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El libre albedrío: ¿Quién decide por mí?

 

Los adelantos en neurología ahora permiten escanear y analizar el cerebro, con lo cual parecen ir descifrando controversias que datan desde el principio de los tiempos: la libertad y la toma de decisiones: el libre albedrío ¿En verdad nada nos influye?

Fotos: pxhere.com

Haga unos ejercicios de imaginación: visualice a un hombre de mediana edad que despierta en su cama y justo antes de levantarse permanece unos segundo cavilando si apoyará primero el pie derecho o el izquierdo.

En el mismo ejemplo de presunción una jovencita que entra al baño se muestra indecisa si empieza por cepillarse los dientes de arriba o los de abajo.

Ahora traslade este ejercicio dubitativo a una habitación donde una abuela cavila fracciones de segundo antes de decidir entre una pashmina roja o una de color guinda.

Casi a la misma hora piense en un niño dispuesto a desayunar cereal que resuelve cambiar su rutina y pone primero la leche y después agrega las hojuelas.

Quizá estos ejemplos pueriles no le digan gran cosa pero a lo largo del día los seres humanos debemos enfrentarnos a cientos de decisiones, en ocasiones, ya imperceptibles o pedestres: cortarnos el pelo, tomar una limonada, caminar en vez de correr, escuchar determinada música, optar por el camino corto; para elegir entre dos o más opciones.

Ahora repase disyuntivas más complejas y vitales a las que el ser humano habrá de enfrentarse a lo largo de la vida: optar por una carrera, escoger una pareja, preferir un trabajo mejor remunerado, aplazar una operación peligrosa, seleccionar una nueva casa, decidir no tener hijos, enfrentar o no a un ladrón, confrontar a un maestro, dejar de fumar, etcétera.

No en vano el filósofo español José Ortega y Gasset sostenía que “vivir es constantemente decidir lo que vamos a hacer”.

Hacia una definición

Si tomamos en cuenta la definición de la Real Academia Española, libre albedrío es pues “la potestad de obrar por reflexión y elección” de acuerdo con el gusto y la voluntad de la persona.

Roberto Rivadeneyra Quiñones, investigador del área de Humanidades de la Universidad Panamericana, afirma, en entrevista para Contenido, “la libertad es el tema humano por excelencia, la diferencia entre cualquier otro ser vivo y una persona, es que nosotros podemos percibir qué queremos ser. Nuestra naturaleza no tiene una determinación como la del árbol, el perro, el gato… nosotros podremos perfeccionarnos, hacernos más humanos o no, gracias a la libertad”.

En tanto, el psicólogo José Luis Díaz Meza, de la UNAM, considera al libre albedrío como la habilidad que tenemos para tomar una decisión que “está en nuestra experiencia, conocimientos, esa capacidad que tenemos para el razonamiento y para la lógica, entre algunos otros procesos que involucran aspectos como emociones, lenguaje oral, corporal, contexto, el lugar donde nos encontramos”.

Michio Kaku, profesor de física teórica y uno de los divulgadores más importantes del mundo, consignó en El futuro de nuestra mente, publicado por Debolsillo: “Toda nuestra civilización se basa en el concepto de libre albedrío, que afecta a las nociones de recompensa, castigo y responsabilidad personal”. Él, como muchos otros, se pregunta sobre la existencia del libre albedrío o si se trata sólo de una forma inteligente de mantener la cohesión social aunque se violen los principios científicos. No hay que olvidar que este concepto derivó en uno de los mayores cismas durante la revolución protestante encabezada por Martín Lutero.

En tiempos recientes, gracias a los nuevos avances de la ciencia, principalmente en el área de neurociencias, física y mecánica cuántica, estas cuestiones se mantienen vigentes: ¿existe o no el libre albedrío?, ¿el cerebro decide antes de que el ser humano tome conciencia de su determinación? Aquí el embrollo se trata de saber si todas nuestras acciones son decididas por nosotros mismos o están determinadas por leyes neurológicas.

