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Experimentos con animales ¿Hasta dónde debemos hacerlos?

Por siglos los humanos hemos usado a otras especies para nuestros fines. ¿Es ético y moralmente válido hacerlo?

Foto: Pxhre

Una casa típica de cualquier ciudad suele tener en su baño, tocador, botiquín, estantes, cosmetiqueras, o alacenas cientos de productos de cuidado y arreglo personal, líquidos y polvos para limpieza de superficies, medicinas y remedios que a simple vista parecen más o menos inofensivos si uno les da un manejo y consumo prudentes. Lo que la inmensa mayoría de la gente suele ignorar es que esos limpiadores, cosméticos y fármacos son resultado de una larga serie de investigaciones y experimentos en seres que no pertenecen a nuestra especie. Son animales, como nosotros, pero no Homo sapiens sapiens.

Si bien las cifras son nebulosas por la falta de una información fidedigna y actualizada, se calcula que podrían ser unos 115 millones de animales no humanos los que universidades y escuelas, institutos de investigación, laboratorios, empresas, ejércitos y agencias espaciales usan cada año para muy diversos objetivos, algunos de muy cuestionable utilidad, pero otros fundamentales para el desarrollo y conocimiento de las personas y, en algunos casos –los menos–, para el cuidado y bienestar de los propios animales.

Desde finales del siglo XIX pero sobre todo a mediados del siglo XX se intensificó el reclamo, principalmente en Inglaterra, de que ciertos métodos de experimentación tomaran en cuenta el dolor y angustia infligidos a otros seres. Incluso el propio Charles Darwin tenía una posición crítica respecto de hacer sufrir a las especies.

Ha pasado el tiempo y hay organismos muy activos en la defensa de los animales no humanos. Uno de ellos es PETA (Personas por el Trato Ético de los Animales), con millones de seguidores en el mundo y que aboga por la prohibición de probar cosméticos y limpiadores en los ojos y la piel de los animales, o usarlos para experimentos en universidades y laboratorios; demanda que los gobiernos –sobre todo el de Estados Unidos– dirijan los impuestos a estudios clínicos, in vitro y epidemiológicos “relevantes para los humanos”. Lucha además porque en las universidades se dejen de usar vivisecciones en las clases de biología o medicina, y en cambio se usen “alternativas modernas que enseñan mejor a los estudiantes y les ahorran tiempo y dinero a las universidades”.

 

Tres erres

El tema sigue siendo muy vigente. Un punto de quiebre al respecto se dio en el ya lejano 1959, cuando un par de biólogos británicos de apellidos Russel y Burch plantearon en The Principle of Humane Experimental Technique lo que se conoce como “las tres erres”. Este principio planteaba:

La necesidad de buscar alternativas para reemplazar o sustituir el uso de animales; reducir el número de animales para obtener datos suficientes, además de métodos para refinar, es decir, minimizar el dolor y la angustia en los animales.

De entonces a la fecha se han dado avances, es cierto. Diversos organismos en el mundo, principalmente en la Europa occidental y Escandinavia, pero también en Oceanía, Estados Unidos y Canadá han alzado la voz y constituido órganos e instituciones que velan por el bienestar de los animales elegidos para estudios e investigaciones, algo necesario dados los procedimientos que se suelen aplicar a estos seres, que van desde operaciones quirúrgicas más o menos invasivas, intoxicación o envenenamiento, inseminación artificial, trasplantes de órganos, alteraciones genéticas, inoculación e inducción de enfermedades, manipulación hormonal, todo ello a veces realizado sin anestesia o analgesia luego de las intervenciones operatorias. A los animales además se les separa de sus grupos familiares y se les obliga a aislamiento social, sometimiento a estrés, mala manipulación o racionamiento de agua y comida.

La variedad de animales que se usan hoy en día es amplia, aunque en decenas de países se han prohibido los experimentos con grandes simios como el gorila, chimpancé, orangután o bonobos debido a la afinidad genética con nosotros los humanos –que también por cierto, somos primates–, y se prefiere a especies como perros, gatos, conejos, cerdos, cabras o caballos, los cuales a su vez son sustituidos por roedores como ratas y diversos tipos de ratones comunes y “transgénicos”.

