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pxhere.com/9/dic/2019

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Educación: ¿gritos y regaños o mimos?

Generaciones enteras pasaron su vida escolar bajo el dicho de “la letra con sangre entra”, eran amenazadas física y psicológicamente, tanto en el aula como en el hogar. Hoy las cosas han cambiado en la educación… ¿para bien?

 

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Por las mañanas, cuando la profesora Josefina Carrillo Oviedo –de 59 años de edad, egresada de la Benemérita Escuela Nacional de Maestros y con más de 40 años de experiencia docente– entra a su salón de clases, suele evocar sus primeros años como docente en una escuela de Cuautepec Barrio Alto, alcaldía de Gustavo A. Madero, cuando atendía a niños de primer año de primaria, sumamente respetuosos, y cuyos padres eran muy colaboradores. Hoy sus alumnos de quinto año no atienden las clases por molestar a sus compañeros, se levantan, hacen comentarios fuera de tono, cantan, silban, gritan, dicen groserías, albures, gesticulan y otras travesuras.

Eso no es todo: los alumnos, no conformes con lo anterior, desafían a la profesora, se niegan a colaborar en clases, no siguen instrucciones, cometen faltas de respeto, intimidan a sus compañeros y ponen a prueba la paciencia de la docente.

“En las clases no quieren estudiar, sólo cubren el requisito de asistir a la escuela para complacer a sus papás y que los dejen en paz”, dice la profesora con sobrada experiencia en escuelas públicas y privadas.

En ocasiones Carrillo Oviedo rememora los viejos tiempos, le dan ganas de pegar de gritos para calmar la situación, extraña la disciplina de los salones de clases donde se fijaban los límites de hasta dónde se podía llegar en el comportamiento.

 

¿Por qué cambiamos tanto?

Hoy, en cada junta escolar, los directivos repiten a los maestros que la palabra de un niño vale más que la del profesor. Al alumno está prohibido ordenarle, llamarle la atención o dejarlo sin recreo, y en el descanso no puede ser molestado.

“Los papás tomaron el poder de la escuela, nos ven como los malos, que hacemos las huelgas, que ganamos mucho dinero. Perciben que con el pago de la colegiatura tienen el derecho de acusar, amenazar y demandar a los maestros, ya sea en la dirección del plantel o en la inspección de zona escolar de la Secretaría de Educación Pública (SEP); quieren tratarnos como esclavos”, se queja Carrillo al describir este fenómeno.

Por si esto no bastara, explica la docente, esos padres no forman hábitos y valores en los hijos pues, dicen, “no son sus vidas”. Los infantes son como accesorios a los que cuidan las abuelas, que no entregan tareas ni respetan al maestro. Esta nueva actitud de los padres –que se presenta tanto en escuelas pública como en privadas– limita a los profesores para realizar su función y lo único que queda es “aguantar”.

¿Por qué los padres tomaron ese liderazgo? El conflicto surge a partir de que los directores, supervisores y los maestros no pusieron límites en la escuela, dice la doctora en docencia Patricia Ganem Alarcón, directora general de Grupo Loga.

¿Ejemplos? Desde que el padre pide en segundo grado de preescolar que su hijo aprenda a leer, escribir y sumar y restar. O cuando declara: “el maestro está traumando a mi hijo, porque dispuso una sanción o pidió repetir el ejercicio”. Con esos ingredientes y ante el temor de los directivos, los padres toman las riendas de la escuela, indica Ganem.

Antes, el estudiante entregaba la boleta de calificaciones a sus padres y era él quien sufría el regaño o las felicitaciones; hoy, las calificaciones se discuten en el aula y allí se agrede e intimida al maestro de escuelas públicas y privadas.

De ahí que la experta recomiende que el niño entregue el documento a los padres pero en el salón. Luego los padres, el alumno y el maestro podrían fijar una cita para ayudarlo en las materias donde no vayan bien.

En tanto, Mayra Castañeda, directora del Congreso Iberoamericano de Calidad Educativa, señala que el mayor miedo de un maestro es que los papás ejerzan acciones legales en su contra, que al final no proceden pero sí implican un desgaste emocional y económico.

Los padres están desplazando al maestro, cuando deberían representar una autoridad y ejercer la empatía, el diálogo y la negociación con la comunidad educativa antes de llegar a una acusación, dice Castañeda, nombrada como uno de los 100 expertos y líderes educativos más importantes del planeta por el Centro Internacional Miranda y el Ministerio de Educación Venezuela.

