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¿Sabes de dónde vienen nuestros nombres?

Escoger el nombre para un bebé implica una gran responsabilidad, debido a que lo acompañará durante toda su vida. Algunos padres no se lo toman a la ligera, lo meditan muy bien, pero otros, no tanto. ¿Qué se toma en cuenta para nombrar a alguien?

 

Hace algunas décadas la principal fuente para darle nombre a los recién nacidos era el santoral católico, guía que incluían muchos de los calendarios y almanaques. Después se incorporaron las referencias personajes de radioseries, telenovelas, películas o literarios, además de jugadores de futbol y otros héroes deportivos, en los cuales se inspiraban los padres al momento de acudir a los registros civiles.

La tradición de heredar los nombres de antecesores es otro poderoso motivo. José Armando proviene de una familia católica, su nombre le fue otorgado por una combinación: su padre y su abuelo son también Armando pero en su caso, le fue agregado el José. Al preguntarle a su madre el motivo de esa elección, le respondió que era en honor al padre de Jesús. Y aunque a nuestro entrevistado lo llaman la mayor parte del tiempo por su segundo nombre, siguió con esa costumbre: recientemente registró a su hijo con la composición “José Armando”, como él mismo.

Pueden ser muchos los factores y las consideraciones que influyen en la decisión para determinar el nombre que usará un ser humano en sociedad. Y también habrá casos en que esa elección será producto de una ocurrencia o moda pasajera.

 

Nuestros nombres, nuestra historia

Desde los primeros registros de la humanidad nuestra especie ha tenido la necesidad de identificarse con un elemento designador concreto: un antropónimo o nombre propio. Este hecho parece universal a casi todas las culturas e incluso queda de manifiesto con los animales de compañía y de trabajo –piénsese en perros, gatos o caballos–, a los cuales se les suele asignar un mote.

Históricamente la estructura de los nombres ha sido más o menos la misma: una combinación de sustantivos, mayoritariamente, que hacen referencia a algún significado en particular, ya sea literal o simbólico. Con el paso del tiempo, la estructura cambió en función de evitar confusiones, y fue así que el nombre familiar (o apellido) además de conferir un linaje distingue a un individuo de otro y pretende evitar que compartan el mismo antropónimo. Otra fórmula para diferenciar a una línea de ascendencia es optar por la numeración, como fue el caso de los reyes: Felipe IV o Felipe V.

Los especialistas ser percataron que la presencia de ciertos antropónimos extranjeros en un lenguaje en particular puede indicar tanto la incorporación de personas de un grupo lingüístico en otro, como la influencia de un grupo cultural sobre otro. Por ejemplo, en español la presencia de nombres hebreos se debe a la influencia de la religión judeocristiana en los hablantes de latín que dieron origen al español.

Del mismo modo, cuando los nombres incorporados en una lengua procedente de otra son pocos o aislados, puede deberse a una moda cultural, a factores históricos o incluso de falso prestigio.

 

Influencia religiosa

Al tratarse de lenguas romances, los registros más antiguos nos llevan a la antigua Roma, según la mayoría de los especialistas. En ese entonces, la estructura del nomen de un ciudadano latino libre se componía de tres elementos: el que hoy conocemos como “de pila”, o séase, el individual; el nombre de la familia, como Tullius, Vallerius, y por último, el cognomen, que respondía muchas veces a un atributo o característica física, como en el caso de Plubius Ovidius Naso [narizón], o Gaius Julius Caesar [por cesárea]. En el caso de las mujeres ciudadanas simplemente se feminizaba el nombre de pila del progenitor.

Con la expansión de la religión judeocristiana, los nombres hebreos basados en la Biblia fueron ganando terreno. Y una vez que la tradición cristiana asentó, surgieron nuevos nombres que se popularizaron como las advocaciones regionales de la virgen María: Pilar, Rocío, Montserrat, Macarena, Candelaria, Begoña, Guadalupe, etcétera, o de motivos o sacramentos religiosos: Inmaculada, Concepción, Rosario, Ascensión, Dolores, Esperanza, Encarnación, Consuelo, Ángeles, Mercedes, Virtudes, Gloria, Pastora, Remedios, Socorro.

En el caso masculino, los nombres de apóstoles entraron en boga, tales como Pedro, Simón, Tomás, Bartolomé, Juan, Andrés, Santiago, Felipe. Los José hasta la fecha abundan, y parece lógico que otros nunca alcanzaran popularidad, como el caso de Judas, de quien se dice traicionó a Jesús.

