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¿Por qué debe importarnos Centroamérica?

El incremento de caravanas de migrantes indocumentados que salen de esa región rumbo a Estados Unidos, atravesando México, obliga a nuestro país a poner el foco en sus vecinos del sur. Podríamos ayudarlos a solucionar una crisis humanitaria que también nos afecta.

 

 

La escena parece sacada de una película de trama apocalíptica pero es parte de la realidad cotidiana en lugares como la línea fronteriza entre Tijuana, Baja California, y San Ysidro, California, con decenas de agentes estadounidenses arrojando gas lacrimógeno para disuadir a migrantes indocumentados centroamericanos de cruzar a la Unión Americana. Quienes demandan ingresar lo hacen, según sus propias palabras, para solicitar asilo debido a las terribles condiciones de vida que enfrentan en sus lugares de origen, en los que “la vida ya es imposible”.

El fracaso en su intento no los hace renunciar a su propósito, apenas los conduce a uno de los albergues acondicionados ya sea por las autoridades mexicanas o por organizaciones de la sociedad civil. Ahí prepararán otra incursión.

La migración centroamericana indocumentada a través de México no es algo novedoso, pero sí lo es la estrategia de recurrir a nutridas caravanas compuestas por familias enteras, mujeres y hombres jóvenes, así como adolescentes y niños que viajan solos, cuyas condiciones de subsistencia han dado pie a que algunos defensores de derechos humanos hablen de una crisis humanitaria que más que afectar a los países de origen y al de añorado destino, representa un desafío para el territorio que se ha visto obligado a hospedarlos.

Dos especialistas en migración y asuntos centroamericanos consultados por Contenido advierten que para entender el drama de estas personas y las implicaciones que tiene su inesperada presencia en México es indispensable repasar la historia reciente de la región menos desarrollada del continente americano y en la que predominan la falta de oportunidades y la violencia relacionada con el crimen organizado.

 

Inestabilidad y sufrimiento

“La pobreza y la marginación han acompañado a la región a lo largo de su historia, pero se agudizaron en el último tercio del siglo pasado debido a sangrientos conflictos políticos que forzaron a cientos de miles de personas, principalmente en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, a dejar sus comunidades para refugiarse en algún lugar seguro dentro del Istmo o en países como México y Estados Unidos”, señala Rodolfo Casillas Ramírez, profesor e investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), sede académica México.

“La situación se complicó porque no estaba relacionada únicamente con la situación interna de cada país”, añade Fernando Neira Orjuela, académico del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (Cialc) de la UNAM, para quien Centroamérica fue escenario de la Guerra Fría en que estaban enfrascadas las potencias de la época. “Estados Unidos temía que el socialismo triunfante en Nicaragua se expandiera a otras naciones, como El Salvador y Guatemala, sacudidas por movimientos subversivos de esa filiación. Para acabar con ellos, la Casa Blanca sostuvo a gobiernos muy cuestionados pero que consideraba leales. Les otorgó asistencia económica y militar”, señala el especialista.

El panorama cambió en abril de 1990 con la transición pacífica del poder en Nicaragua y el debilitamiento de las expresiones de izquierda vinculado con la desintegración del bloque socialista, más la aguda crisis económica de Cuba. Entonces Washington respaldó las negociaciones para lograr alcanzar la paz en El Salvador y Guatemala, así como para afianzar la tambaleante democracia en Honduras.

 

Única salida

“Los procesos de paz fueron avalados por la comunidad internacional, bajo el supuesto de que el nuevo marco legal respetado por todos y garantizado por gobiernos democráticos emanados de comicios libres facilitaría la reconstrucción económica y del tejido social”, explica el académico Casillas, para quien el pronóstico se cumplió sólo parcialmente porque la moderada recuperación económica apenas repercutió en el nivel de vida del grueso de la población, que siguió recurriendo a la migración a Estados Unidos como vía de escape a su lúgubre destino.

Esa opción se volvió más peligrosa con el tiempo, ya que ante el riesgo siempre presente de ser detenidos por agentes policíacos, los migrantes se han visto expuestos a bandas criminales que les cobran “derecho de paso”, pero no ha perdido atractivo. Por un lado ha sido la única opción de vida en comunidades arrasadas por desastres naturales ocasionados por el cambio climático. Por otra parte ha servido para librarse del asedio cotidiano de pandillas que han llegado a controlar la vida cotidiana de barrios y colonias tanto de zonas urbanas como rurales. (Ver El Salvador en guerra contra las Maras, Contenido, Mar. 2017.)

En cuanto al tema de la inseguridad pública, el académico del Cialc agrega que ha llegado a tal nivel que cuatro países del Istmo figuran entre los siete en el mundo con las mayores tasas de homicidios dolosos. “Centroamérica no sólo padece la violencia de las Maras, también la que ocasiona el tráfico por vía terrestre de drogas procedentes de Sudamérica con rumbo a Estados Unidos”, apunta.

