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Te has preguntado ¿Por qué nos gusta asustarnos?

El miedo es una emoción que nos permite sobrevivir ante peligros latentes, nos mantiene alerta, nos ayuda a huir del riesgo y provoca reacciones químicas que nos agotan. ¿Por qué entonces tanta gente disfruta de los sustos?

Pxhere.com 28/oct/2019
Foto: pxhere.com

David PG, un arquitecto de 30 años de edad, recuerda su primer gran susto. Sucedió cuando tenía ocho años, y en aquel tiempo en el Estado de México había un parque de diversiones que tenía una atracción: La Casa de La Llorona, que se centraba en ese personaje de la cultura mexicana. “Entre todas las cosas que hacían con la finalidad de asustarte, recuerdo que fue el manejo de las luces lo que ocasionó mis mayores sobresaltos”, recuerda en entrevista para revista Contenido.

A partir de entonces, el entrevistado rememora distintos momentos en los que pasó por momentos de terror. “En general no soy una persona muy asustadiza, pero creo que la falta de luz es lo que me pone más ansioso. Entré a otras casas del terror y si estaban con las luces apagadas no había tanto problema, eran los sustos normales, pero si hay luz y de pronto me la apagan, eso me asusta muchísimo”.

Paradójicamente las casas del terror, películas o historias escalofriantes contadas en alguna reunión familiar son de las cosas que más disfruta David. ¿Por qué le gusta asustarse? “Por dos cosas: primero, porque me recuerda muchos buenos momentos que he pasado con amigos y familiares y, segundo, porque sé que al final del día, es sólo una película o una historia, algo que no me va pasar a mí”, dice con cara de alivio.

La adrenalina que desata una situación terrorífica es lo que la hace sentir “un poco más viva”, comenta a esta publicación Adriana Robles, una joven estudiante de Química. Su relación con el terror comenzó también en su infancia, pero no en un parque de diversiones sino de la mano de la literatura. “Leía libros de mi papá, leyendas de terror, cuentos mexicanos y por supuesto también vi series de televisión como ¿Le temes a la oscuridad?, Escalofríos y La hora marcada, series que me acompañaron en esa etapa”, dice emocionada.

Los entrevistados reconocen que hoy es más difícil que algo realmente los asuste. “No es miedo propiamente lo que nos gusta, sino la posibilidad de que algo pueda pasar, por eso escuchamos historias de terror, por eso pagamos por tener recorridos en supuestas clínicas médicas abandonadas, porque no es que nos aterre o nos guste tener esos sobresaltos sino por disfrutar de esa incertidumbre, quedarnos con la interrogante de si eso nos podría ocurrir a nosotros”, expresa David.

¿Dónde comienza el miedo?

Los seres humanos tenemos una gran variedad de sensaciones, mientras existen algunas que son exclusivas de nuestro cerebro desarrollado, otras son asombrosamente similares a las de los demás animales. Entre todos los sentimientos que experimentamos, el miedo es uno de los más primitivos, asociado sobre todo al instinto de supervivencia, heredado de nuestros antepasados.

Una de las cosas más interesantes sobre los estudios del miedo es observar las construcciones sociales del mismo (aprendidos, innatos y hasta genéticos). A través del condicionamiento del miedo (conectar un estímulo negativo con una consecuencia negativa) se puede vincular casi cualquier cosa al miedo. Uno puede aprender a temer, y esto quiere decir que nuestra socialización y la sociedad en la cual nos criamos tendrán mucho que ver con aquello que encontremos como origen del temor.

 

Los miedos innatos son los más primitivos, los que nos mantienen con vida en situaciones de riesgo, que nos dicen si huir o pelear; los adquiridos dependen de nuestro entorno social o debido a una situación traumática.

¿Qué es el miedo?, pregunta Contenido a la doctora en Neurociencias de la Conducta y docente en la Universidad Panamericana Shizue Aoki. “Es una emoción básica, primitiva presente en todos los seres vivos; en el ser humano su función biológica es mantenernos con vida y ello genera que se activen estructuras en el cerebro que liberan una gran cantidad de químicos”.

A nivel cerebral ocurre que “la amígdala se activa y comienza la secreción de adrenalina y noradrenalina, que prepara las piernas para correr o pelear […] estas reacciones fisiológicas que se dan en milisegundos se acompañan de la serotonina y la dopamina, sustancias que se relacionan con los procesos afectivos y la conducta placentera”. Ahí comienza el gusto por recibir ciertos sustos, siempre y cuando sean “situaciones hipotéticas y que no pongan en riesgo nuestras vidas”, explica la doctora Aoki.

Así pues este tipo de sustos son situaciones que buscamos, pero que tienen la ventaja de que las podemos mantener en control y lo cual resulta fundamental para que exista un disfrute del miedo.

