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Por las calles de México, un taxista ejemplar

Luis Peña Alcalá es un experimentado taxista que desde hace 47 años recorre las calles de la Ciudad de México conduciendo con una sola mano. 

El cielo azul de las nueve de la mañana en la Ciudad de México me sorprendió por la claridad tras varios días de lucha de los capitalinos contra los índices de ozono, las partículas PM2.5 y los incendios, pero, como todos las jornadas, llevaba el tiempo justo para llegar a la Redacción.

Hice la parada a un taxi color rosa, intenté subirme por la puerta de adelante, al lado del chofer, pero este, amablemente, me indicó que lo hiciera por la puerta de atrás.

Abrí la puerta y hallé la respuesta, no había asiento del copiloto. Algo extraño, pensé, pues se trataba de un auto de cuatro puertas, un Tsuru.

Di los buenos días y la dirección hacia donde me dirigía; me apoltroné en el asiento de atrás. De inmediato me refugié en mi celular y me olvidé del conductor. Revisé Twitter y las tendencias del día: Lozoya, Día del Estudiante, Ricardo Peralta, Terminator Dark Fate, The Times, Theresa May, la final de futbol, la infaltable mañanera, Catalina Creel, luego alguna columna.

Y de pronto… como un flashazo, con una tardía mirada periférica, me percaté que el taxista  no tenía mano derecha, con sólo un muñón hacía un perfecto cambio de velocidades a la palanca. Apagué mi celular para adentrarme en la vida real y conocer a tan peculiar conductor.

Caprichosa coincidencia

Al cumplir la mayoría de edad, con todo el mundo por delante, Luis Peña Alcalá no imaginó que su padre lo metería a trabajar a una fábrica de papel y cajas de cartón. Por esas caprichosas coincidencias, justo cuando cumplió 18 días en el empleo, su novia le insistió mucho para que lo acompañara a unos 15 años, pero ni los ruegos ni las amenazas impidieron a Luis faltar a su trabajo.

A la hora de la entrada se topó con los compañeros del turno anterior, quienes lo trataron de convencer para faltar: “No entres, vámonos a tomar unas cervezas”. Desoyó la invitación para llegar a su cita con el destino. El accidente fue inevitable. Perdió su mano derecha. Su vida estaba rota.

A Luis lo incapacitaron no sin antes sostener discordes pleitos legales con su empresa que duraron varios años. Consciente de que en su trabajo lo querían correr y que por su condición difícilmente lo aceptarían en otro empleo, hizo la siguiente reflexión: “Tengo que buscar en qué trabajar para que no dependa de nada ni de nadie y entonces caí en cuatro puertas”.

¿Cómo le hizo? Pidió prestado el taxi a un amigo, empezó a conducir y se dio cuenta de que sí podía . Con esa determinación, pasó, después de un tiempo, de chofer de un auto ajeno a tener su propio auto, un Datsun, donde empezó a recorrer las calles de la Ciudad de México hace 47 años.

Por supuesto don Luis pasó todos los exámenes de ley y ha seguido sometiéndose a las posteriores pruebas que le piden para renovar su licencia como taxista. Su número de licencia

 

En el país, según datos del Inegi, aproximadamente 6% de la población tiene algún tipo de discapacidad, algo así como 7.1 millones de mexicanos.

 

Ponerse otros zapatos

Su jornada laboral inicia a las cuatro de la mañana y termina a las cinco de la tarde, hace una parada de algunos minutos para desayunar, pero en todo momento recorre las calles de esta urbe, como el personaje principal de Ojerosa y pintada, una novela de Agustín Yáñez, publicada –otra curiosa coincidencia– en los años sesenta, la década del accidente de Luis Yáñez.

Precisamente para hacer algo por las personas con discapacidad, cansado de ver cómo sus colegas les negaban el servicio y “poniéndose en sus zapatos”, decidió habilitar un espacio en su vehículo para que cupiera una silla de ruedas o algún otro aparato ortopédico, como precaución extra empotró una barra de seguridad que sirviera de ayuda y sostén durante los recorridos.

 

En la CDMX cada día se hacen 30.7 millones de viajes en vehículo motorizado, de ellos 73% (más de 22.4 millones) se llevan en transporte público.

 

Ya nada es igual

Los nuevos tiempos han cambiado para los ruleteros, llamados así porque no tenían un lugar fijo para estacionarse y recorrían las calles en busca de su propio pasaje, como en una ruleta, sin rumbo.

“Antes –dice don Luis– los taxistas sabíamos cuáles eran las mejores épocas para el pasaje, generalmente dos o tres días después de la quincena pero ahora ya no se nota.

Con la entrada de la tecnología y la incursión de nuevas aplicaciones algunos choferes han visto disminuir su pasaje, sólo que don Luis se rehúsa a adherirse a algún servicio donde se tenga que usar el celular: “soy malo para eso, para cualquier cosa del teléfono, no sé ni meter los contactos y en ellas (las Apps) hay que estar todo el día”.

Él se aferra a los tiempos idos y a su determinación, la cual le ha permitido vivir de su empleo durante casi medio siglo y mantener a la familia. “A mí me enseñaron que debía responder por todos los gastos de mi casa y es lo que yo he hecho toda la vida”. Por ello se extraña de la gente que “sin tener nada” o sufrir alguna discapacidad física no quiere trabajar.

Como la vida es corta, don Luis, el taxista de 73 años de edad, no pierde el tiempo en ver qué hacen los otros; eso sí, no deja de tener presente que existe un ser superior que lo ayuda y lo protege todos los días al salir. “Yo sin Dios no soy nada”, dice antes de despedirse.

 

Por Alberto Círigo