En cuanto se reconoció la propiedad privada y la Iglesia definió al matrimonio como única vía de descendencia legítima los apellidos se volvieron indispensables, sin contar los problemas que entre familias llevaran a tomar distancia desde la nomenclatura. De ahí que en español, por ejemplo, existe el sufijo ez; y si había un Juan en la familia, y su papá se llamaba Gonzalo, al tratarse de un hijo se agregaba la terminación: González.

Igual sucede con los prefijos Mac o Mc escoceses, que también significan “hijo de”; así, McDonald’s es el hijo de Donald; en las lenguas germánicas son frecuentes las terminaciones sohn (alemán), son (inglés, noruego, sueco) o sen (danés). Tal tradición dictó asimismo que los antropónimos podrían detallar alguna virtud en batalla, por ejemplo Eduviges (mujer luchadora), Adolfo (lobo de noble estirpe).

Apellidos propios de diferentes culturas y tradiciones también hacían referencia al lugar de donde provenían (Del Campo, Del Valle, De la Huerta, por ejemplo) o a oficios familiares (Panadero, Herrera, Zapatero, etcétera).

 

La palabra apellido procede del latín y tiene el mismo origen que “apelación”, en otras palabras, “acto de llamar”.

 

Como sabemos, en nuestro país el nombre completo de una persona puede constar de un apellido pero lo frecuente es utilizar ambos. El nombre “propio” lo designan los padres a los hijos cuando nacen y los llevan al Registro Civil o al bautismo; de ahí la expresión “nombre de pila”, que hace referencia al otorgado en la pila bautismal.

El apellido o nombre familiar, comúnmente el del padre o el la madre –en México ya es posible invertir el orden, o cuando se contrae matrimonio cambiar uno por el del cónyuge o adoptar en exclusiva el del cónyuge– pasa de una generación a otra.

En entrevista para Contenido, el sacerdote Salvador Carmona, con más de 30 años de experiencia, relata cuánto ha cambiado el uso de los nombres en el país. “Antes llegaban los papás y padrinos y durante las pláticas previas al bautismo reflexionábamos juntos el nombre que tendría la criatura para ‘quitarle los cuernos’ con un nombre de la Biblia […], ahora llegan y piden nombres de moda: Messi, Cristiano (pero no por su significado real sino por el jugador) y otros tantos como Santiago o Mateo, pero en la mayoría de los casos los padres desconocen el significado u origen de los nombres”.

El clérigo cuenta que en los últimos tiempos ha tenido que ceder un poco en cuanto a la elección que realizan los padres –“al principio sí les decía que no les podía poner Brayan [sic], pero llegaban a molestarse y a veces no regresaban, por lo que empecé a admitirlo. La única recomendación doy en esos casos es que también se les dé a los hijos un nombre bíblico además del que ellos eligieron. Se escucha raro, pero de algún modo se debe conservar la tradición del bautismo”.

De la moda lo que te acomoda

Mía Jocelyn tiene 17 años, y cuenta en entrevista que uno de los grandes traumas de su vida es su nombre. En 2002 se trasmitió una de las telenovelas más importantes de América Latina, Rebelde Way (adaptada posteriormente en México como RBD) y “Mía” fue uno de los nombres que más se popularizó de aquella producción originalmente argentina. Su impacto se extendió desde ese año hasta 2006, en el que finalizó la versión mexicana y resultó uno de los nombres más populares del Registro Civil, sólo debajo de la combinación “María Fernanda”, según datos ofrecidos por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), cuyos datos abarcan hasta 2015.

Lo anterior demuestra que el entorno determina nuestros gustos, y estos se han adaptado a nuevos ídolos. Los antropónimos ahora son inspiración de influencers, celebridades, empresarios. Pero en México hay campeones indiscutibles que trascienden las épocas: las María, las Guadalupe, así como los José y los Juan siguen vigentes en el gusto popular, según las estadísticas oficiales.