 

Las historias de miedo funcionan principalmente para evitar el aburrimiento, y no producen miedo, de lo contrario nadie iría a verlas, opina el psicólogo Hugo Sánchez Castillo.

 

De hecho, las personas no suelen sentirse bien luego de sufrir un accidente de tránsito o algún un hecho violento que les toque vivir y que realmente les llene de temor. Sin embargo, desde hace mucho tiempo y en fechas recientes, hemos visto cómo la cultura popular se llena de personajes y situaciones que en teoría dan o deberían dar miedo.

Fenómeno curioso si aceptamos la premisa de que hay tramas y personajes que venden libros, popularizan series y llenan salas de cine. Muchos cuentos infantiles, novelas y películas e incluso videojuegos, giran en torno al miedo y a la violencia en nivel psicológico: se generan sentimientos de empatía con zombis; los exorcismos son aceptados como heroicos; los muñecos malditos y las casas encantadas llaman poderosamente la atención.

Lo que ocurre, explica la también psicóloga Shizue Aoki, es que “analizamos el contexto, que es lo que nos permite distinguir que estamos viendo una película. Nuestra corteza cerebral nos deja darnos cuenta de que estamos en una sala de cine, o en la casa, que no es real lo que está pasando, por ello el placer en asustarnos ocurre mientras mantenemos controlada la situación, de manera que podemos anticiparnos a lo que va suceder, porque no lo estamos realmente viviendo ni está en riesgo nuestra vida”.

David Rudd, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y del Comportamiento de la University of Utah, explica que la experiencia del miedo “real” se da cuando la evaluación de la amenaza es mayor que la de la seguridad.

Por ejemplo, añade la especialista de la UP, las personas que tienen miedo a volar, evalúan la amenaza de un accidente de manera realista pero desproporcionada (ya que en realidad es más seguro que conducir un auto), y como resultado de una evaluación defectuosa, experimentan pánico. Esto explica por qué los niños, y algunos adultos, tienen un miedo descomunal ante ciertas cosas. Los pequeños suelen olvidar, por ejemplo, que se trata sólo de una película de terror y su evaluación del riesgo los lleva sentirse amenazados en la vida real.

De ahí que algunas investigaciones concluyan que las historias vistas y leídas favorecen la empatía, el ponerse en la piel del otro, y que por eso funcionarían como un simulador del mundo real donde las personas aprenden comportamientos que nunca han vivido, pero sin sufrir las consecuencias físicas o emocionales que tendrían en la realidad.

Así, la ficción sería como un campo de juego donde explorar los miedos propios. Y es el mismo control que nos permite disfrutar de pequeños –y seguros– sustos, pero que si se pierde desencadena otra emoción primitiva en el ser humano: la ansiedad, que se diferencia del miedo porque aquella es una sensación de pérdida de control centrada en posibles y futuras amenazas, mientras que este tiene como detonante un peligro presente e inminente.

¿Cómo es que algunas personas huyen de lo que temen mientras otras lo buscan? A esto se le llama comportamiento contrafóbico, coinciden los expertos. Quienes presentan una conducta contrafóbica, toman riesgos para experimentar emoción. Este es el mismo fenómeno que motiva a los deportes extremos: la necesidad de experimentar aquello que te aterra.

Existe un debate acerca de lo que refuerza el comportamiento contrafóbico. Algunos niños con padres que fomentan la valentía suelen presentarlo. No obstante, también se ha demostrado que se manifiesta en quienes han sufrido algún trauma. Tanto la expectativa social como las experiencias pasadas pueden suscitarlo.

Lo cierto es que muchos gozan al enfrentar sus miedos. Las novelas policiacas, el cine de terror, las montañas rusas y las historias de fantasmas delatan algunas pruebas de ello. Tras el terror se esconde la emoción.

 

Los niños, a diferencia de los adultos, no tienen aún la capacidad para procesar las imágenes y separar lo que es real de lo que no; por ello los especialistas apuntan a que no deben exponerse a contenido terrorífico o violento.

pxhere.com 28/oct/2019
foto. pxhere.com

Muchos estímulos, ¿muchos sustos?

Si bien es cierto que a muchas personas no les agrada sentir miedo, o que todos tenemos nuestros límites, está claro que nos entretiene. Un ejemplo de esto es la adoración del público a las películas de terror en el cine, las series de los servicios de streaming que tratan esta temática, la popularidad que tienen los parques de diversiones con atracciones mecánicas peligrosas o presentaciones inspiradas en el horror, o las tradiciones como Halloween, donde básicamente es una apología al terror.

La clave en todos estos casos es que nos anticipamos a la sensación de miedo, haciendo que las partes pensantes de nuestro cerebro estén tan preparadas como nosotros para recibir el susto controlado. Por otra parte, si los estímulos cambian o son percibidos como más peligrosos no nos parecería tan divertido como nos parece en el cine el payaso Pennywise o que nuestro hogar estuviera embrujado como lo hemos visto en la cinta de El Conjuro.