Pero ese “refinamiento” de ciertas especies no significa que las prácticas extremas hayan disminuido o se hayan erradicado en otras, sobre todo en países donde la legislación exige que cualquier producto o fármaco que se vaya a aplicar en humanos antes debe ser probado en otros animales. China es el caso más emblemático de un territorio donde la experimentación con especies no humanas tiene escasas restricciones.

Hoy el tipo de animales que más se utilizan son ratones, ratas, cobayos, hámsters, conejos, reptiles, nemátodos, moscas, peces y algunas aves.

El neurocientífico Philip Low, investigador del MIT y famoso entre otras cosas porque en 2012 firmó junto con otras personalidades como Stephen Hawking la Declaración de Cambridge sobre la consciencia, sostiene que los animales no humanos sí tienen conciencia y la capacidad de comportamientos intencionales, y calculaba en ese año que “el mundo gasta 20,000 millones de dólares por año matando 100 millones de vertebrados en investigación médica”.

Foto Pxhere

Derecho humano vs. derecho animal

A pesar de los avances, el planteamiento ético y filosófico sigue sobre la mesa: ¿tenemos derecho los humanos a infligir dolor y angustia a otros seres en aras de los avances científicos, de nuestro bienestar, salud e incluso belleza?

“Hay una situación paradójica –dice en entrevista la doctora en Filosofía y especialista en bioética Paulina Rivero Weber–, por un lado gracias a internet y las redes sociales se presentan imágenes de lo que les hemos hecho a los animales, y se crea mayor conciencia del tema; pero por otro lado el mundo está establecido en un modus operandi muy difícil de echar atrás; hay más conciencia pero el anclaje al status quo es muy fuerte”.

Ella, como parte del Programa Universitario de Bioética de la UNAM, recibe peticiones para crear conciencia sobre un mejor trato a los animales en general. Laboratorios e incluso las mismas facultades de la propia Universidad Nacional solicitan asesorías. “Nos han buscado laboratorios para cursos sobre manejo animal, es parte de nuestro trabajo, preparar gente en cursos y seminarios, pero nos vimos en la disyuntiva de ir o no debido a que de todos modos esas empresas seguirán usando animales, y por otro lado, si les damos el curso, lo exhiben como un aval de lo que hacen, y nosotros no nos podemos prestar a eso. Caso diferente es el Instituto Nacional de Nutrición, al que le hemos dado cursos junto con veterinarios, y ha sido posible porque estuvo de acuerdo con un seguimiento de modo continuo. Pero hay laboratorios que no están dispuestos a ese seguimiento, sólo quieren el aval”, dice la especialista.

La propia UNAM, que cuenta con unos 17 bioterios –así se llama a los lugares donde se crían, mantienen y se usan a los animales bajo condiciones de control–, hace esfuerzos en algunas de sus facultades e institutos de investigación, y varios ya están certificados o en vías de hacerlo.

Recientemente la Facultad de Medicina de la UNAM inauguró nuevos laboratorios y quirófanos del Departamento de Cirugía, para que los estudiantes “tras 45 años de usar ‘modelos biológicos’ [léase animales] se sustituyen por simuladores inertes que permiten reproducir los procedimientos indispensables para la formación del médico general”, se lee en un boletín de la propia Universidad.

La doctora Rivero Weber asegura que la Facultad de Veterinaria ya cuenta con maniquíes especiales o programas en computadora para prácticas de algunas asignaturas; “eso mejoraría incluso la forma de aprendizaje”, dice.

Alguien que forma parte de esa Facultad de Veterinaria y Zootecnia, quien tiene un alto grado de especialización y persigue un trato más justo para que “este mundo no sea un infierno para los animales” es la doctora en Bioética y maestra en Ciencias Veterinarias con especialidad en patología, Beatriz Vanda Cantón.

En entrevista recuerda que hace años, aún en la carrera, se percató “que igual que nosotros, los animales sienten, tienen miedo, se dan cuenta, quieren seguir viviendo. Por eso entré a la bioética. Hice y hago necropsias y veo casos de negligencia, de tortura. Pensaba: ¿cuál es la diferencia entre humanos y otros animales, si todos sentimos y estamos vivos? Todos somos seres relacionales, al menos los vertebrados”.

