Vino mexicano ¡Llegó su hora!

No hay plazo que no se cumpla y ahora que los mexicanos empiezan a conocer sus vinos y aceptarlos, la industria local quiere aprovechar esta oportunidad histórica.

Escena de viernes en la Ciudad de México: un grupo de jóvenes entra a una tienda de cadena, de las llamadas “de conveniencia”, aduana obligada antes de llegar bien provistos a la reunión con la que inaugurarán su fin de semana.

Según lo acostumbrado, toman de los refrigeradores refrescos, de los estantes botanas, solicitan cigarrillos y todo lo van poniendo sobre el mostrador. Pero entonces ocurre lo inusual: de un discreto anaquel ubicado junto a las cajas, los muchachos seleccionan también un par de botellas. De vino tinto.

Quizá en países de Europa y del Cono Sur americano este tipo de estampas son cotidianas. Pero aquí ese tipo de comportamiento está revolucionando un mercado que hasta hace muy pocos años sólo un puñado de personas imaginaba que cobraría la fuerza que hoy muestra. Al lado de la dominante cerveza, en pocas décadas los mexicanos combinaron su gusto por bebidas espirituosas como ron y brandy, para aceptar licores claros como el vodka o ginebra, ensayaron con whisky –todos ellos mezclados con sodas o refrescos de cola–, y desplegaron su nacionalismo al abrazar el tequila y el mezcal.

Pero en un parpadeo, según la Organización Internacional de la Viña y el Vino, la FAO y la Secretaría de Agricultura, los consumidores abrieron su abanico y el consumo de vino brincó de 250 mililitros por persona al año hace una década, a 750 en 2015, hasta superar el litro per cápita este 2019.

Según cifras, los mexicanos ya dan dura batalla a los poderosos vinos españoles.

Ahora bien, ¿un litro es mucho? Depende. Si lo compramos con, por ejemplo, España, que muestra un consumo de 40 litros por persona al año, aún es modesto, pero vinicultores mexicanos consultados hablan de crecimientos de cerca de 20% por año, lo cual abre posibilidades enormes para el sector.

Con base en cifras del Consejo Mexicano Vitivinícola dadas por su presidente Hans Backhoff –cabeza también de la prestigiosa vinícola Monte Xanic–, la producción local en 6,500 hectáreas ronda los dos millones de litros de vino que generan más de 200 casas productoras y beneficia a 2,100 cultivadores en 14 estados de la república, desde las minúsculas y artesanales, llamadas boutique, hasta las medianas y los grandes industriales.

Así pues bastaron poco más de 10 años para que un sector de cultivadores de la vid, que llevaba décadas surtiendo uva de mesa, uva pasa y a los fabricantes de brandy, jugos y néctares en México, renaciera desde el altiplano pero sobre todo desde las tierras del Valle de Guadalupe y viñedos vecinos bajacalifornianos donde diversos emprendedores –como Hugo D’Acosta, de Casa de Piedra, fundador de “La Escuelita”, legendario espacio donde instruyó a cultivadores y lugareños sobre el arte de hacer vino– apostaron por la manufactura del vino y fueron sumando técnicas modernas del ancestral cultivo.

Ese empeño de enólogos y bodegueros se confabuló con el frenesí de jóvenes consumidores que se sumaron a los adultos, más conocedores, para el florecimiento de una industria no sólo en Ensenada y su Valle de Guadalupe, en Baja California –hoy todo un cluster enoturístico y gastronómico de renombre internacional– sino también en otros puntos del país como Querétaro, Coahuila, Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas o San Luis Potosí, que motivaron a que más inversionistas busquen ya mismo nuevas áreas de cultivo y de negocio.

De hecho, esto es parte de la aventura que se avecina: el cambio climático y la necesidad de producir más vino hicieron que la expansión voltee ya a ver estados como Chihuahua, Jalisco, Puebla, Nayarit, Hidalgo, Estado de México… incluso la mismísima capital del país.

Si bien algunos de estos viñedos están en fase de experimento, donde expertos y otros inversionistas entusiastas requieren de hallar microclimas adecuados, idóneos terruños (terrois, como se les conoce en el mundo) y las varietales o tipos de uva que mejor se adapten, un hecho es evidente: ya hay hojas de parra reverdeciendo en parajes antes impensables.

El reportaje completo está disponible en la edición impresa del mes de diciembre de la revista Contenido.

Por José Ramón Huerta

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