Por esta razón entrevistamos a expertos en el área de la filosofía y de la ciencia para hallar una posible respuesta.

El cerebro manda

La cuestión de la libertad humana es un asunto que ha interesado desde la antigüedad a los seres humanos, de hecho sabemos que el filósofo Aristóteles, más de 300 años antes de Cristo, sostenía que los humanos éramos seres activos que debíamos elegir –a diferencia de los animales– lo que queríamos hacer con nuestras vidas, pues estamos programados para realizar una cosa u otra.

Los filósofos siempre han deseado crear un “cerebroscopio” que permita proyectar los pensamiento de una persona en una pantalla para, de esta manera, los científicos sociales puedan observar de primera mano los mecanismos de la naturaleza humana, detalla el psicólogo canadiense Steven Pinker en el prólogo del libro Todo el mundo miente de Seth Stephens-Davidowitz.

Ciertamente este “cerebroscopio” no se ha creado pero la ciencia ha aprovechado otros aparatos e instrumentos como escáneres de encefalografía, resonancias magnéticas funcionales (fRMN), técnicas de neuroimagen, herramientas de imagen nuclear por emisión, tomografía por emisión de positrones, aparatos de electroencefalografía, para intentar dilucidar lo que ocurre en el cerebro de los humanos en el momento de tomar una decisión libre.

Desde la década de los sesenta investigadores alemanes observaron cambios eléctricos –llamados Potencial de preparación o disposición (PD)– en ciertas áreas del cerebro antes de realizar una acción futura.

Estos estudios sirvieron de base para un experimento del doctor Benjamin Libet en 1985, que utilizó escáneres de electroencefalografía para registrar la actividad cerebral de aquellos voluntarios a los que sólo se les pedía mover un dedo. Se les dotó de un reloj en una mano para que en el momento en que tuviera el impulso de mover su dedo lo apretaran y registraran el momento preciso. Lo interesante del trabajo de Libet es que halló que el cerebro toma una decisión 350 milisegundos antes de que el ser humano sea consciente de que iba a realizar el movimiento.

Ello dio a pie a diversas interpretaciones, algunas aún no aceptadas por todos los expertos, para sostener que el libre albedrío era una ilusión del cerebro.

En franca oposición a las interpretaciones de este experimento se manifestó el filósofo estadounidense Daniel Dennett en entrevista para Letras Libres. Considera que las interpretaciones de los hallazgos de Libet partieron de una mala concepción pues los modelos que se estudiaban eran muy pobres para la complejidad que implica una decisión sobre el libre albedrío. De ser cierta tal interpretación, el filósofo argumentaba de manera contundente que si nadie era responsable entonces “no sólo las prisiones deberían vaciarse, tampoco serían válidos los contratos, las hipotecas deberían ser abolidas y no podríamos exigir a la gente que se responsabilice de sus actos”.

En la década de los noventa otros investigadores replicaron los experimentos de Libet y encontraron resultados similares los cuales publicaron en revistas especializadas.

En el siglo XXI John-Dylan Haynes, neurocientífico del Instituto Max Planck para el Desarrollo Cognitivo y Ciencias del Cerebro, utilizó técnicas de neuroimagen un poco más desarrolladas y encontró que las intenciones se podían observar en la corteza prefrontal siete segundos antes de que los humanos se dieran cuenta de su decisión.

¿Este estudio se torna concluyente para determinar que el libre albedrío es un invento del cerebro o simplemente no existe? Lo cual nos regresa a un debate que también se sostuvo en la antigüedad caracterizado por la confrontación entre libre albedrío y una filosofía llamada determinismo que, como su nombre lo indica, considera que todos los eventos futuros están determinados de antemano.

