La entrada de un virrey a la Nueva España

En el México entre 1535 y 1821, los virreyes constituyeron la máxima autoridad. ¿Quiénes eran estos personajes?, ¿quién los nombraba?, ¿cuánto tiempo pertenecían en su cargo?, ¿cómo viajaban desde España?

Un virrey era el alter ego del rey, es decir, el otro yo del rey, el representante del propio monarca. Durante su gobierno recibía la confianza del soberano de España. Constituía la imagen y encarnación de la majestad, la cual se manifestaba en el ceremonial, la corte y la guardia. La diferencia con el rey era visual. El virrey no podía hacer uso del palio (dosel o toldo) ya que estaba reservado únicamente al monarca. No obstante, en algunas ocasiones el virrey de la Nueva España (y del Perú) lo utilizaba en ciertos recibimientos y ceremonias, lo que manifestó claramente su poder en tierras novohispanas.

En la Nueva España gobernaron 63 virreyes (32 corresponden al reinado de los Habsburgos y 31 a los Borbones). La casa de los Austrias o Habsburgos concluyó con la muerte del rey Carlos II (1700) quien no dejó descendencia. Los borbones con Felipe V inauguraron la nueva casa reinante.

El virreinato se inició con don Antonio de Mendoza, que gobernó de 1535 a 1550, considerado como uno de los mejores gobernantes del periodo virreinal. Promovió el desarrollo de la ganadería y la agricultura, reparó el camino de Veracruz a la Ciudad de México, abrió la Casa de Moneda y fundó los colegios de Santa Cruz de Tlatelolco y San Juan de Letrán. Fue premiado por el rey para que continuara su carrera política en el virreinato del Perú.

Hubo virreyes con gran dedicación a su gobierno, así como otros que se enriquecían y descuidaban su trabajo. Aun cuando contaban con el mayor poder, lo compartían con instancias que los vigilaban: la Real Audiencia, el arzobispo de México y aun el cabildo secular. Por tanto hubo equilibrio de poder.

 

El viaje por el mar

Una vez electo el representante del rey, se preparaba el viaje al Nuevo Mundo. Cruzar el Atlántico constituía toda una aventura. Los barcos funcionaban con los vientos marítimos y las corrientes propias del mar. Las amenazas que asaltaban a las embarcaciones consistían en vientos favorables o no, tormentas que hacían de las embarcaciones verdaderas cáscaras de nuez en medio del océano y, sobre todo en el siglo XVII y XVIII, el asalto constante de piratas y corsarios.

La tripulación y sus pasajeros se encomendaban a Dios, a la Virgen y a los santos para llegar a buen puerto sin mayores dificultades a las costas de Veracruz, concretamente a San Juan de Ulúa. El viaje se extendía más de 45 días que debieron ser tediosos. Los virreyes y virreinas merecían un trato especial. Contaban con un camarote lo suficientemente cómodo y la privacidad correspondiente. Los vaivenes del oleaje, las lluvias, el bullicio de los demás tripulantes rompían con el silencio de alta mar. Viajaban con la compañía de un sacerdote, un médico, sirvientes y escribanos quienes redactaban las peripecias del viaje.

El virrey despachaba en altamar, desde su escritorio, los pendientes tanto de España como de su nueva sede. La virreina bordaba, tejía, rezaba y de vez en vez se asomaba a cubierta para tomar un poco de sol y caminar con su dama de compañía. La actividad de los marinos despertaba su atención sobre todo en el manejo de las velas que se acomodaban al viento.

El mar era muy respetado. En medio de la imaginación, algunos pasajeros creían observar sirenas que coqueteaban a los marinos, monstruosos peces que emergían de las aguas, vientos huracanados que provocaban el temor sobre todo en las noches interminables. Este miedo se aminoraba con el rezo diario del rosario en sus cinco misterios, se cantaba el Angelus y otras oraciones, y todos los pasajeros se encomendaban prometiendo buen comportamiento en lo futuro, promesas de aportaciones monetarias a la Iglesia así como elaboración de exvotos a los santos y vírgenes.

 

Recepción en tierra

Una vez llegados a las cercanías de la tierra firme, los galeones anclaban lo más cercano al puerto. El virrey descendía por unas escaleras con el fin de embarcarse en una lancha amplia y lujosa para ser recibido en el muelle por el gobernador del puerto quien le daba la bienvenida, y como símbolo le entregaba las llaves de la ciudad. Posteriormente lo invitaba a él y su comitiva a recorrer las calles principales donde el pueblo demostraba su alegría con flores y música.

En las cercanías del puerto, previamente, se enviaba una pequeña embarcación para avisar al gobernador de la llegada del virrey y así preparar el recibimiento. Asimismo se entregaba la documentación correspondiente que lo acreditaba y diversas cédulas reales con recomendaciones y mandatos.

Hecho el recibimiento, que por lo regular se desarrollaba antes del mediodía, el virrey descansaba en las casas consistoriales y en compañía de su servicio podría permanecer varios días, a pesar del calor y sobre todo de la fama de lo insalubre del puerto.

Para continuar su viaje el virrey visitaba La Antigua, donde salían a recibirlo los gobernadores de indios de aquellos distritos, le obsequian flores y súchiles, se acompañaban de la música que los indios interpretaban con instrumentos propios como caracoles, tambores, flautas. Permanecía unos minutos y continuaba su camino hacia Xalapa, no sin antes almorzar en la hacienda El Lencero “donde mudaban las mulas y de las literas”. Allí se alistaban sus guardias, descendían de sus caballos y se aprestaban para continuar un camino sinuoso y de grandes cambios de temperatura.

Xalapa, la tercera parada, seguía el mismo ritual de bienvenida del gobernante, la entrega de llaves, la presentación del clero y la sociedad. Descansaba al menos dos noches. Esos días inspeccionaba los templos y conventos, donde era recibido con gran pompa, y entablaba diálogos con autoridades para conocer el estado de las finanzas, la pureza de la religión, el cuidado de los caminos, así como su seguridad.

La siguiente parada se realizaba en Puebla de los Ángeles, ciudad rica y bien diseñada; se consideraba la segunda ciudad del virreinato después de la capital. ¿Cómo se recibía al virrey en tan importante urbe?

Lo contaremos en nuestra próxima entrega.

Para leer más:

Manuel Ramos Medina, El otro yo del rey: virreyes de la Nueva España, 1535-1821, Museo Nacional de Historia INAH-Miguel Ángel Porrúa, México, 1996.

Diego García Panes (1730-1811), Diario particular del camino que sigue un virrey de México. Desde su llega a Veracruz hasta su entrada pública en la capital, Edición facsímile. Ayuntamiento de Tlaxcala, México, Tlaxcala 2019.

 

Por Manuel Ramos Medina

 

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