La doctora Vanda informa a Contenido que desde hace 10 años se imparte a los estudiantes de la Facultad de Medicina Veterinaria el Seminario de Bioética, algo necesario porque incluso hoy “mucha gente de ciencia que trabaja con animales no conoce el principio de las tres erres” de Russel y Burch. Por desgracia, esa no es una materia que se imparta en todo el país.

El 24 de abril es reconocido por la ONU como el Día Internacional del Animal de Laboratorio.

Dónde están los animales

Es clave conocer las condiciones con las cuales los investigadores, biólogos, químicos, médicos, etcétera, trabajan con los animales. Pero ese conocimiento tiene obstáculos. Por ejemplo, resulta muy difícil saber cuántos bioterios hay en el país. Fuentes informales hablan de 300, donde sólo una fracción es reconocida e identificada por el Estado. El órgano oficial que se encarga de tenerlos en observación, el Sistema Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (Senasica), dependiente de la Secretaría de Agricultura (Sagarpa), declara a Contenido que tiene en su radar 49 bioterios autorizados, a los que clasifica en tres tipos: uno para producción (reproducción, crianza, manutención y distribución); otro para experimentación (investigación científica, desarrollo tecnológico e innovación, pruebas de laboratorio y enseñanza) y mixtos, que incluyen tanto la producción como la experimentación.

Por desgracia el Senasica hasta ahora no tiene forma de saber a ciencia cierta cuántos bioterios más hay en el país y en qué condiciones operan.

“Senasica sólo acude y hace inspecciones si hay alguna denuncia o si el propio bioterio se dio de alta ante la Sagarpa –dice la doctora Vanda–. No tienen suficientes médicos verificadores. Por eso muchas empresas, como las farmacéuticas y las que se dedican a hacer alimento para animales, ya sea por apegarse a las normas o porque quieren ser socialmente responsables, instauran sus comités de ética, o buscan asesoría con académicos de la UNAM para formar sus comités, pero nosotros no somos certificadores, sólo capacitadores”.

La doctora sabe de buena fuente que hay bioterios en la UNAM que están certificados internacionalmente y bien monitoreados por sus comités, como el del Instituto de Investigaciones Biomédicas y el de Fisiología Celular. Agrega que hay otro, que no pertenece a la UNAM sino al Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (Cinvestav), “que lleva mucho tiempo trabajando en esta materia”.

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No todo está perdido

Nació en Cuba, y en esa isla, en los tiempos de Fidel Castro colaboró con centros altamente especializados en la crianza y cuidado de animales para fines de investigación. Desde hace 25 años el profesor de Medicina Veterinaria y Zootecnia Jorge Fernández Hernández está en México y encabeza la Unidad de Producción y Experimentación de Animales de Laboratorio (Upeal) del Cinvestav, reconocido en 2017 como el mejor bioterio del mundo, en donde cría, alimenta y da cuidados a 24,000 ejemplares vivos.

“En su gran mayoría son ratas y ratones”, informa el especialista en su oficina con vista directa y con monitores que apuntan a un recinto que desde 2011 se encuentra minuciosamente climatizado, con aire filtrado a máximos niveles, con iluminación que replica el amanecer y el atardecer; alimenta a sus animales con agua y comida importadas de alta calidad y las cajas plásticas y transparentes donde están los roedores tienen elementos para darles bienestar relativo.

“Ya no se trabaja con perros ni con primates, y el uso del gato está muy restringido, no son especies prohibidas pero buscamos la forma de pedirle al investigador que les busque reemplazo”, afirma Fernández.

Confirma que trabajan con estándares superiores a los que exige la NOM de 1999 (“está muy desactualizada, tiene unos 20 años de atraso”), con un comité que revisa en todos los casos la justificación de las investigaciones que pretenden usar animales. Ignora si hay algún otro bioterio en el país con los parámetros de la Upeal, pero él y su equipo asesoraron a la Escuela de Medicina de la Marina Armada (“hicieron un proyecto con instalaciones tremendas que está arrancando”, señala), y sabe que el Instituto de Fisiología Celular de la UNAM “también planea tener un área como esta”, además de que tiene conocimiento de que “hay laboratorios privados que ofrecen áreas con esta tecnología”.