El determinismo considera que no somos libres, de hecho, el docente Rivadeneyra distingue varios tipos: biológico (cuando alguien trae una carga genética y cuando no hay nada que impida que algo le suceda); psicológico (muy común con Freud y sostiene que todas las circunstancias psicológicas de tu alrededor determinará tu forma de actuar) y conductista (donde alguien manipula tus elecciones similar a como lo hace la mercadotecnia).

Al desmenuzar esta concepción, el académico de la Universidad Panamericana se pregunta: ¿cómo explican los deterministas los resultados de cada elección, si no todos los individuos deciden igual pese a estar bajo los mismos estímulos? Pues “porque realmente no hay una determinación absoluta por parte de la materia, aunque lo seamos, no sólo somos materia”.

El propio John-Dylan Haynes, entrevistado años después de su experimento, en el programa Redes de Televisión Española, conducido por el divulgador científico Eduard Punset, afirmó que a estas alturas no se podía descartar el libre albedrío ni negar su existencia pero lo que sí se debía suprimir era la idea simplista de este concepto como “una toma de decisiones sencilla con la que podemos cambiar el futuro del mundo y de que podemos empezar algo que marcará una diferencia en la manera en la que el mundo continúa”.

Foto: pxhere.com

Impulsos eléctricos

En la película Matrix (1999), el protagonista Morfeo o Neo, debe elegir entre una pastilla azul y una roja para de esta manera hacerse cargo de su propio destino; decidir entre creer o no entre las opciones que se le presentan; validar la profecía que le realiza la pitonisa y lidiar con el miedo de ser controlado por otro. Esta analogía cinematográfica, retomada después por diversos intelectuales norteamericanos nos hace ver al libre albedrío también como una ilusión.

Más allá de las cuestiones filosóficas, ¿qué sucede en nuestra mente cuando tomamos una decisión? Responde el psicólogo Díaz Meza: “Hay varias regiones que involucran la toma de decisiones, una de las más importantes es la corteza prefrontal, donde se lleva a cabo la mayor actividad; esta corteza tiene otras estructuras las cuales participan al momento de tomar decisiones con base en los estímulos que nos rodean: el cerebelo, los lóbulos temporales, los parietales que analizan para saber qué tipos de movimientos, conductas, lenguaje, se va a emitir”, porque el libre albedrío implica movimiento para ejecutar o emitir una conducta.

Díaz Meza advierte acerca de aquellas conductas que ejecutamos sin pensar y que se conocen como reflejos, las cuales se producen por un estímulo determinado que provoca una respuesta motriz, por un ejemplo un golpe en la rodilla con el consabido movimiento involuntario de la pierna o la contracción del iris del ojo cuando se le ilumina, son diferentes al libre albedrío porque incluso para mover un dedo el cerebro necesita planearlo y reunir varias estructuras para llevar a cabo dicha acción, consideran los defensores del libre albedrío.

Somos lo que vivimos

Uno de los más grandes futbolistas contemporáneos, Lionel Messi, sorprende porque decide las acciones a realizar en fracciones de segundo, en ocasiones hace una inesperada finta, una jugada de fantasía o realiza carreras, saltos y disparos imprevistos. ¿Qué sucede en su cerebro al momento de optar por cierta alternativa?

Justamente un grupo de investigadores del Donders Centre for Cognition de los Países Bajos decidió adentrarse en los mecanismos cerebrales de la especie humana y, por medio de resonancia magnética funcional, medir la actividad eléctrica en sus neuronas, las estructuras y circuitos neuronales que se ponen en marchar, en el momento en que Messi toma una decisión.

Los resultados seguramente podrán arrojar un poco de luz a este asunto del libre albedrío aunque no hay que olvidar que cada cabeza es un mundo y cada individuo actúa de manera diferente pese a estar en las mismas condiciones.