Ambos investigadores reparan en la ineficiencia de los gobiernos centroamericanos y su sospechosa indulgencia ante la migración. Gracias a ese fenómeno enfrentan menor demanda de servicios sociales como educación y salud. Al tiempo se reduce la presión social por mejores empleos y salarios, garantiza la entrada al país de valiosos recursos que, en algunos casos como El Salvador equivalen al más del 18% del PIB, generan movimiento económico en ciudades y pueblos.

 

Puntos rojos

Tanto Casillas como Neira sostienen que para entender la realidad centroamericana es importante reconocer que no es homogénea. Países como Costa Rica y Panamá tienen economías estables, cuentan con moderados índices de criminalidad y las remesas provenientes del exterior tienen un peso insignificante en su economía. No son expulsores de migrantes.

Un segundo caso lo constituye Nicaragua, el país más pobre del Istmo, pero que fue capaz de construir un sistema de seguridad social durante el primer régimen sandinista (1979-1990) que ha resultado eficaz para alejar a sus jóvenes de la delincuencia. Hay 422,000 nicaragüenses radicados en Estados Unidos, pero casi 300,000 viven en Costa Rica desde donde enviaron 527 millones de dólares a sus familias, entre enero y diciembre de 2017.

Para el investigador Casillas, una tercera realidad la ofrece Belice, el único país de habla inglesa de la región y el más joven, ya que apenas en 1981 obtuvo su independencia del Reino Unido, con el que sigue manteniendo fuertes vínculos económicos y políticos. En los últimos años se ha convertido en destino atractivo para migrantes guatemaltecos y hondureños, pero también provenientes de países asiáticos y africanos que tienen en la mira como destino final no sólo a Estados Unidos, sino a Canadá.

Los índices de pobreza, marginación, violencia y corrupción más alarmantes se encuentran en Guatemala, Honduras y El Salvador, bloque de países conocido también como “Triángulo del norte” y que aporta 96% de flujo migratorio indocumentado que pasa por territorio mexicano.

Además de tener fronteras en común, estos tres países se caracterizan por los serios problemas estructurales de sus respectivas economías, basadas en la exportación de materias primas con un mercado interno muy débil. Ninguna propicia la distribución equitativa de los ingresos, pero fomenta la concentración de la riqueza en muy pocas manos.

En el norte centroamericano son comunes los graves conflictos por la tenencia de la tierra, con la existencia de latifundios dedicados sobre todo a la producción de café y plátano, al lado de parcelas de agricultura de subsistencia.

A esto hay que sumar un marco institucional endeble que ha sido burlado para permanecer en el poder, el caso del presidente hondureño Juan Orlando Hernández, o para impedir el combate a la corrupción, como ocurre actualmente en Guatemala. (Ver Jimmy Morales ¿Fracasó en su cruzada anticorrupción?, Contenido, Jul. 2018.)

 

Éxodo interminable

“La migración centroamericana que transita por México permaneció constante y a la alza en los primera década de este siglo, pero generó alarma en el verano de 2014 por una inusitada caravana de miles de menores de edad que viajaban solos, empeñados en cruzar la frontera sur de Estados Unidos para pedir asilo”, explica el académico Casillas.

Por su parte, Neira apunta que ese fenómeno ha forzado tanto a Estados Unidos como a nuestro país a ver las condiciones de vida de Centroamérica. El primero, gobernado entonces por Barack Obama, habló ya no sólo de resguardar mejor su frontera y endurecer su marco migratorio, sino de ayudar a resolver los problemas que ocasionaban el fenómeno”, señala Neira.

Entonces una comisión bipartidista del Congreso estadounidense aprobó el Plan de la Alianza para la Prosperidad del Triángulo del Norte con un fondo anual de 750 millones de dólares.

Como era de esperarse, el esfuerzo resultó insuficiente, prueba de ello fueron las dos caravanas multitudinarias de migrantes indocumentados que salieron de Honduras y fueron aglutinando en el camino a salvadoreños y guatemaltecos que a fines de año buscaron ingresar a Estados Unidos en busca de asilo. No se sabe hasta la fecha cuántos alcanzaron su objetivo. El embajador de Honduras en México, Alden Rivera, declara preocupado que solamente 3% de esas personas lograrán su meta de quedarse en Estados Unidos.

El gobierno mexicano ha transformado su política migratoria para garantizar un trato digno a la migración centroamericana, y que concuerde con el que pide para sus propios migrantes en Estados Unidos.

En diciembre pasado, la administración federal entrante acordó con la de su vecino del norte que los demandantes de asilo sean recibidos para entregar su solicitud, pero que deberán permanecer en México durante el tiempo que esperan su audiencia. Atenderlos representará un desafío para autoridades locales de urbes como Tijuana y Ciudad Juárez que han declarado no contar con suficientes recursos económicos para encararlo.