Los animales ahí alojados, entre los cuales se encuentran los ratones sin pelo y la “maravilla de la investigación científica”, los NSG, que son ratones triple inmunodeficientes (es decir, no tienen ninguna defensa, su organismo está a expensas de lo bien o mal que se trabaje con ellos), son de los que se valen los científicos del área biológica para desarrollos en neurofisiología, genética, fisiología, neurociencias, además de soluciones para atacar la diabetes, los cánceres, y males como el parkinson, huntington, obesidad y muchos más.

El profesor Fernández no es omiso a los dilemas éticos que implica trabajar con animales. Como veterinario, se asume como responsable de otorgar la máxima calidad de vida a los organismos de los que se vale la humanidad para conseguir soluciones a males y mejoría de nuestra especie. Pero cuando su existencia es precaria y trabajar con ellos se transforma en abuso o tortura, hay que acudir al end point o eutanasia, sentencia.

“Mi posición ética ante este asunto es intermedia –explica Fernández–, lo malo está en los extremos, los que dicen que podemos hacer con los animales lo que nos dé la gana, y los que dicen que ellos deben andar libres, deambulando por la ciudad. Creo que hay que procurar lo mejor para unos y otros. Si no les dedicamos todo este tiempo y recursos a los animales, no habrá medicamentos ni soluciones, aún muchas de ellas se controlan con animales”.

Un principio de realidad indicaría que ciertas pruebas no dejarán de aplicarse en el corto plazo. Y otras tendrán que ser incluso perseguidas a escala legal, como aquellas de las que hace uso la industria bélica, la cosmética o productos para la limpieza del hogar. “Muchos países usan cultivos celulares, algunos modelos in vitro o incluso modelos matemáticos, ya no animales”, apunta la doctora Vanda. “Luego de los cultivos u órganos aislados, se tendrían que hacer pruebas en invertebrados, y ya hasta el final se tendría que hacer en un vertebrado”.

Reconoce, sin embargo, que “el dilema está en la experimentación biomédica que sí es aplicable, o en cirugía experimental donde resulta difícil reemplazar porque se tienen que probar prótesis o trasplantes y ver lo del rechazo”.

La filósofa Paulina Rivero ofrece una conclusión personal a Contenido. “No me opongo a la ciencia, no hay vuelta atrás, no nos vamos a ir a la cueva, tiene que continuar su avance”, pero al mismo tiempo hace falta tener una finalidad clara, información sobre el tema de los animales. “No hay que perder de vista que como consumidores tenemos un poder enorme: el día en que nadie esté interesado en comprar un producto para el que se utilizó brutalidad animal, ese día se acaba ese producto”.

El neurocientífico Philip Low lo tiene muy claro: el primer paso en todo este complejo tema es “desarrollar técnicas no invasivas, apelar a nuestro propio ingenio y desarrollar mejores tecnologías para respetar la vida de los animales”.

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Práctica antigua y moderna

El uso de animales no humanos para investigación biológica es ancestral. Hay registros desde la Grecia antigua, practicados por Alcmeón de Crotona en el siglo VI a.C., Aristóteles en el IV a.C., Erasístrato en el III a.C. y en el siglo II de nuestra era el famoso Galeno, quien valiéndose de la vivisección abría las entrañas de cerdos y cabras vivos.

A finales del siglo XIX, usando cabras y borregos, Luis Pasteur presentó una vacuna contra el ántrax, y en los primeros años del siglo XX Alexis Carrell iniciaba los trasplantes de órganos con páncreas de perros y gatos. En 1921 un par de médicos, Frederick Grant Benting y Charles Best, extrajeron de páncreas de cerdos la insulina, hormona que inocularon a perros con diabetes. Otro médico, Joseph Murray, logró en los años cuarenta trasplantar exitosamente riñones en perros, conocimiento que aprovechó para trasplantar riñones en humanos. Igualmente son muy famosos los experimentos con perros del fisiólogo Iván Pavlov para explicar los reflejos condicionados (“como el perro de Pavlov”, se suele decir).

