudos. Libros, manuscritos, tinteros, canuteros, plumas para la escritura, fueron distribuidos. El resto, como el hábito, sandalias, rosarios, imágenes, fueron reintegrados a su convento. Todo ello se anotaba cuidadosamente y se guardaba en el archivo conventual. Por ello en el siglo XIX el Conde de la Cortina rescató la relación de los bienes de sor Juana y pudimos conocer su legado.

Sor Juana fue muy llorada no sólo en su comunidad, sino en la Ciudad de México que le guardaba gran admiración y respeto por su vocación y por su trabajo intelectual que rebasó fronteras más allá del virreinato.

La peste pasó. La Nueva España volvió a la normalidad. La memoria de sor Juana se perpetuó y sus villancicos seguían recitándose hasta bien entrado el siglo XIX. Hoy, las religiosas del convento de San Jerónimo están por cerrar su monasterio por no contar con suficientes vocaciones. Con ello, se cierra un capítulo de la historia religiosa, pero el legado de sor Juana sigue presente en los estudios históricos, literarios y religiosos del siglo XVII novohispano.

Agradezco al padre José Herrera Alcalá la información y la recomendación para escribir este relato. La cruz con la que murió sor Juana obra en poder del propio padre Herrera.

Para leer más:

Diego Calleja, Vida de sor Juana Inés de la Cruz, notas de Ermilo Abreu Gómez, Instituto Mexiquense de Cultura, [SPI].

Por Manuel Ramos Medina