Alejados de cuestiones futbolísticas, ¿qué tan libres somos para tomar una decisión? El doctor Gabriel Gutiérrez Ospina, investigador del Instituto de Investigaciones Biomédicas en el Departamento de Biología Celular y Fisiología de la UNAM responde que se deben observar dos variantes: “Un altísimo porcentaje de las acciones aparentemente conscientes que ejecutamos o que tomamos son el resultado de las experiencias que hemos tenido, sobre todo durante los primeros cinco o seis años de vida. En el ámbito freudiano creo que hay suficiente datos circunstanciales para decir que el inconsciente dicta mucho de lo que hacemos en el tiempo presente, aunque ninguno tenga claro que eso suceda”.

En el segundo aspecto a considerar se halla la existencia de grupos de células que han tomado decisiones en fracciones de segundo antes de que se ejecute una acción y de que el individuo se percate de la decisión tomada. “Cuando tú la ejecutas, presumes y asumes que la decisión ha sido tuya, pero la verdad son muy pocas las cosas que hacemos de manera automática” explica Gutiérrez Ospina.

Debate abierto

Con todos los experimentos y adelantos con relación al tema, el concepto de libre albedrío está muy vigente y el debate sobre su existencia o inexistencia se mantiene. Al menos, si seguimos las evidencias empíricas experimentales que se han obtenido, la balanza se inclina a que el libre albedrío no existe, sin embargo, si se observa bajo la luz de la filosofía sí existe.

Para Gutiérrez Ospina en ciencias jurídicas hay cierta predisposición a pensar que el ser humano común sí es responsable de muchas de las decisiones que toma pues, de no funcionar así, la culpabilidad se convertiría en un problema puesto que todo el mundo podría aducir que no es consciente de lo que hace.

Ahora bien, algunos expertos llaman la atención acerca de ciertos comportamientos estrafalarios y defectos concretos del cerebro, donde desde el punto de vista científico, “la persona que los padece no es responsable de los delitos que esas conductas puedan implicar”. Un caso extremo es el de ciertos asesinos patológicos que tienen una anomalía cerebral y por lo tanto no serían responsables de sus actos y se podría argumentar que cuando comenten sus crímenes no actúan con libre albedrío.

El académico Rivadeneyra insiste en que “la libertad es la posibilidad de poder elegir. El ser humano se concentra en la capacidad de elección, lo cual es correcto sólo hasta cierto punto, pues se está concentrando más en lo que eligió que en aquello que no eligió”.

El investigador Gutiérrez Ospina señala que tal pareciera que todas las decisiones que toma el ser humano son muy reflexivas, sólo que si estas fueran así, la posibilidad de tener un beneficio mayor sería altísima, aunque lo cierto es que un alto porcentaje de las decisiones que toman las personas le producen insatisfacción y desencanto, lo cual comprueba que a veces está influido por el inconsciente.

En estas cuestiones el divulgador Kaku se sitúa en un punto medio: considera que el libre albedrío existe pero no tiene tal poder de decisión como consideran sus defensores, pues el cerebro está constantemente sometido a una serie de factores que lo predisponen. Sin embargo, cree, como el poeta nayarita Amado Nervo, que el ser humano es el arquitecto de su propio destino.

Frases muy libres

“El ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica”.

Anthony Burgess, escritor

 

“Tenemos distintas posibilidades de elección, está claro, pero también las tiene la ameba, el lagarto y el chimpancé. Pero si no sabemos por qué elegimos lo que elegimos entonces no hay libertad”.

Francisco J. Rubia, neurólogo

 

“Si la voluntad de los hombres fuese libre, es decir, si el hombre pudiera obrar a su antojo, la historia no sería más que una sucesión de azares sin conexión alguna entre sí”.

León Tolstói, novelista

 

“El hombre puede hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiera”.

Albert Einstein, físico

 

“Los hombres se equivocan si se creen libres; su opinión está hecha de la consciencia de sus propias acciones y de la ignorancia de las causas que las determinan”.

Baruch Spinoza, filósofo

 

Por Alberto Círigo