 

 

Maris, Lupes y Pepes

Estos son los nombres más comunes de mujeres y hombres, por estados:

  1. Aguascalientes: María Guadalupe/ José de Jesús
  2. Baja California: María Guadalupe / José Luis
  3. Baja California Sur: María Fernanda / Francisco Javier
  4. Campeche: María del Carmen / Miguel Ángel
  5. Chiapas: María / Juan
  6. Chihuahua: Guadalupe / Manuel
  7. Ciudad de México: María Guadalupe / José Luis
  8. Coahuila de Zaragoza: María Guadalupe / Jesús
  9. Colima: María José / Juan
  10. Durango: María Guadalupe / Jesús
  11. Estado de México: María Guadalupe / Miguel Ángel
  12. Guanajuato: María de Guadalupe / Juan
  13. Guerrero: María / Juan
  14. Hidalgo: Juana / Juan
  15. Jalisco: María Guadalupe / José
  16. Michoacán de Ocampo: María Guadalupe / José Luis
  17. Morelos: María Fernanda / Miguel Ángel
  18. Nayarit: María Guadalupe / José
  19. Nuevo León: María Guadalupe / Jesús
  20. Oaxaca: María / Juan
  21. Puebla: Guadalupe / Juan
  22. Querétaro: María Guadalupe / Juan
  23. Quintana Roo: María Fernanda / Miguel Ángel
  24. San Luis Potosí: Juana / Juan
  25. Sinaloa: Guadalupe / Jesús
  26. Sonora: Guadalupe / Francisco Javier
  27. Tabasco: Guadalupe / José
  28. Tamaulipas: Guadalupe / José Luis
  29. Tlaxcala: Guadalupe / Juan
  30. Veracruz: Guadalupe / Juan
  31. Yucatán: María Guadalupe / Manuel Jesús
  32. Zacatecas: María / José 

Fuente: Registro Nacional de Población de la Secretaría de Gobernación. Los datos proporcionados corresponden al periodo de 1900 a 2015 disponibles en los archivos del Renapo.

 

 

La recomendación general que se da en México, es que si alguien está pensando en registrar a su hija o hijo recién nacidos, al menos se asegure de que tal nombre no esté prohibido, de que sea posible pronunciarlo y escribirlo con soltura y de que su elección tampoco vaya a provocar ser objeto de burlas y bullying.

 

Qué dice la psicología

Iliana Sánchez fue durante buena parte de su vida miembro de una congregación eclesiástica que se encargó de repetirle que había grandes cosas aguardándola. “Tenía que cubrir un papel muy importante, según ellos”, recuerda. Sin embargo, recién egresada de su carrera se embarazó y no fue bien vista por quienes antes tanto la habían apoyado en el grupo religioso. “Me dijeron que, en adelante, sería mi hija quien debía cumplir con el papel que yo tenía destinado… por supuesto, me enojé y negué toda posibilidad de que ello ocurriera. Cuando nació mi hija le puse por nombre Daniela, que significa ‘Dios es mi juez’, porque sólo Él sería quien juzgaría lo que para mi hija se había destinado”.

Ponerle un nombre determinado a nuestros hijos, desde el punto de vista psicológico, implica para ellos varias cosas: “Inconscientemente les estamos destinando un lugar en la familia que deben ocupar, el rol que van a desempeñar, lo que esperas que logren en la vida, las cualidades que queremos inculcar o destacar en ellos, sobre todo cuando utilizamos nombres que ya han estado en la ascendencia”, describe Rocío Botello, maestra en Psicoterapia Familiar Sistémica.

La experta sostiene que ponerle el nombre de uno de los padres implica de forma inconsciente que “por lo menos esperamos que llegue al mismo estatus” social de los progenitores. Caso semejante es si se elige el nombre de los abuelos: “Queremos ver en el niño o la niña el papel del ancestro replicado” o, incluso, usar el antropónimo de un familiar fallecido, lo que implica sustituir a esa figura perdida con el nuevo integrante de la familia.

“Tuve en terapia una pareja que había perdido una hija de nombre María Fernanda –dice la maestra Botello–, y cuando volvieron a embarazarse consideraron utilizar el mismo nombre de la que habían perdido. ¡La estaban sustituyendo de forma involuntaria y ya esperaban cosas de la pequeña nonata!”.

Otro aspecto que se explora psicológicamente es el prestigio que la sociedad le atribuye a ciertos nombres. Las familias de escasos recursos económicos optan por los nombres extranjeros, de famosos, de la realeza o exóticos, “porque creen que eso les da un nivel socioeconómico que ellos no pueden otorgarles”, reflexiona Botello.

La psicoterapeuta recuerda la importancia de elegir un sustantivo adecuado y con significado para los infantes. Ponerles uno u otro nombre les confiere una carga emocional, desde que son niños, que ellos desconocen. “Cuando llegan a cierta edad y preguntan el porqué de su nombre es cuando generalmente los padres caen en cuenta de la carga semántica que le dieron a ese niño”, comenta.

