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La relación que los humanos tenemos con el smartphone no sólo evolucionará sino, dicen los expertos, revolucionará aún más nuestras vidas.

Se califica como una usuaria “promedio”, ni distante ni adicta a su teléfono inteligente. María de la Huerta, como miles de millones de personas en el mundo, tiene una relación con su smartphone que inicia desde el momento justo de abrir los ojos en la mañana, cuando suena la alarma del dispositivo. Al preguntarle cuáles son las acciones que en una semana normal ejecuta con el celular, piensa un minuto y hace un veloz recuento personal:

Checa correos electrónicos; revisa y responde –o no– charlas en WhatsApp; observa el chat de Facebook de algunos de sus clientes; realiza o contesta llamadas telefónicas; toma fotos; pide taxis privados por Uber, Didi o Beat; usa Waze para ver el tráfico en sus trayectos o Google Maps si va a pie o en transporte público; hace capturas de pantalla que luego envía a sus colaboradores; usa WhatsApp una y otra vez; hace videoconferencias por Telmex, Skype o Zoom; graba entrevistas de clientes; edita textos a través de Drive, un servicio en la nube; realiza transacciones bancarias; consulta cartelera y compra boletos de cine; hace reservaciones en líneas aéreas y de autobuses; escucha noticias por radio digital; juega “bolitas” o Pacman; otra vez WhatsApp; acumula puntos en tarjeta de recompensas en una cafetería; escanea documentos a través de una app; checa Cetes y consulta inversiones en Kubo; compra ropa o “chunches” en portales como Wish, Shein, Segunda Mano o Amazon; revisa su calendario menstrual, para evitar sorpresas; usa editores de audio y video; observa algunos videos chistosos por YouTube; consulta Duolingo para traducir; usa la app del Metro de la CDMX; eso sí, desinstaló su querida aplicación de rutinas de ejercicio porque ya no tenía tiempo de hacerlas.

A sus 34 años María admite que podría hacer más con su smartphone pero considera que con lo anterior ya es demasiado. Por ejemplo, prefiere no engancharse con Twitter, Instagram o Pinterest, tampoco le interesan las apps para conocer gente, como Tinder o Bumble. Ni hablar de las apps para usuarios más jóvenes, como Tumbler o Snapchat.

Pero De la Huerta es enfática en su conclusión a Contenido: lo más importante que hace con su teléfono es “acortar distancias, mantenerme cerca de mi familiares y estar en contacto con mi esposo. Él puede monitorear mis trayectos si vengo de noche, y le comparto audios o videos de cosas triviales e importantes”.

Reconoce que si bien estos aparatos hacen la vida más fácil en muchas situaciones, los chats la desquician –“los amo y los odio, no me gusta la exigencia de la gente por las respuestas inmediatas, es muy estresante estar conectada 24/7”–, y por ello, durante los fines de semana o cuando sale de vacaciones no responde nada de trabajo y logra estar alejada del celular por horas, incluso días.

¿Para qué lo quieres?

El caso de María puede verse como común o atípico, dependiendo con quién se le compare. Y vaya que hay de dónde comparar: la consultora IHS Markit calcula que se venden unos 1,500 millones de teléfonos a sendos usuarios en todo el planeta.

Sin embargo, hay parámetros para saber qué buscamos en un celular. Pablo Tapia Chávez, director de producto de Information and Mobility en Samsung México, explica que hay dos grandes maneras de identificarnos como usuarios: “Están los generadores y los consumidores de contenido. Consumir es entrar a internet, ver videos, productividad, entretenimiento, y si eres un gran consumidor querrás una gran pantalla para ver fotos, videos, textos. En cambio, los generadores de contenido son esos chicos que están subiendo videos, haciendo broadcasting y transmitiendo como youtubers y videobloggers; ellos necesitan las mejores cámaras, música, playlists. A partir de cómo te asumas requerirás el aparato con determinadas características, depende de cómo seas y lo que busques será tu device”.

Si consideramos que existen 107 millones de dispositivos inteligentes en México, y que hay unas 70 millones de personas que disponen de ellos, más allá de cómo nos definamos podemos dimensionar la enorme multitud de formas de uso que existen.

Sin embargo, tenemos cierta certeza de cómo la gente en este país utiliza sus celulares a través de las mediciones de la banda ancha móvil (BAM), que la firma The Competitive Intelligence Unit realizó este año. Estos son los resultados: la mayoría de los usuarios prefiere usar el chat (89%, sobre todo WhatsApp); redes sociales (78%, principalmente Facebook); búsquedas en internet (51%, el motor favorito es Google); e-mail (32%); videos (30%, con YouTube a la cabeza); noticias (24%); trabajo (20%); academia (16%); GPS (13% con Waze y Google Maps); e-commerce (4%), llamadas (4%); juegos (3%); descarga de apps (3%).

