Nuevas masculinidades: entre ‘hombrismos’ y feminismo

Nuevas masculinidades: entre ‘hombrismos’ y feminismo

En 1997 alguien llamado Lorenzo da Firenze publicó en México el libro La conspiración feminista, que enfrentó obstáculos de las editoriales y rechazo de grupos de mujeres, en cuya portada se leía “Enciclopedia de la Tercera Guerra Mundial: las mujeres atacan a los hombres”.

En marzo de 2005 se anunció la Marcha de los Hombres o del Valor Masculino. Alrededor de un centenar de varones pretendían alcanzar el Zócalo capitalino desde el Ángel de la Independencia, en el Paseo de la Reforma. Los integrantes de la marcha fueron duramente increpados por colectivos feministas.

Fue una de las primeras muestras abiertas y públicas en México de lo que hoy se conoce como “masculinismo”. Da Firenze, al momento de presentar ese polémico libro se preguntaba: “¿Por qué no organizamos los hombres una marcha de orgullo masculino y de protesta contra los abusos de que somos víctimas por parte de las mujeres apoyadas por la publicidad, la sociedad misma y las leyes, que no son nada igualitarias sino sesgadas a la protección de la mujer en deterioro de la integridad e imagen masculina?”.

Al sur del continente, en julio de 1988 el activista Marcelo Mario de Melo publicó el Manifiesto del Movimiento Masculinista Nordestino, que desde entonces suele ser citado por diferentes autores para reivindicar –medio en broma, medio en serio– una serie de postulados sobre el supuesto papel que los hombres deberían desempeñar frente a las mujeres, machistas o bisexuales en la sociedad actual.

Hay que decir que ese Manifiesto tiene un espíritu más ligero y menos beligerante que otros que han surgido en años posteriores, como el que publicó en 2012 el antinatalista y jefe del Departamento de Filosofía del Ciudad del Cabo, David Benatar, llamado El segundo sexismo. Discriminación contra hombres y niños, el cual esgrime que los varones sufren muchas formas de discriminación, y que el sexismo opera no sólo contra las mujeres.

Pero el masculinismo más formal surgió poco después con las tesis que esgrimió un neoyorquino, Warren Farrell, quien fuera un gran apoyador del feminismo al grado de escribir en 1974 un primer libro que apoyaba al movimiento: El hombre liberado. Warren, doctor y maestro en Ciencias Políticas se haría célebre y bandera de grupos masculinistas por haber renegado del feminismo al transformar su discurso que plasmó en dos libros: Por qué los hombres son como son, en 1986, y el más radical: El mito del poder masculino en 1993.

Farrell esbozó, principalmente en El mito del poder masculino algunas de las principales directrices del masculinismo como, por ejemplo, que los hombres son los que van y mueren más en las guerras; que los gobiernos otorgan menos dinero para el cáncer de próstata que para el de mama; que hay una feminización de la educación básica en las escuelas; que la mujer somete al hombre a través del sexo; que es un mito que los hombres ganen más que las mujeres y que es falso que los hombres golpeen más a las mujeres que lo que ellas lo hacen contra los varones.

Actualmente hay grupo masculinistas de diversos tamaños, desde minúsculos hasta aquellos que suman algunos centenares de miembros. Su matrícula nunca es clara.

Desde Varones Unidos en Uruguay; el Movimiento Machista Colombiano; el ibérico Masculinismo España Unga Unga Army; la argentina Fundación Libre; en Canadá Fathers 4 Justice, o en Alemania la llamada MANNdat, que se considera “un grupo de interés independiente y no partidario para los ciudadanos del sexo masculino”.

Nuevos vientos

Para algunos no resulta extraño que surjan reacciones de esta naturaleza justo ahora, cuando se patentizan iniciativas de reivindicación de mujeres contra los abusos de ciertos hombres.

En el caso de México hay múltiples acciones, como las marchas de 24 de abril de 2017 pero sobre todo la gigantesca del pasado 8 de marzo de 2020, cuando se realizaron manifestaciones en todo el país para protestar contra el feminicidio, el sistema patriarcal y las violencias machistas. México, como es sabido, es uno de los países donde más mujeres son asesinadas por el hecho de ser mujeres.

Pero hoy no sólo ellas las que protestan, también hay hombres que analizan si este estado de cosas debe seguir prevaleciendo.

Contrario a lo que representa organizaciones masculinistas, hay otras que exploran nuevas formas de observar la masculinidad. En Uruguay y Argentina se pueden mencionar la Asamblea de Varones o el Colectivo Traidores de Papá, que desde 2014 reflexionan sobre los privilegios masculinos y la complicidad machista desde una perspectiva antipatriarcal.

