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El territorio llamado como República de Río Grande tuvo su propia bandera, su ejército y estaba integrado por tres estados de nuestra República. Publicado originalmente en Contenido, diciembre de 1999.

Pocos saben que en 1840 existió un pequeño país entre México y Estados Unidos (además de la república de Texas), que tuvo su propia capital, su capitolio, su ejército y hasta su bandera: la República de Río Grande, integrada por Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León.

Los antecedentes de la secesión datan de 1938, cuando una explosión demolió la mitad de las casas de Guerrero, Tamps. (ver Los pueblos sumergidos de Tamaulipas, Contenido, Ago. 1999) Como la ayuda prometida por el gobierno central nunca llegó, hubo airadas declaraciones de los guerrerenses, que se quejaban del nulo interés de los políticos de la lejana ciudad de México por los problemas locales.

Los cabecillas de los inconformes se reunieron el 7 de enero de 1840 en el rancho Oreveña, cerca de las actuales urbes de Zapata, Tex., y Nueva Ciudad Guerrero, Tamps. Ahí proclamaron la nueva nación, gobernada por un concilio legislativo de ocho miembros, que nombró presidente a Jesús Cárdenas, un abogado de Reynosa; comandante del ejército a Antonio Canales, un legislador tamaulipeco; y primer teniente a Antonio Zapata, un importante ranchero mulato. Laredo (que aún pertenecía a Tamaulipas) fue designada capital del naciente país y la casa de un hacendado local, Bartolomé García, fue considerada su capitolio.

Los burócratas de la Ciudad de México se alarmaron: para evitar otro despojo como el de Texas, el general Mariano Arista avanzó contra los separatistas y, tras breves escaramuzas, tomó el control de Laredo y Guerrero, Tamps. En respuesta, el ejército de la República de Río Grande marchó hacia la capital mexicana, pero nunca alcanzó su objetivo: sus tropas fueron derrotadas en Santa Rita, Coah. El comandante rebelde fue fusilado sin miramientos y su cabeza exhibida en la plaza de armas de su pueblo natal, para disuadir a posibles separatistas.

En tanto, el general Canales se retiró al norte de Texas, en busca de apoyo (que no consiguió) mientras el grueso de sus tropas —unos 300 mexicanos, 140 texanos y 80 indios carrizos— se fortalecía en San Patricio, Tamps. Finalmente, superado su ejército en número y armamento por el de Arista, Canales capituló en Camargo, Tamps., el 6 de noviembre de 1840, con lo que llegó el fin de la efímera nación, que duró apenas 283 días. Su bandera (dividida en tres campos de distinto color, con una estrella en el centro de cada uno para simbolizar a los estados participantes) fue capturada por Arista y enviada a la ciudad de México donde, según algunos historiadores texanos, permanece refundida en las bodegas del Castillo de Chapultepec.

De la fugaz nación sólo perviven un monumento: el Museo de la República de Río Grande (su antiguo capitolio); un homenaje (Zapata, Tex., fue nombrado así por algunos rebeldes en honor de Antonio Zapata, su general fusilado y decapitado); y breves menciones en libros de historia locales, que minimizan el hecho como un breve brote reaccionario. Para muchos, hoy en día, esa nación ni siquiera existió.

 

Por Adrián Cerda