Varios de esos científicos recibieron el Premio Nobel de Medicina o Fisiología.

 

Unilever y Procter: dos grandes se suman

Así como hay laboratorios y empresas que fabrican productos cosméticos y de limpieza del hogar usando animales para sus pruebas, gigantes de la fabricación de productos de consumo masivo decidieron colaborar con la iniciativa #BeCrueltyFree (#SéLibreDeCrueldad) de la Humane Society International. La idea es prohibir las pruebas en animales en los cosméticos de los principales mercados de belleza en el mundo para el año 2023.

El 9 de octubre de 2018 la segunda empresa de belleza más grande del mundo, la europea Unilever, con marcas como Dove, TRESemmé o Degree, decidió dar su apoyo activo a las reformas legislativas que prohíben pruebas de cosméticos en animales. Pocos meses después, el 21 de febrero de 2019, la estadounidense Procter & Gamble que tiene marcas como Head & Shoulders, Crest, Pantene o Always, se comprometió a incluir programas para generar alternativas y valoraciones de seguridad que no incluyan animales, y a propiciar legalmente la finalización de pruebas cosméticas en los mercados clave de la belleza. En cooperación con HSI, Procter ha invertido 420 millones de dólares durante 40 años para desarrollar métodos que no involucren animales.

Algo decisivo en estas iniciativas es que los gobiernos y los órganos reguladores acepten nuevos métodos para que más compañías se sumen en los principales países.

 

Leyes que protegen a los animales

En cuanto a normativas en cuidado para animales de laboratorio, México se guía con la Ley Federal de Sanidad Animal y su reglamento; además, se cuenta con la Norma Oficial Mexicana NOM-062-Z00-1999 para la Producción, Cuidado y Uso de los Animales de Laboratorio. “Es más o menos buena pero no está actualizada” –dice la doctora Beatriz Vanda, veterinaria y patóloga por la UNAM–, los europeos llevan la delantera, y en Australia y Nueva Zelanda también son muy estrictos para el uso de animales en investigación”.

En términos generales y en un resumen apretado, la NOM señala obligaciones mínimas para el espacio de confinamiento. Debe:

  • Contar con el espacio suficiente, sin hacinamiento y que les permita movimientos y posiciones naturales.
  • Temperatura y horas de luz/oscuridad adecuados a la especie.
  • Que tengan agua y alimento limpios y en cantidad suficiente.
  • Que los animales y su albergue estén limpios y secos.
  • A las especies gregarias, permitirles interactuar con sus congéneres.
  • Los procedimientos que causen dolor o incomodidad deben realizarse bajo anestesia, analgesia o sedación.
  • La muerte de los animales debe llevarse a cabo con sobredosis de anestésicos y apegados a la NOM-033-ZOO/SAG-2014.

Fuentes oficiales de Senasica esperan que la publicación de la Ley y NOM actualizadas se dé “durante el último trimestre de 2019”. Por el bien de los animales, ojalá así sea.

 

¿Para hacer cosméticos? No gracias

Sólo China exige pruebas en animales para ciertos productos cosméticos. Hay países donde está en proceso la legislación para prohibir esas prácticas como Canadá, Estados Unidos, México, Chile, Brasil, Sudáfrica y Sri Lanka, pero hay 39 países que tienen prohibiciones expresas vigentes:

América:

Guatemala; California en Estados Unidos y los estados brasileños de Amazonas, Mato Grosso, Minas Gerais, Río de Janeiro, Sao Paulo, Paraná y Pará.

Europa:

Todos los países de la Unión Europea, además de Reino Unido y Turquía.

Medio Oriente:

Israel.

Asia:

India, Taiwán, Corea del Sur.

Oceanía:

Australia y Nueva Zelanda.

Fuente: Humane Society International / Be Cruelty Free

 

Verde: Prohibiciones vigentes.

Rojo: Legislaciones en desarrollo.

Negro: Se requieren o pueden realizarse pruebas con animales por parte del gobierno.

 

Por José Ramón Huerta