“Conozco casos de maestros golpeados, con ponchaduras de las llantas de sus coches, que no los dejaron salir del plantel –señala la doctora honoris causa por la Universidad Campo Limpo Paulista de Brasil–, grados extremos de violencia, que no surgen de la noche a la mañana”.

Desafortunadamente, en los colegios privados el que paga manda, pues el plantel es visto, antes que otra cosa, como un negocio. El maestro está desprotegido. “Las normas de esas escuelas deberían cambiar, pues el maestro resulta el más castigado. En cambio, el profesor de escuela pública cuenta con protección de las normas escolares y sindicatos”, advierte Castañeda.

Marveya Villalobos Torres, doctora en Ciencias de la Educación de la Universidad Panamericana, señala por su lado que hay que exigir a los padres no maltratar a los hijos, y tampoco al maestro. “No etiquetarlo de alumno burro ni tonto, porque la maestra sí puede ser acusada ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos. El paradigma de la educación debe ser: nadie maltrata, por dignidad”.

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¿Quién debe forjar los límites?

Los papás se quejan de las escuelas pero la crianza está ausente, asienta la maestra Bertha Sola Valdés, de 73 años de edad egresada del Colegio Francés Mayorazgo (hoy Colegio Francés del Pedregal). “Si a un alumno le llamabas la atención, el papá no se quejaba. Decían: ‘qué bueno que lo hizo maestra’, porque los padres y alumnos tenían valores, entre ellos respetar al maestro, algo que dio un vuelco en décadas pasadas por el impulso a los derechos de los niños, sin obligaciones, y el adiós a los valores”.

Ganem coincide con Sola que de un tiempo para acá, los padres impulsaron y rompieron ciertos valores cívicos. Por ejemplo, si el papá autoriza que el hijo rompa un paquete de galletas en el supermercado y no lo paga, está consintiendo ética, moralmente y emocionalmente a robar. Para ser más claros: “En la casa se aprende a saludar, dar las gracias, ser limpio, ser honesto, ser puntual, ser correcto, hablar bien, no decir groserías, respetar a los semejantes, ser solidario, comer con la boca cerrada, no robar, no mentir, cuidar la propiedad propia y la ajena, ser organizado. Y en la escuela se aprende gramática, ciencias, estudios sociales, matemáticas, inglés, etcétera”.

El estudiante con límites y valores reconoce que otro compañero es mejor en, por ejemplo, el campeonato de ajedrez, espera su turno, levanta la mano para participar, escucha la opinión y coopera en las actividades escolares, señala Ganem, coordinadora de los libros Escuelas que matan vol. 1 y 2, publicados por Noriega Editores.

La maestra Villalobos tiene un matiz al respecto. Afirma que un centro educativo tiene límites. “Hay que educar en libertad integral con valores y resiliencia emocional”, dice. El proceso de dictar la disciplina, los principios y comportamientos éticos es responsabilidad de los maestros con el aprendizaje de negociar los límites en la casa y escuela. “Si eres mentiroso, no hay negociación; si haces cosas malas tampoco hay trato”.

Por otra parte, la religiosa María de Jesús Zamarripa Guardado, presidenta de la Confederación Nacional de Escuelas Particulares, A.C., que agrupa a más de 5,000 escuelas particulares de México, considera que los límites del pasado eran claros. Brillaba la docilidad y obediencia de esa educación, bajo el precepto de la letra con sangre entra.

“Al cabo de los años, no sé si el ser dócil y obedientes ayudó”, dice Zamarripa, pero advierte que hoy vivimos “en el extremo contrario, que no propicia la armonía. Y las instituciones perdieron la confianza. La excepción no es la escuela, donde los padres y maestros somos enemigos y en las aulas hay alumnos rebeldes. Pedimos a los padres que sean responsables de formar con límites y valores a sus hijos, pues los protegen de manera desmedida, lo que se reflejada con los maestros”.

 

La letra con sangre entra

La escuela de los años setenta heredó el modelo militarizado de seguir instrucciones: había marchas, cantos, honores a la bandera, la formación de alumnos en filas. De ahí que algunos maestros pegaban gritos para controlar, lanzaban gises a los alumnos, los paraban en el patio con “orejas de burro”, les corregían posturas y en casos extremos los golpeaban, jalaban las patillas, había “reglazos” en la punta de los dedos. Algunas generaciones obedecieron bajo la vara del maestro. Con estas prácticas frecuentes los alumnos del pasado aprendieron a leer y a ser obedientes con la autoridad, lo cual coincidió con que las familias educaron a sus hijos para seguir instrucciones, en la sumisión y obediencia, señala la experta Patricia Ganem.