Para bien o para mal, optar por un nombre extravagante u original no siempre es la primera opción de los padres. A veces se siguen tradiciones familiares y en ocasiones, también, oleadas de vanguardia. Hay padres que guardan dudas sobre esa decisión y otros que lo tienen claro desde el embarazo mismo. No sólo hay incontables libros y páginas en internet dedicados a este asunto, además los amigos y familiares dan su opinión –y hasta presionan– por uno u otro nombre.

Ante esto, hay que recordar que decidir cómo se llamará una persona resulta una decisión transcendental: ese nombre lo llevará toda su vida o, al menos, hasta que a los 18 años pueda cambiarlo legalmente.

¡Estos no, por favor!

Lista de nombres no recomendados en México. Si bien no en todos los registros civiles del país están prohibidos, los jueces pueden sugerir no utilizarlos. Estos nombres sí han sido usados al menos una vez:

 

– Aceituno

– Batman

– Burger King

– Cacerolo

– Calzón

– Caralimpio

– Circuncisión

– Disneylandia

– Email

– Escroto

– Facebook

– Fulanito

– Harry Potter

– Hermione

– Hitler

– James Bond

– Lady Di

– Micheline

– Piritipio

– Pocahontas

– Rambo

– Robocop

– Rocky

– Rolling Stone

– Terminator

– Tremebundo

– Twitter

– UsNavy

– Virgen

– Yahoo

Fuente: Inegi

 

 

 

El nombre sí influye

Diversos estudios coinciden en la importancia de los nombres para el futuro. El European Journal of Social Psychology encontró que los niños que tienen dos nombres crecen con mejor autoestima. La Universidad Northwestern, de Illinois, señala que las niñas con nombres muy femeninos como Elizabeth o Emily tienen mayores problemas con las matemáticas que aquellas que les pusieron nombres más andróginos o fuertes, en tanto la Universidad de Oxford encontró que el nombre que se elige va de acuerdo con el grupo social, nivel socioeconómico, afinidad política, aspiraciones y nivel de estudios de los papás. En tanto, la Universidad de California en Irvine concluyó que la gente confía más en las personas que tienen nombres pronunciables.

Hasta la compañía Hello My Name Is, que hace etiquetas o stickers para buena conducta, realizó una encuesta en las escuelas sobre los nombres de los niños que se portaban mal. Encontró que el nombre sí influye: las niñas más latosas fueron Olivia y Laura; los niños peor portados fueron José, William, Joshua, Jaime, Luis y Benjamín; todos repetidos en el top 10 de mala conducta.

Recientemente, en febrero pasado, la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México dio a conocer un listado con los nombres más comunes que ostentan los delincuentes. La mayoría de los detenidos y presentados ante el juez suelen mentir con su nombre y Kevin, Brayan y Brandon son los alias que más se repiten, todo esto con la finalidad de evitar el registro adecuado de criminales. La procuradora capitalina, Ernestina Godoy, solicitó al Tribunal Superior de Justicia que se retome el fichaje de detenidos que den nombres falsos.

 

Asia, un caso aparte

Para nombrar a alguien, en buena parte de Asia se consideran razones muy diferentes a las de Occidente. Se suele colocar el apellido en primer lugar, y los nombres de pila se asocian a cualidades percibidas (las masculinas se relacionan con fuerza, firmeza, valentía y elementos bélicos; las femeninas con belleza, sentimientos o fuerzas de la naturaleza), y a veces, como en algunas regiones de India, el uso del apellido ni siquiera se considera tan importante.

En regiones de China la variedad de los nombres oficiales depende básicamente de los nombres de pila, debido a que es escasa la cantidad de apellidos. Sólo 100 apellidos en ese país concentran el 85% de una población de 1,300 millones de habitantes.

En amplias regiones asiáticas no se considera correcto ponerle a un niño el nombre de otra persona, ya sea pariente o personaje famoso, sino que se consideran, entre otros, factores históricos, de carácter, de nacionalismo o regionalismo.

En Japón los nombres se escriben casi siempre en el local kanji, que puede contar con varias alternativas de pronunciación y también los apellidos preceden siempre al nombre. Tanto los japoneses como los chinos suelen modificar el orden de sus nombres e incluso los combinan con otros usados en Occidente para evitar confusiones y facilitar la integración y comunicación.

 

Por Mario Ostos