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¿Por qué a pesar de tantos esfuerzos para optimizar la calidad de la educación, esta  no mejora? ¿Hay una fórmula o receta para tener mejores resultados en esta materia?

La educación no es una varita mágica para el desarrollo. Los países de Europa Oriental de la era soviética tenían buenos sistemas educativos, pero no prosperaron por las restricciones a las actividades económicas privadas. Sólo cuando el comunismo fue desechado lograron tasas de crecimiento elevadas y, entonces sí, la calidad de su educación se volvió importante. Corea del Sur, en cambio, tenía tasas de analfabetismo muy altas en la década de 1950. Su posterior crecimiento fue acompañado, no precedido, por una expansión y mejora de su sistema educativo. Hoy el país tiene resultados muy altos en las pruebas de Pisa, las que se usan para comparar la calidad de la educación en distintos países.

México tiene buena cobertura educativa. Dos terceras partes de los pequeños de tres a cinco años reciben instrucción preescolar. Virtualmente todos los niños de seis a 11 años asisten a escuelas primarias. En la secundaria la cobertura alcanza 93%. El problema es la calidad. México está en el último lugar de los países de la OCDE en las pruebas de Pisa, aun cuando se mantiene arriba de la media latinoamericana.

Ha habido muchos esfuerzos para tratar de mejorar la educación en México. Casi todos los presidentes han lanzado reformas o programas con este propósito. Luis Echeverría promulgó la Ley Federal de Educación para sustituir la Ley de Educación Pública de 1941. José López Portillo promovió el Programa de Educación para Todos. Carlos Salinas de Gortari, con Ernesto Zedillo como secretario de Educación y Esteban Moctezuma como subsecretario, impulsó el Programa para la Modernización Educativa que descentralizaba el sistema escolar. Vicente Fox introdujo la Enciclomedia y Felipe Calderón el programa Aprender Competencias. Enrique Peña Nieto adoptó evaluaciones y concursos de oposición para los maestros, pero Andrés Manuel López Obrador revirtió su reforma e hizo una nueva.

Quizá algunas de estas reformas hayan tenido elementos positivos, pero ninguna ha tenido tiempo para demostrar su valor. Los resultados en la calidad han sido nulos. La inestabilidad ha tenido un costo alto.

La reforma de López Obrador se aprobó bajo una fuerte presión de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), el ala más radical del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), que quería eliminar toda evaluación. Al final el secretario Esteban Moctezuma logró salvarlas, aunque no puedan llevar a la remoción de los maestros con peor desempeño.

Nadie sabe realmente cómo asegurar una mejor calidad educativa. Tener un gran número de días de clase, como los países asiáticos, no es garantía. México cuenta con uno de los calendarios escolares más largos del mundo, pero países como la República Checa, con muchos menos días de escuela, tienen desempeños muy superiores. Corea del Sur aplica evaluaciones muy exigentes a maestros y alumnos, pero Finlandia, también con resultados muy altos, no evalúa a los maestros.

La calidad de los maestros parece ser uno de los factores fundamentales, pero parece más importante atraer aspirantes de buen nivel en un principio que saturar la vida magisterial con pruebas y evaluaciones. Un factor crucial es el nivel económico y cultural de los alumnos. Eduardo Andere, un respetado investigador mexicano, advierte que la pobreza es el mayor obstáculo para lograr un aumento de la calidad educativa en México.

            La educación se ha convertido en rehén de la política. Tanta importancia le han dado los gobernantes mexicanos, que el resultado ha sido la proliferación de reformas y la falta de continuidad. Quizá la mejor solución sería dejar el tema a los especialistas y a los maestros, y quitárselo definitivamente a los políticos.