En la década de los ochenta, cada salón tenía más de 60 alumnos que aprendieron bajo esa guía y los padres exigieron resultados al maestro pero ya con el atenuante de no forjar límites y valores en los infantes. Fue entonces que los maestros empezaron a padecer la indisciplina.

De ese régimen quedan prácticas de formación ciudadana en las que coinciden los padres y maestros: que los alumnos aplicados estén en la escolta, en la ceremonia cívica, entrega de diplomas, el rellenar cuadernos y tener muchos libros.

“Si la familia no ha logrado instituir actitudes y permisos emocionales positivos, la escuela tiene una obligación ética y moral en la formación de buenos ciudadanos. El niño merece una segunda forma de vivir bien”, apunta Ganem, por lo que recomienda realizar horas de cine club o manualidades, además de fomentar terminar los ejercicios o tareas, para que el alumno aprenda que hay obligaciones.

“Ya no es válida la frase la letra entra con sangre. Hoy los incidentes críticos aumentan en el aula por falta de gobernanza, la disposición de normas y principios éticos convenidos con los directores, maestros y padres de familia”, sugiere la docente Villalobos. Lo adecuado es establecer reglas en el grupo para respetarlas, tales como “nadie dice groserías ni grita; si tu compañera habla nadie interrumpe”.

El tiempo del maestro autoritario, de liderazgo vertical que ejerce el poder con amenazas, premios y castigos, respondió a una realidad que ya pasó; no obstante, todavía hay de esos profesores en las aulas, refiere Castañeda. “Hoy debería imperar la autoridad horizontal, el diálogo y la empatía, pero hay pocos capacitados para ejercerla”, reconoce la especialista.

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Los reyes chiquitos

“La sociedad está más loca y tiene miedo de formar niños con valores, límites y emocionalmente saludables; se piensa que cualquier acción hacia el niño es un trauma, nada más absurdo”, establece el psicólogo clínico Rafael Santandreu, autor del libro El arte de amargarse la vida, de editorial Grijalbo.

Para este experto, el niño se ha convertido en un rey que recibe demasiada atención enfermiza y como los padres no tienen tiempo para atenderlo, recibe obsequios desmedidos en vez de jugar, estudiar y pasear al lado de sus progenitores. “Los padres de familia cometen un error con mucha facilidad: hacen creer y transmiten al hijo que es muy importante en la familia hasta convertirlo en un rey maleducado, con derechos y sin obligaciones”, dice Santandreu. Por ello sugiere no satisfacer todos sus deseos, exigir que obedezca cuando se le ordenen cosas y demandarle hacer bien los deberes.

Sin embargo, Santandreu se muestra crítico con los maestros que no se dan cuenta de que el aprendizaje no es obligatorio, sino divertido y maravilloso. “Un niño educado en la racionalidad y en la fuerza emocional llegará a donde quiera”, sostiene.

La psicóloga educativa Ana Rosa Ortiz Díaz atiende a alumnos de entre seis y 12 años que rompen las reglas dentro del aula, debido a que los padres les aconsejan cosas como: “defiéndete, si no te voy a regañar”; “no seas mariquita”; “de qué color quieres tu vestido”. Para Ortiz, “ese niño es violentado y humillado; de sus papás escucha que el dinero autoriza ser arrogante con maestros, directivos y el personal de intendencia, pues están para servirle. También dicen: “dirige tu vida, para eso eres un campeón”, y “si no te gusta algo, no lo hagas”, entonces en el salón quiere ser el centro de atención. Esa crianza con exceso de consentimiento proviene de familias en las que la disciplina, los límites y valores están ausenten, lo que dificulta la enseñanza y convivencia”, resume la experta.

 

¿Es eficaz repetir el año?

El 29 de marzo se publicó, en el Diario Oficial de la Federación, un acuerdo de la SEP donde los alumnos de preescolar, primero y segundo año de primaria acreditarán con el simple hecho de haber asistido, una medida que según el secretario de Educación Pública (SEP), Esteban Moctezuma, será una disposición laxa porque llevar a los niños a la escuela es responsabilidad de los padres y sería a ellos a quienes se tendría que reprobar.

Casi uno de cada tres estudiantes mexicanos de 15 años ha reprobado año al menos una vez, según cifras del informe PISA, lo que los lleva a repetir el curso según la tradición del sistema educativo mexicano, pero con esta nueva política educativa podrán presentarse algunos inconveniente.

