Estancamiento sin inflación. Columna de Gabriel Zaid

 

La incertidumbre creada por los hechos y dichos del presidente López Obrador ha tenido un efecto inesperado: el peso fuerte. No es tan difícil de explicar.

pxhere.com/4/feb/2020
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  1. Los despidos masivos de burócratas fueron arbitrarios, poco selectivos y hasta ilegales: sin indemnización, con renuncias forzadas. La población asalariada se redujo. También se redujo la falsamente no asalariada, que cobra sin derechos ni prestaciones laborales, con recibos de honorarios por servicios supuestamente independientes.
  2. A esto hay que sumar los empleados públicos no despedidos, pero obligados ilegalmente a aceptar un sueldo menor.
  3. El menor empleo y los sueldos menores redujeron el consumo familiar, la demanda agregada en la economía y el mercado interno.
  4. El menor consumo redujo las importaciones y por lo tanto la demanda de dólares.
  5. El menor mercado dejó en veremos los proyectos de inversión física: construcciones, instalaciones, maquinaria.
  6. Las menores inversiones físicas redujeron la importación de maquinaria y equipo, y así la demanda de dólares.
  7. El menor mercado interno empujó a las empresas al externo: exportar.
  8. Las menores importaciones y mayores exportaciones mejoraron la balanza comercial y aumentaron las reservas en dólares del Banco de México.
  9. También aumentaron por las remesas de mexicanos que se fueron a buscar en los Estados Unidos y Canadá mejores oportunidades de empleo.
  10. Ya no se diga por las elevadas tasas de interés que fijó el Banco: atractivas para las inversiones puramente financieras, disuasivas de las inversiones físicas y del consumo a crédito.
  11. El menor empleo y los sueldos menores redujeron la recaudación de impuestos laborales. Esto (sumado a las indecisiones del arranque sexenal) redujo el gasto público en lo menos urgente: la inversión pública física.
  12. Lo cual redujo el empleo, la demanda de materiales de construcción, las importaciones, la recaudación de iva y de aranceles de importación, acentuando todo lo anterior.

De ahí el peso fuerte.

Peor hubiera sido el estancamiento con inflación (stagflation: stagnation inflation) que padecieron los ingleses hacia 1970, cuando se quintuplicaron los precios del petróleo que importaban. Y los chilenos con el presidente Allende. Y ahora los argentinos.

Políticamente, la inflación es peor que el estancamiento. El presidente López Portillo llegó a decir: “Defenderé el peso como un perro”. “Presidente que devalúa, se devalúa.”

La inflación es muy visible, el estancamiento tarda en mostrar sus efectos. El descontento por la inflación es general. El descontento por la economía estancada es primero empresarial.

Hay una corriente de pensamiento ecologista que aboga por el crecimiento cero, para reducir el daño a la naturaleza. Pero ningún país ha llegado al estancamiento voluntariamente. El crecimiento cero o negativo suele ser resultado de la política económica, no su objetivo.

No es tan difícil salir del estancamiento. Lo difícil es salir de la inflación, una vez que se desata.

El sexenio de Echeverria empezó con austeridad (llamada entonces atonía) y terminó en la desastrosa economía presidencial, manejada “desde Los Pinos” (no desde Hacienda); en pos de la quimera milagrosa de Allende. El populismo dadivoso del presidente de Chile tuvo éxito inicial: aumentó el consumo, la demanda agregada y el crecimiento. Después siguió lo que siguió: la inflación desbocada, el desastre económico y el golpe militar.

El populismo recortador ha sido menos malo que el populismo gastador, pero el crecimiento cero no puede prolongarse indefinidamente. Tampoco remediarse toreando las presiones de las cúpulas empresariales y el presidente Trump. La incertidumbre, agravada por la inseguridad, no estimula el crecimiento: lo frena.

Para salir del estancamiento, el gobierno puede construir caminos, presas y otras obras que sean realmente útiles, que tengan efecto multiplicador y que animen a los empresarios a invertir. Lo hizo el gobernador de Nuevo León Bernardo Reyes, antes de que Keynes lo recetara.

Y es mejor una multitud de obras públicas pequeñas, repartidas por todos los estados, que unas cuantas obras mayúsculas como la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya, sobre todo si resultan elefantes blancos.

Hay que apoyar la creación de microempresas, el espíritu emprendedor que afortunadamente abunda en el país. Hay que reducir lo que sofoca su desarrollo: la falta de microcréditos y el exceso de trámites.

Por Gabriel Zaid

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