Foto: Mariana Chávez

También desde España surgen voces que denuncian ese masculinismo como “una de las estrategias que más utiliza el posmachismo al presentar a los hombres como víctimas de las mujeres y de la situación social: víctimas de denuncias falsas, de suicidios, de mayor tasa de accidentes de tráfico y laborales, de menor vida media (…), se presenta como ‘victimismo masculino’ para fijar la atención sobre los hombres sin cambiar nada en los hombres”, dice el médico y profesor de la Universidad de Granada Miguel Llorente.

Otro experto en temas de género es el abogado y catedrático de la Universidad de Córdoba, Octavio Salazar, quien en su libro El hombre que NO deberíamos ser (de editorial Planeta) destaca que ante “el progresivo avance de las mujeres, ciertos hombres están adoptando una reacción defensiva, de manera que se están atrincherando en sus discursos y comportamientos machistas”.

Ante el avance de las mujeres, hay hombres que adoptan una reacción defensiva.

Salazar se pregunta si los hombres de hoy se cuestionan que el modelo de masculinidad que genera tremendas injusticias para las mujeres y, para los varones, cargas y patologías. “¿Estoy dispuesto a renunciar a mi situación privilegiada con tal de llegar a un mundo en que todos y todas podamos vivir de manera más plena y feliz?”, plantea. 

Otros se cuestionan si se pueden unir polos aparentemente opuestos. Juan Miguel Zunzunegui, doctor en humanidades, filósofo y autor de Paz en la guerra de los sexos (publicado por Grijalvo), reflexiona y sostiene que “en el siglo XX la mujer tomó las riendas de una sociedad que los hombres gobernaban por inercia. Fue la mujer la que tomó el derecho de hacer las nuevas redefiniciones sociales. Los hombres, en gran medida, han observado confundidos cómo se desvanece frente a ellos la ilusión de poder, y han respondido de diversas formas (…)”.

Este pensador mexicano sostiene que en el siglo XXI hombres y mujeres están a disgusto con sus nuevos roles.

“La mujer se empoderó, el hombre se confundió, se dividieron en bandos y no dejan de buscar igualdad, por separado y con un género, y no el otro, al mando”.

Entonces hay que preguntarse qué es lo que hace difícil una transición más suave hacia una sociedad equilibrada. Alba Pons, maestra y doctora en Antropología por la Universidad de Barcelona y la Universidad Autónoma Metropolitana, realiza investigaciones de género en México desde 2012. Encontró lo que salta a la vista: en nuestro país hay un nivel generalizado de violencia. Pero a ello se suma un alto grado de misoginia, es decir violencia, rechazo o denigración hacia las mujeres.

Dice Pons a Contenido que en el contexto específico de nuestro país, diversas investigaciones sobre masculinidades revelan que, en términos generales, el concepto del hombre está permeado por el tema del poder y la violencia.

“Para ser legítimamente hombre ante sus compañeros, debe ejercer el poder sobre otros, en este caso las mujeres. Una masculinidad hegemónica. Quienes no la reproducen, quienes no hacen complicidad, son discriminados por otros hombres. ‘Eres muy sensible, muy femenino, muy joto’, le dicen. Por eso muchos hombres acaban reproduciéndolo”.

En el caso de la mujer, Pons refiere que el modelo que se tiende a reproducir incluye sujetarse a un comportamiento social “de mostrarse complaciente con el hombre, sonriente, disponible, sensible, no ocupar su terreno. Y si algunas no siguen esa cultura de género, se enfrentan a las resistencias”, dice la investigadora.

Abrazar el cambio

El autor Octavio Salazar en El hombre que NO debemos ser, explica que nuestras sociedades deberían elaborar otro modelo de relacionamiento entre personas de todos los géneros. Uno en el que el hombre pueda “vivir más allá de lo que supone el rol tradicional de proveedor y de renunciar a nuestra posición de comodidad. El objetivo final sería llegar a un modelo de sociedad en el que lográsemos un pacto generoso y corresponsable entre mujeres y hombres, asumiéramos por igual el papel de proveedores y cuidadores, y viviéramos como un contiguo nuestra dedicación a lo público y lo privado”.

Es un hecho que la mujer desde mediados del siglo XX ha registrado avances en cuanto sus derechos políticos, económicos y educativos, pero los expertos aún encuentran una gran cantidad de pasivos ahí y sobre todo en el terreno cotidiano, en lo cultural. Especialmente México tiene cuentas pendientes en el trato que se da entre hombres y mujeres en el seno de los hogares, entre las parejas, en la calle, en las escuelas o en el trabajo.

Ahí está la verdadera arena donde se dirimirán los cambios. Con diferente intensidad seguiremos presenciando oposiciones entre quienes reclaman un trato más justo y equilibrado entre géneros y aquellos varones que sienten vulnerados sus derechos.

Por José Ramón Huerta / adaptación del reportaje «El masculinismo se enfrenta al feminismo», Contenido, noviembre 2018