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Ayuda para madres violentas. De nuestro archivo

Pocas saben el origen de su conducta pero, con la orientación adecuada, a las madres violentas, hoy les resulta posible controlarse para no repetir con sus hijos el calvario sufrido por ellas en la infancia. Ofrecemos este texto publicado originalmente en Contenido 498 de diciembre de 2004.

Foto: Pxhere

Aquella tarde la administradora mexiquense Roxana Domínguez —de 27 años de edad, casada— perdió la paciencia cuando su unigénita, Diana, de dos años, no pudo controlar sus esfínteres. Desesperada porque tenía una entrevista de trabajo y se le hacía tarde, metió a la niña bajo la regadera, abrió la llave del agua fría y la talló furiosamente con el zacate hasta irritarle la piel, no sin antes espetarle que era «una puerca». Sólo se tranquilizó al percatarse de los labios amoratados y la mirada de pánico de la pequeña, quien lloraba y pedía un abrazo: —Entonces comprendí que requería sentirse amada y segura y busqué ayuda —relata cabizbaja a otras seis mujeres sentadas en círculo en un salón de la Fundación Pro Dignificación de la Mujer, consagrada a impartir terapia grupal para madres violentas.

De acuerdo con cifras del DIF, el año pasado se denunciaron en México 25,230 casos de niños maltratados, de los cuales 10,656 (42%) lo fueron a manos de sus madres; 7,341 (29%) de sus padres, y el resto de algún otro familiar, como abuelos, tíos o hermanos.

Según especialistas de la Unidad de Atención y Prevención de la Violencia Familiar del gobierno del DF, a mujeres como la administradora Domínguez les resulta muy arduo reconocerse como violentas contra sus hijos, pues antes se adjudicaba a las madres pleno derecho de castigar a los chicos o imponerles disciplina. —Tales casos se presentan en todos los estamentos sociales —explica la sicóloga Patricia Flores Hernández (de 32 años de edad), de Pro Dignificación de la Mujer.

—En las clases bajas el maltrato es casi siempre físico; en cambio en las medias y altas suele ser emocional, como abandono, negligencia u omisión de cuidados —añade.

Méritos escatimados

La capitalina Josefina Ramírez (de 42 años de edad, empleada en una papelería), quien acudió a una de las sesiones impartidas por la sicóloga Flores, cuenta: —Mi hija de 12 años siempre fue muy difícil. Recientemente la descubrieron en la escuela hojeando revistas pornográficas en el baño. Cuando regresó a casa le propiné un bofetón y le amarré las manos por dos horas, pero no soy golpeadora: si lo fuera, le habría pegado con la plancha o le hubiera quemado las manos. Bien merecido se lo tendría.

La psicóloga explicó entonces que las madres violentas suelen minimizar su conducta comparándola con situaciones hipotéticas más graves, a más de trivializar las consecuencias de sus actos, casi siempre originados por causas ajenas a los vástagos. En la terapia doña Josefina descubrió el motivo real de su enojo: su marido era lector habitual de revistas pornográficas y, como no se atrevía a marcar el alto al hombre, inconscientemente escogió desquitarse con la hija, por emular a su progenitor.

En otras ocasiones la violencia es atribuida a la rebeldía de los hijos, como constató otra de las asistentes, la defeña Gabriela González, funcionaria pública de 36 años de edad, madre de dos niños, cuyo hijo menor solía enfermar con frecuencia obligando a la mujer a faltar al trabajo para cuidarlo: —Pero me rechazaba y desobedecía en todo. Hoy prefiero dejarlo solo y si toma o no las medicinas es responsabilidad suya. Nunca le pego, pero no dejo de hacerle ver que es un chantajista.

Afortunadamente, se congratula la sicóloga Flores, hay esperanzas para las mujeres en busca de erradicar la violencia de sus vidas. El primer paso —explica la sicóloga— consiste en reconocer que no es imposible controlarla. Por ejemplo, las mamás violentas casi nunca los son en público, cuando se exponen a la censura de los demás, sino en privado, cuando ninguna norma social les exige moderarse.

Se debe comenzar, apunta Flores, por aprender a identificar las señales de aviso: —Se trata de alteraciones como la aceleración del ritmo respiratorio; sensación de calor o frío en ciertas zonas del cuerpo; visión alterada; cambios repentinos en el tono de voz y hormigueo en brazos y piernas —explica.

Aprendiendo a amar

Para lograrlo, la sicóloga pide a las asistentes al taller relatar por escrito algún momento de violencia, acompañado de una detallada descripción de lo sentido y pensado conforme aumentaba la ira. Luego, cada una expone a los demás su experiencia y la desmenuzan para descubrir qué disparó el enojo: —Mientras lo consiguen, les recomiendo interrumpir cualquier discusión con los hijos y, si es posible, alejarse momentáneamente de ellos —prosigue Flores—. El propósito es establecer un “tiempo fuera”, para permitir el retorno de la serenidad.

Luego, en sesiones posteriores, las mujeres buscan en conjunto alternativas para sus conductas violentas, casi siempre generadas por la incapacidad de expresar de otra manera sentimientos como la impotencia, el miedo o el dolor, normalmente reprimidos hasta provocar un estallido: —Al ver los casos “en frío” les resulta más sencillo encontrar caminos para expresar tales emociones sin permitir que se acumule el resentimiento ni recurrir a la ira —explica la sicóloga.

Toma tiempo, pero al cabo las madres violentas aprenden a manifestarse ante sus hijos sin perder el control, además de escucharlos, reconocer si tienen razón y, si es necesario, regañarlos o castigarlos, pero siempre de manera justificada. De paso, las mujeres se liberan de la recriminaciones que suelen hacerse tras los estallidos: —Eso redunda en el fortalecimiento de la autoestima, pues a veces la culpabilidad es tan agobiante como para devenir en odio hacia ellas mismas o hacia los hijos —aclara Flores.

Para la administradora Roxana Domínguez comprender el origen de su violencia no sólo le permitió mejorar la relación con su hija, sino sentirse mejor consigo, perdonarse por el daño causado y disfrutar su maternidad: —Hoy disfrutamos nuestra compañía —se emociona— y juntas aprendemos a amarnos, sin violencia de por medio.

 

Por Mariana Chávez Rodríguez