La maestra Carrillo cree que si un niño sabe de antemano que no reprobará, no hará el menor esfuerzo en clases y el problema se complicará cuando llegue a tercer grado y conviva con alumnos que ya saben leer y escribir y él se quede rezagado. En tanto, la experimentada maestra Sola pronostica que el atraso por reprobación será una de las causas de deserción escolar, ya que los alumnos no tendrán las destrezas necesarias. Una solución en las escuelas podría ser formar grupos intermedios entre primero y segundo de primaria, para que el maestro enseñe a los alumnos rezagados.

Para Ganem, de acuerdo con un diagnóstico, los grupos del último grado de preescolar y los primeros tres de primaria deben organizarse no por grado escolar sino por logros previstos, igual que en las clases de primaria y secundaria, para que el maestro imparta las lecciones y organice actividades académicas enriquecedoras para los estudiantes.

Ganem y Zamarripa coinciden en que las pasadas generaciones no se parecen a las presentes; no obstante, hay devolverle la responsabilidad a los padres de familia de poner límites y valores, pues “son sus hijos de por vida”, e impulsar en las escuelas un rincón de lecturas, una sala de cómputo y otra para manipular diversos materiales a fin de que los alumnos aprendan las nuevas tecnologías que son un requisito indispensable en la educación del futuro.

Si antes usábamos el ábaco y el pizarrón, hoy es el iPad, apuntan. Y lo más importante: que los padres confíen en la escuela, lugar que entrega una maleta de equipaje con conocimientos para que los chicos sean ciudadanos del mundo y construyan historias de éxito junto a los maestros.

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¿Hacia dónde ir?

Para la maestra Carla Cevallos, directora de Innovación de la Comunidad Educativa Hispanoamericana, existen elementos del modelo educativo anterior que se deben conservar como “la formación de hábitos, el desarrollo de técnicas y estrategias de estudio, cultivar el amor por la lectura, etcétera”.

Enfatiza la urgencia de modificar la metodología educativa adaptándola a la nueva realidad social (donde hay pérdida de valores), familiar (porque los padres trabajan) y del alumno (que tiene acceso a un gran cantidad de información). “La competencia académica, el desarrollo humano y la participación familiar y comunitaria deben ser los tres pilares”, dice Cevallos.

En el área académica se debe buscar convertir al alumno en un agente activo de su proceso de aprendizaje, que el alumno “aprenda a aprender” y se haga responsable del conocimiento y de la solución de problemas de la vida cotidiana.

La experta señala que se debe apostar al desarrollo de actitudes, valores y habilidades sociales y de personalidad como trabajo colaborativo, comunicación asertiva, pensamiento creativo, inteligencia emocional, etc., pues lo que se ha observado es que estas tienen mayor impacto en el éxito y la felicidad de las personas en el transcurso de la vida.

Los entrevistados recomiendan que las escuelas cuenten con psicólogos o un departamento de desarrollo humano que atienda y acompañe de forma cercana a los alumnos cuando están viviendo alguna situación complicada. De la misma manera, se debe otorgar retroalimentación y capacitación emocional, académica y metodológica a los profesores.

Resulta clave fomentar la participación familiar que involucre a los padres de manera activa y empática, dado que ellos mismos también enfrentan grandes retos para la crianza de sus hijos y en ocasiones son duros consigo mismos, con los niños y, sin duda alguna, con las escuelas.

La maestra Cevallos previene: “La educación es un campo de trabajo humano, y como todo lo que hacen y producen los seres humanos, es imperfecto. Nos equivocamos, escuchamos a nuestros papás cuando sucede, aprendemos y mejoramos”.

Algunos maestros y padres aún extrañan la educación del pasado, otros creen que las nuevas generaciones crecen sin límites y valores propiciados por sus padres mientras los maestros son acusados y señalados de no saber enseñar a los alumnos; sin embargo, en esta cuestión, consideran los especialistas, debemos situarnos en el justo medio, donde no haya ni regaños ni gritos por cualquier motivo pero tampoco apapachos o falta de obligaciones.

 

 

Claves para forjar límites

  • Asegúrese que entre los seis a ocho años el niño sea capaz de acomodar su ropa, tender su cama, lavarse los dientes, cargar su mochila con los útiles escolares, guardar los uniformes y bolearse los zapatos.

Fuente: Psicóloga educativa Ana Rosa Ortiz Díaz

 

Por Alejandrina Aguirre Arvizu