Con lo anterior queda claro que la mayoría de las personas usa su celular para comunicarse y acceder a información. Pero hay otros parámetros muy reales para definir lo que las personas necesitan de un smartphone. Alejandro García Romero, ingeniero en computación de Mobile UNAM, catedrático en la Facultad de Ingeniería de esa universidad y empresario, confirma a Contenido que “hay un mercado amplio y sólido no tanto por características técnicas sino por el precio; la mayoría de la gente tiene equipos con sistema operativo Android que rondan los 2,000 y 3,000 pesos, y que utiliza básicamente para comunicarse con sus amigos y para redes sociales, además de otros usos: entretenimiento (básicamente música y video) y algo relacionado con su trabajo, su profesión o su escuela”.

Hay usuarios en otro grupo más especializado, que buscan un teléfono entre los 5,000 y 12,000 pesos; un aparato que les permita un espacio muy amplio de memoria, pero además con una buena cámara porque “tomar fotografías es su principal actividad, y no sólo para mandarlas a sus conocidos sino para almacenarlas”, informa García, quien agrega que sobre ese hay otro mercado, aún más alto en precio pero más pequeño y especializado, el de la gama Premium.

Justo en este nivel superior se ubican aparatos como los lanzados recientemente y que armaron revuelo: el Samsung Galaxy Fold, con la primera pantalla plegable del mundo, o el Huawei Mate X, que al cerrar su display vuelven a un tamaño estándar. “Con el lanzamiento del Galaxy Fold se rompe con el paradigma de que el smartphone tiene que ser un rectángulo en tu bolsillo”, dice a Contenido Pablo Tapia, quien informa que tal modelo costará alrededor de los 48,000 pesos.

Pero que nadie se decepcione si no puede pagar esa pequeña fortuna. A decir de expertos, en reseñas tecnológicas como David Pierce, de Dow Jones, hay opciones a las que un usuario con cierto grado de sofisticación podría aspirar. Luego de analizar las cámaras, duración de la batería, conector de auriculares, pantalla, etcétera, Pierce opinó que un modelo como el Samsung S10 Plus es un buen teléfono y “por ahora, mientras trabajamos en el futuro de los teléfonos plegables, los relojes inteligentes, las gafas de realidad aumentada y quién sabe qué más, un buen teléfono es todo lo que se puede pedir”. Para él, “ningún dispositivo de la primera ola de teléfonos plegables podrá superar” a ese modelo.

Pero también queda claro que como sucede con los vinos, el mejor celular es el que a uno le gusta (o el que uno puede comprar).

Para usar el monstruo

Los primeros teléfonos celulares se inventaron hace más de 40 años. Antes que el primer BlackBerry de principios de este siglo o el revolucionario iPhone de Apple de 2007, hubo modelos de IBM y de Ericsson con funciones muy básicas que hacían adivinar lo que hoy conocemos como smartphone, es decir, en menos de tres lustros la tecnología ha dado saltos exponenciales que propiciaron el ocaso de fabricantes que se pensaban eternos como la finlandesa Nokia, líder mundial a fines del siglo XX, y el advenimiento de compañías orientales que hoy copan los grandes mercados.

Hoy el celular es más que un gadget, device, aparato, mucho más que un teléfono. Se convirtió en el más grande símbolo humano en lo que va del siglo. “Sí es un cambio civilizatorio porque rompe con muchos paradigmas de los noventa y dosmiles –dice Luis G y G, periodista y blogger especializado en tecnologías de consumo–, lo usamos para estar. Estar en información, en qué está pasando, qué se mueve. Dependiendo de tu contexto e interés lo usarás para saber noticias de tu familia, de tu país, trabajo, amigos, gustos. Y por medio de él compartes lo que te interesa”.

Para este comunicador entramos a la época en cómo saber manejar los modernos aparatos. “No hemos terminado de aprender a dominar estos productos; se dice que la gente en general no usa más de 40% de la capacidad del equipo, no sabemos lo que podríamos resolver con ellos”, dice a Contenido y agrega que viene el momento en que aprenderemos a acercarnos a él “de manera sana, para saber en qué momento sí y no usar el teléfono, suena utópico pero hay que dejarlo para poder platicar con el de enfrente”.

