Leemos libros… ¿o mejor los escuchamos?

Leemos libros… ¿o mejor los escuchamos?

El centenario artefacto de papel impreso convive hoy con modernos servicios digitales. ¿Acudimos al fin del libro como lo conocemos?

Diego reconoce que le gustan los libros clásicos, de hecho manifiesta una debilidad por los muy antiguos, a los que les reserva un lugar especial en la biblioteca de su casa. Pero también asegura que durante el año pasado escuchó 20 audiolibros, entre ellos Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Oír las peripecias de la familia Buendía y otros personajes le tomó 20 días entre trayectos al trabajo y mientras hacía ejercicio en el gimnasio. Diego Echeverría, sin embargo, es fundador de Editorial Ink, empresa especializada en libros electrónicos o e-books, que conglomera títulos que distribuye en plataformas internacionales como Google Play, Amazon, Apple, Kobo y 30 tiendas digitales más, por lo que desde luego también lee cuantiosos textos en formato digital.

¿El caso de Echeverría es atípico? Podría dejar de serlo si acudimos a experiencias en otros países. En algunos desarrollados, como Estados Unidos, Canadá y varios europeos, desde inicios de esta década una gruesa franja de lectores abrazó los novedosos dispositivos para leer e-books como Kindle, del gigante Amazon, o el pionero Kobo, de Kobo Inc, ambas firmas estadounidenses.

Se empezó a volver más que común en esas latitudes ver gente que gustaba de leer todo tipo de géneros, de ficción y realistas, a través de esos aparatos.

Pero también se empezó a gestar otro fenómeno. Al norte del mundo, cerca de las costas del mar Báltico, desde hace tres lustros tomaba impulso una pequeña firma que creció sorpresivamente desde su natal Suecia: Storytel, que con la modalidad de suscripción mensual o anual –semejante a lo que sucede en la música con Spotify o con Netflix en cuanto series y películas– logró que la gente volviera a la antigua modalidad de escuchar libros pero ahora a través de plataformas de internet, como antes se hiciera gracias a discos LP, casetes o CD.

En general los países nórdicos, que por tradición se habían distinguido por ser fieros lectores en papel, voltearon sus orejas hacia historias que les eran narradas por voces de actores, locutores o los mismísimos autores de las obras y se están convirtiendo en los más fieles clientes de Storytel y plataformas semejantes de streaming. Hay fuentes que aseguran que la mayoría de suecos hoy escucha más audiolibros que los que leen en papel.

Amazon en Estados Unidos, siempre alerta y conocedor de la avidez del consumidor digital, no fue omiso y desarrolló a su vez una robusta plataforma de audiolibros bajo la marca audible.com, que a la fecha se ha posicionado de tal forma entre los usuarios que parece difícil que alguien pueda destronarlo en la economía más grande del mundo.

Informes del Pew Research, por ejemplo, confirman que la población más educada y con mayores ingresos son quienes más consumen audiolibros: en 2019 más de 34% de los graduados universitarios estadounidenses había escuchado algo en este formato, y casi un tercio de los que tienen rentas superiores a 75,000 dólares también había disfrutado al menos una vez al año de una buena (o no tan buena) historia hablada.

¿Adiós al libro clásico?

Es innegable que cuando surgió el libro electrónico y el consecuente aumento en sus ventas fue motivo de preocupación para los libreros clásicos que durante decenios habían sostenido sus ingresos gracias al papel impreso. Cundió la alarma.

En México, de hecho, sigue dándose un incremento en la venta de e-books. Entre 2017 y 2018 se observó un 32% de alza en sus ventas, según las cifras de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana. Pero el mismo Diego Echeverría, secretario de la Cámara, pondera ese hecho: “En países como Estados Unidos y Reino Unido el libro digital creció exponencialmente hasta que, como cualquier producto, llegó a su cuota de mercado de entre 30 y 40%, dependiendo de la condición del catálogo”, dice a Contenido. “Hoy, del 100% de los libros en esos países, 30% corresponde al digital, e incluso hay categorías donde representa hasta el 50%, como los guilty pleasures [placeres culposos] de textos de autoayuda y desarrollo personal, o novelas eróticas tipo Cincuenta sombras de Grey”, añade el empresario y maestro en Derecho.

No obstante, la crecida en la importancia del e-book requiere de una curva de madurez en los mercados. Si bien en sólo cuatro años, de 2014 a 2018, el aumento en los ingresos del libro electrónico se duplicó, su peso en el total del mercado editorial mexicano es muy discreto: apenas alcanzaría 2%.

La escritora, divulgadora y editora en editorial Océano, Maia Fernández Schussheim, recuerda: “La llegada del libro electrónico se anunció como algo apocalíptico: ‘se va a acabar el papel’, decían, y empezó una nostalgia un poco prematura porque 10 años después el avance superimpetuoso del e-book, sobre todo en Estados Unidos, se frenó y empezó a caer en picada; no se estabilizó su venta, bajó estrepitosamente. Y hasta ahora, en mercados como el hispanoamericano, donde no éramos grandes compradores en línea hasta que llegó la época del streaming, el avance del e-book ha sido más lento pero consistente”.

Es verdad que el libro electrónico tiene algunas ventajas frente al impreso. Elena Bazán, gerente en México de la empresa multinacional Bookwire, especializada en distribuir y comercializar e-books en múltiples puntos de venta digitales, dice a esta revista que para el consumidor es conveniente porque, “aunque no hay una regla establecida, su precio es menor al de papel”. Las disponibilidad de la tecnología para usarlos también se amplía: “Cada vez resulta más fácil que las personas tengan un smartphone, una tableta o la misma computadora, en otras palabras, tienen la herramienta para leer el electrónico”.

Bazán, asimismo, describe las conveniencias financieras para las empresas del sector: “Al editor también le es ventajoso el e-book porque su proceso no requiere de una impresión, lo que lo hace infinitamente más económico”. Además, abre la puerta a un mayor número de puntos de comercialización: “Un editor puede acceder a canales digitales en todo el mundo y a diferentes formatos; llegar al consumidor a través de bibliotecas digitales, al de Amazon a través de su lector Kindle, y al de suscripción, que está creciendo mucho”.

Es verdad que estos argumentos y la propia realidad del consumo hicieron cambiar el recelo inicial de los editores grandes y chicos hacia el libro electrónico; la percepción que hasta hace apenas cuatro años tenían acerca de él se ha modificado. Ya se menciona menos la palabra “canibalización” del formato digital en contra del impreso, y en experiencia de Bazán, “muchos editores con los que trabajamos ya no se cuestionan las ventajas, hoy ya resulta común, obvio y natural llevar un libro tanto al papel como a lo digital”.

Por José Ramón Huerta

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