Es precisamente esa sobrestimulación la que la que orilla a los generadores de contenido a innovar en el tema o la industria de los sustos. “El constante bombardeo de estímulos, además de las vivencias personales, serán lo que defina lo que nos asusta o nos puede seguir asustando”, opina Aoki, concepto que comparte el doctor en Psicología y académico de la UNAM Hugo Sánchez Castillo, quien añade: “Lo que realmente sería un problema psicológico es que buscáramos a toda costa vivir experiencias fuertes para recibir una recompensa, eso se llama síndrome de deficiencia a la recompensa”.

Lo que ocurre actualmente con los sustos es que “estamos habituados a las experiencias tradicionales, hace mucho tiempo una película como El regreso de los zombis fue un parteaguas en el género de terror, hoy son pocos los que realmente se asustarían”, afirma el especialista. Eso no significa que nos encontremos en una escalada cada vez buscando sustos más fuertes, “sino que tenemos que vivir otro tipo de experiencias”, por ende que no nos sorprenda que actividades como los recorridos por clínicas abandonadas, sean hoy los más socorridos para personas que quieren experimentar una situación de espanto, o los recorridos que se realizan en panteones donde se narran historias de terror.

Para Uriel Reyes, generador de contenidos de terror en internet, la sobrestimulación tiene una solución muy eficaz: “Tenemos tantas opciones para asustarnos que nos hemos vuelto un público más difícil, pero la fórmula en esencia es la misma; mezclar lo clásico con lo novedoso, lo familiar presentado de una forma distinta; hay que mezclar los miedos de la infancia y darle un toque más oscuro, más maduro de una forma no vista”, detalla en entrevista para Contenido.

En este sentido, para Sánchez Castillo no hay diferencia entre qué generación sintió más miedo. “Si vemos al abuelo, el padre o el hijo, vemos que los tres experimentaron el mismo nivel de susto, lo distinto es lo que originó la emoción, cambian las situaciones, cambian los estímulos”.

Las experiencias sensoriales más complejas hoy en día permiten que nos asustemos. “El cine, por ejemplo, comenzó en blanco y negro, luego musicalizado en vivo, posteriormente llegaron las cintas en color y ahora tenemos filmes en 3D y 4D, donde se puede vivir una nueva experiencia sensorial”, remata el doctor Castillo.

En entrevista para Contenido, el escritor José Luis Trueba Lara –que tiene en su haber una saga sobre zombis publicados por editorial Alfaguara y que se desempeñó como curador para publicaciones de estos temas– el miedo nos atrae “porque nos hace sentir vivos, nos hace poner atención, por eso un personaje con un buen contexto funciona”, afirma.

Desde otra trinchera el youtuber Uriel Reyes, quien también tiene un exitoso canal en esta red social de videos conocido como Relatos de la Noche, sostiene que son las historias de miedo las que le han permitido mantenerse en el gusto popular, “nos gusta experimentar emociones que evitamos en nuestra vida real, que no nos gustaría vivir de verdad y que luego nos permitan vivir a nuestra cotidianidad”, explica.

Nos vuelve valientes

Una de las satisfacciones más grandes es la de enfrentar nuestros miedos. Esta emoción por sí misma hace que nos excitemos de una forma diferente, estimula aquellas partes más primitivas de nuestro cuerpo –que hoy no se suelen activar tanto como hace miles de años–, brindándonos una experiencia única sin la necesidad de estar en peligro realmente.

La sensación de estar activando esa parte de nuestros cerebros a menudo nos hace sentir diferentes. Lo mismo le sucede a muchas personas cuando son violentas, que sienten placer al pelear o al enfrentarse a los demás. En el caso del miedo, ir a ver una película de terror sin levantarse de la butaca o atreverse a salir en la noche de Halloween, puede hacernos sentir orgullosos de nuestra valentía.

¿Cuál es la explicación? Hay un fundamento neurológico que nos lleva a explorar el peligro. Cuando estamos asustados nos volvemos mucho más perceptivos y atentos; algunos neurotransmisores se liberan cuando estamos en este estado, lo que hace que nuestro cuerpo se prepare tanto mental como físicamente para enfrentarnos o escapar de aquello que nos provoca miedo.

El hecho de que las películas de miedo estén dirigidas a los adultos genera un mayor interés en el público en general, ya que el entrar a ver una película considerada para personas de cierta madurez, demuestra nuestra libre decisión de ponernos a prueba. Un estudio de la Universidad Purdue reveló que la mayoría de los espectadores se sienten más fuertes cuando acaban de ver una película de terror, porque ellos fueron capaces de entrar a la sala y ver la película completa, cosa a la que otras personas no se atreven. Por ello, al final terminan con esta sensación de ser más valientes que la mayoría.

Por Mario Ostos