Por su trabajo de divulgador de las novedades tecnológicas sabe que el tema de la seguridad será fundamental. “Nos va quedando claro que alguien podría tener acceso a nuestra información, y si no nos jackea sí nos puede meter en una base de datos y empezaremos a recibir cosas que no queríamos. Hay que entender cada cuándo respaldamos, cambiamos contraseñas, cosas que no hacemos por flojera o desconocimiento”. Junto con eso, está el tema del uso social. “No es que ciertos países tengan o no acceso a la tecnología, sino cómo la usan y qué tantas reglas se ponen para usarlas”, dice G y G. Una especie de “manual de Carreño donde no puedes usar ciertos decibeles o el teléfono en el cine, que en México es práctica común”.

Pero no sólo se trata de aprender a proteger nuestros datos –de eso se encargarán tecnologías de encriptación de información conocidas como blockchain, que ya están incorporadas a ciertos modelos de celulares– o a reglas de etiqueta; sino a los modos más básicos de relacionamiento humano. Como, ni más ni menos, el que se establece entre padres e hijos.

La maestra en diseño estratégico e innovación y licenciada en relaciones industriales por la Universidad Iberoamericana, Alejandra Corona, autora del libro Huérfanos digitales, en una investigación descubrió que las madres jóvenes latinoamericanas de entre 25 y 35 años muestran el grado más alto de adicción al smartphone. Más que nadie en el resto del mundo. A partir de ese dato exploró cómo ese hecho tiene repercusión en el seno familiar, en los vínculos con los hijos, fenómeno que algunos estudiosos llaman “tecnointerferencia”, brecha y afectación psicológica que se abre entre los progenitores y sus vástagos debido a la tecnología.

Corona afirma que nueve de cada 10 padres ya establecen tecnointerferencia con sus hijos durante las pláticas, comidas, juegos. Y eso no tiende a moderarse, al contrario. Puede llegar a afectar a 100% de los padres y familias. Confirma que, en promedio, un mexicano revisa su teléfono 150 veces al día.

“El tema con el teléfono inteligente es que es la combinación entre lo necesario y lo deseado, una mezcla maravillosa. Y cuando entre la red 5G tendremos una mucho más potente, más satélites, intercambio de datos aún mayor, y con ello el uso del teléfono inteligente se irá ampliando”.

Andrés Rieznik, doctor en Física y neurocientífico que formó parte de The Disconnected Challenge by Motorola transmitido por Discovery Channel, afirmó que la dependencia frente al celular es enorme, al retirársele a alguien su teléfono muestra “síntomas y comportamientos fisiológicos que se parecen a los trastornos de ansiedad”. Coincide en que un smartphone es una herramienta que hay que usar con sabiduría, muy beneficiosa, pero también peligrosa en su capacidad adictiva y de distracción.

Según los reportes usados por la maestra Corona el fenómeno de tecnointerferencia se incrementó desde 2014. “Es bastante reciente el fenómeno, viene la primera generación de huérfanos digitales. Pero los que tienen hijos entre cero y 12 años están a tiempo de quitar ese patrón para quienes ya serán nativos digitales pero que en su medio podrán tener una correcta forma de ver la vida en lo cognitivo, físico y emocional, abrazando al mismo tiempo la tecnología, que es maravillosa. Debemos aprender a manejar el celular de manera asertiva, estamos formando personas y dependerá de nosotros cómo ellos se desarrollen en un futuro”.

Qué pasará con el celular

Nunca como ahora existe la certeza de que todo puede cambiar de un momento a otro. Lo que es modernidad hoy, mañana quién sabe. Con eso en mente los especialistas consultados por Contenido ofrecen sus expectativas.

“Visualizo que en menos de 10 años cambiará la forma en que entendemos el smartphone, habrá más que una evolución, una revolución. Estará dentro de un wereable [vestible], ese nuevo gadget tendrá dos elementos a descifrar: que sea ultraportable, como el reloj, y por otro lado que dé una superexperiencia visual, por eso se buscan teléfonos con pantallas cada vez más grandes. Ahí está el reto”, dice Alejandro Romero, quien motiva a sus estudiantes en la Facultad de Ingeniería y en Mobile UNAM a que imaginen cómo será el futuro celular. “Un reloj que se transforma en teléfono cuando lo necesites y que luego vuelve a la forma original. Eso nos parecía muy útil”, dice risueño el también experto en inteligencia artificial.

