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Conoce quién fue la primera educadora de la Nueva España

 

La educadora Catalina de Bustamante se propuso inculcar en las jóvenes indígenas el decoro y las destrezas requeridas en una mujer de su época, al tiempo que les infundía un sólido sentido de la dignidad.

Durante los primeros años de la Colonia los misioneros encargados de evangelizar a la población nativa consideraron que la tarea quedaría incompleta si los nuevos súbditos conservaban algunas costumbres indignas —según los religiosos— de un cristiano.

Entonces decidieron complementar la prédica con la enseñanza de artes y oficios. A las niñas discurrieron recluirlas tres o cuatro años en internados donde aprenderían «lo necesario para formar familias de provecho».

Para iniciar la tarea, las autoridades coloniales eligieron a la extremeña Catalina de Bustamante, quien estuvo al frente del primer internado durante casi dos décadas.

El colegio —el más importante de la decena que llegó a funcionar en los alrededores de la Ciudad de México— fue abierto en 1528 en Texcoco, EstadoE de México, en el antiguo palacio de Nezahualcóyotl.

«Se trata de una casa muy especial, con amplio alojamiento y servicio para más de 400 doncellas; cuenta con sala de labor e iglesia en la cual los frailes, sin estar en contacto con ellas, les dicen misa y les predican e informan en las cosas de nuestra santa fe católica», escribió fray Juan de Zumárraga (1468-1548), primer arzobispo de la Nueva España.

Breve antecedente

Según apunta la historiadora Josefina Muriel de la Torre —investigadora de la UNAM y especialista en estudios sobre la mujer en la época colonial— en el libro La sociedad novohispana y sus colegios de niñas (UNAM, 1999), de Catalina se sabe muy poco.

La educadora estuvo casada con el comendador Diego Tinoco —con quien procreó 2 hijas— y llegó a México poco después de consumada la conquista.

Para entonces ya era viuda y, como no era bien visto que una mujer de su condición viviera sola, se alojó en casa de un yerno. La eligieron para convertirse en educadora porque, según escribió Zumárraga, era una «mujer honrada, virtuosa y persona de muy buen ejemplo».

La tarea de la directora Bustamante y media docena de colaboradoras resultó titánica: —Debieron combatir la idolatría, el matrimonio polígamo y la falta de respeto a las mujeres, en una época en que la educación femenina era algo inusual en casi toda Europa—señala Muriel.

Los internados dirigidos por Catalina enseñaban a contar, leer y escribir en castellano y elaborar artesanías, además de inculcar hábitos de higiene personal y cuidado del hogar.

Las niñas solamente tenían un profesor varón: el misionero encargado de catequizarlas.

No al abuso

Las alumnas no pagaban colegiatura. Los internados se sostenían con aportaciones en especie de los caciques indígenas, desde semillas y algodón hasta animales de corral y manteca, además de donativos hechos por damas españolas.

Cada establecimiento llegó a hospedar a 400 niñas. En principio el ingreso estaba reservado a las hijas de los caciques y principales, para que la influencia de su ejemplo en el pueblo fuera mayor.

Las restricciones al ingreso a los colegios se fueron relajando porque Catalina de Bustamante se percató de la necesidad de defender a las niñas de los abusos tanto de españoles como indígenas, quienes a menudo disponían de ellas a su antojo.

Mujer de carácter

Cuentan las crónicas de aquel tiempo que en 1529 un tal Juan Peláez de Berrio, hermano del presidente de la primera Audiencia, secuestró a 2 muchachas del colegio de Texcoco, sacándolas por la barda de la huerta.

Catalina protestó enérgicamente: llorando de ira; se presentó indignada ante Zumárraga y, avalada por el clérigo, no paró hasta hacer llegar su protesta al rey Carlos I, exigiendo justicia por el atropello.

La carta llegó a principios de 1530 a manos de la reina Isabel (esposa de Carlos), quien ordenó incrementar la vigilancia de los colegios para los establecimientos de Texcoco, Otumba, Tepeapulco, Huejotzingo, Tlaxcala, Cholula, Coyoacán, México, Chalco, Cuautitlán, Xochimilco y Tlalmanalco.

En cuanto a Juan Peláez, el hombre quedó sin castigo, pero tuvo que devolver a la muchachas y nunca hubo otro episodio parecido.

   

Mujeres emancipadas

Hacia 1535 la educadora viajó a España y se presentó ante el Consejo de Indias para solicitar más profesoras. Como resultado de sus gestiones retornó a la Nueva España acompañada de 3 educadoras originarias de Sevilla.

También aprovechó el viaje para obtener de la Corona varios cientos de cartillas para la enseñanza del castellano, según el método silábico, consistente en enseñar primero las letras del alfabeto, luego las vocales y a continuación las sílabas, indicando mediante signos y rayas las variantes de pronunciación de las consonantes.

—Todo un sistema de lectura expuesto en una sola página, con el cual se podía leer castellano, latín y náhuatl — explica De la Torre.

La enseñanza de las artesanías era importante: a los tejidos de algodón y pelo de conejo que las jóvenes indias confeccionaban, se sumaron los de lana de ovejas recién traídas a México.

Las preciosas costuras y bordados de las muchachas se enriquecieron con el uso de tijeras, agujas de metal y sedas aportadas por las maestras.

El modelo educativo puesto en marcha por los colegios de niñas resultó demasiado revolucionario para la época, y conforme pasó el tiempo creció la lista de críticos de Catalina.

Los más inconformes eran españoles que no encontraban ningún beneficio en educar a las naturales, pero también muchos padres de estudiantes, atemorizados de perder autoridad sobre las chicas.

Malas enseñanzas

Lo más molesto para los padres de las pupilas fue el empeño de la maestra de Bustamante en prepararlas para que solamente aceptaran comprometerse en matrimonio monógamo, con carácter indisoluble.

Según la historiadora Muriel, las muchachitas aprendieron a sublevarse ante la insinuación de los padres de obsequiarlas a los caciques indígenas o a los españoles, y llegó el momento en que ningún joven indio quería por esposa a una egresada de los colegios.

A partir de 1540 los establecimientos entraron en declive, primero porque los padres de familia empezaron a retirar a sus hijas, y luego porque los caciques indígenas regatearon la ayuda en especie prometida años atrás.

Para colmo, las epidemias que asolaron a la población indígena en los años siguientes dejaron sin alumnas a los internados en 1545 y los planteles debieron cerrar.

A partir de entonces se pierde la huella de doña Catalina de Bustamente y su familia. Los archivos de la época no consignan dónde murió ni la fecha del deceso.

Sin embargo su labor dejó huella, y a mediados del siglo XVI su ejemplo motivó a varias de las antiguas discípulas a fundar nuevos planteles.

En el Estado de México aún se le recuerda, existe una estatua de la educadora en los jardines del la Universidad del Valle de México, campus Texcoco.

 

Por Pedro C. Baca