Tapia, de Samsung, insiste en que con las primeras pantallas plegables ya estamos viendo parte del futuro. Si se trata de imaginar, este experto, jugando con las posibilidades, piensa también en un brazalete que se expande al momento de quitárselo y aparece una pantalla. “A lo mejor ya no lo traes en el bolsillo sino en la muñeca, o lo traes en el bolsillo, pero como el Galaxy Fold lo desdoblas y es una pantalla touch de alta resolución con cosas diversas corriendo en paralelo: videos, red social, fotos, etcétera”.

El blogger Luis G y G coincide en que las pantallas flexibles son un paso hacia una transformación profunda –“una revolución”–, e imagina “un teléfono que se puede convertir en computadora, o que pueda alimentar una pantalla y teclado para convertirse en computadora. Esa practicidad se vuelve muy útil, todo en uno”.

Sin embargo, ello dependerá de los intereses de las grandes compañías en el planeta. “Con las pantallas flexibles, ¿qué se quiere eliminar? ¿A las tabletas? Y un poco esa es la respuesta. Debemos entender que esto depende de una industria que alimenta hogares y hace millonarios a varios. Entender en esta evolución qué les va a convenir a ellos”.

Para aquellos que se imaginaban teléfonos futuristas de los que emergen hologramas tipo La guerra de las galaxias, les tenemos malas noticias. Sin embargo, en esta industria, bajo este nuevo paradigma de información y comunicación, nada está escrito del todo, los cambios son frenéticos. La inteligencia artificial, las redes de interconexión cada vez más veloces, la seguridad cifrada, el descubrimiento de nuevos materiales, la nanotecnología harán que nuestros modernísimos y majestuosos celulares sean vistos en unos años como queridas reliquias.

Después de todo, piense que el primer smartphone exitoso hoy sería apenas un adolescente de 12 años.

¡Fuchi! Bacterias en el celular

¿Su celular tiene fundas de cuero o su carcasa es de plástico? Pues ni una ni otra lo salvan de una potencial contaminación y ni de ser foco infeccioso de salmonella, nocivos tipos de Escherichia coli o incluso tuberculosis. Según una sencilla prueba que realizó la firma británica Initial Washroom Hygiene, se comprobó que mientras un inodoro muestra bajo la luz ultravioleta unos 220 “puntos brillantes” que evidencian bacterias, el promedio que acarrean los celulares es de más de 1,400 brillos –es decir, casi siete veces más sucio. Otra investigación de la Universidad de Arizona aseguró que los smartphones pueden tener 10 veces más bacterias que un WC.

La razón parece obvia, pero el periódico Daily Mail lo confirmó con expertos en bacteriología de la escocesa Universidad de Aberdeen: los teléfonos móviles están en constante contacto con nuestras manos, y estas no se encuentran necesariamente limpias. Según encuestas, dos de cada tres oficinistas llevan su teléfono al baño.

¿Cómo prevenirnos? Uno: no lo use en el baño. Dos: lávese las manos luego de usar el celular. Tres: si el aparato tiene carcasa externa de plástico, límpiela con un paño suave humedecido con una mezcla de alcohol y agua. Si el cuerpo del celular es metálico tome precauciones: use una mezcla de alcohol isopropílico y agua, y frote con paño. Nunca rocíe líquido sobre el celular

Adictos y peligrosos

¿Cuántas veces hemos sido testigos de cómo un conductor se mete en problemas por ir consultando su teléfono mientras maneja? Muchas, quizá demasiadas. Zendrive, empresa estadounidense financiada por fondos de inversión y aseguradoras, concluyó que los conductores que se distraen con sus smartphones son ya la mayor amenaza para la seguridad en las carreteras y calles, por encima de los conductores ebrios.

Un informe de esa compañía –que analiza el riesgo que implica ver el celular mientras se maneja–, destacó que 6,227 peatones en Estados Unidos perdieron la vida debido a conductores absortos en sus teléfonos inteligentes.

Será complicado cambiar este comportamiento, básicamente por el deseo de estar conectados en todo momento, sin importar si se está al volante o no. “Los humanos se vuelven muy dependientes emocional y funcionalmente de estos dispositivos –dijo para el portal Smart Cities Dive el director ejecutivo de Zendrive, Jonathan Matus–; en todo momento, tenemos nuestros teléfonos inteligentes a unos dos metros o menos de nuestro cuerpo durante todo el día. Es la fuente de conocimiento, la fuente de conexión, la fuente de resolución de problemas para nosotros”.

Debido a esta preocupante situación la compañía lanzó en abril de este año el reto #TextYouLater (algo así como “#MensajéateDespués”) a fin de hacer conciencia del riesgo de usar el celular mientras se conduce.

Por José Ramón Huerta