 

Ayuda necesaria

El desaliento del flujo migratorio indocumentado proveniente de Centroamérica requiere mejorar las condiciones de vida de su población y el incremento de oportunidades para arraigarlos. Cierto es también que las naciones expulsoras no pueden lograrlo con sus propios recursos y que requieren de mayor cooperación internacional.

El gobierno mexicano lo ha entendido así y en diciembre pasado anunció sus planes de invertir 25,000 millones de dólares en los próximos seis años en obras de infraestructura y diversos programas que tendrán impacto en los estados mexicanos del sur-sureste, así como el norte centroamericano. De acuerdo con el canciller Marcelo Ebrard, a esa cantidad se sumarán mínimo 10,600 millones de dólares que aportará el gobierno estadounidense, de los que 5,800 millones servirán para “emprender reformas institucionales y obras de desarrollo económico en Guatemala, El Salvador y Honduras”, los restantes 4,800 millones de dólares los invertirá en México y de esa cantidad 2,000 millones serán canalizados al sur de este país.

En lo que se hacen realidad estas inversiones, el investigador Casillas aprueba la decisión del presidente López Obrador de crear focos de desarrollo en el sur mexicano, cuya dinámica generará puestos de trabajo no sólo para mexicanos. “Es posible ocupar mano de obra extranjera en actividades agropecuarias como la cosecha del café, la zafra del azúcar y la siembra de un millón de árboles frutales y maderables”, opina.

En cuanto a la creación de programas para brindar un mejor futuro a los potenciales migrantes en sus países, el académico de Flacso los aprueba porque resultan infinitamente menos costosos que la suma requerida por programas de detención y deportación. Sin embargo, no deja de preocuparle la estrategia agresiva del presidente Donald Trump quien a principios de este año ordenó el cierre temporal del gobierno hasta que el Congreso de su país le entregue 5,700 millones de dólares para levantar un muro en la frontera con México. Tal cantidad es casi 10 veces mayor a los 580 millones de dólares con que Estados Unidos ayudó a Centroamérica en 2017 (Ver recuadro Poca generosidad).

Por su parte, Neira aprueba también la iniciativa pero reitera la necesidad de ser cuidadosos en su aplicación. “Hay que comenzar por entender la realidad de las comunidades expulsoras y diseñar programas que atiendan sus problemas cotidianos, como las duras condiciones de trabajo en el campo o la violencia relacionada con extorsiones, secuestros y asaltos”.

Ambos especialistas coinciden en que los gobiernos centroamericanos no pueden contentarse con extender la mano, ni se les debe incitar a ello: deben dar cuenta de los fondos que reciben para estimular el desarrollo económico y social. De lo contrario seguiremos atestiguado el paso de “caravanas del hambre” como la que salió de Honduras a mediados de enero pasado con más de 3,000 personas desesperadas por “dejar atrás el infierno”.

 

Asunto mexicano

El vínculo de México con Centroamérica comienza con la geografía. Nuestro país comparte 956 kilómetros de línea fronteriza con Guatemala y 278 kilómetros con Belice (incluyendo el límite marítimo en la bahía de Chetumal). Del lado mexicano involucra a cuatro estados: Chiapas, Tabasco, Campeche y Quintana Roo.

 

Territorio opaco

Seis de los siete países centroamericanos se ubican en la segunda mitad del ranking anual de transparencia gubernamental el cual abarca 180 países. Especialmente preocupantes son los casos de Guatemala y Nicaragua que aparecen entre los 40 Estados con más corrupción.

País                                       Ranking

Costa Rica                           38

Panamá                                96

Belice                                                109*

El Salvador                           112

Honduras                             135

Guatemala                           143

Nicaragua                            151

*Su última evaluación corresponde a 2008.

Fuente: Transparency International

 

 

Comunidades de origen hispano en EU con más de 800,000 integrantes

Entre las ocho comunidades de origen hispano más grandes en Estados Unidos figuran las provenientes de tres países centroamericanos.

Mexicanos                            35,758,000

Puertorriqueños                 5,371,000

Salvadoreños                 2,174,000

Cubanos                              2,116,000

Dominicanos                         1,866,000

Guatemaltecos                  1,384,000

Colombianos                            1,091,000

Hondureños                            853,000

Fuente: www.pewresearch.org

 

 

Débil marco institucional

Solamente una de las naciones centroamericanas, Costa Rica, puede ostentarse como una democracia plena, concluye el Índice de Democracia que anualmente confecciona el semanario británico The Economist, para el que Nicaragua es un régimen autoritario, en tanto que Guatemala y Honduras tienen regímenes híbridos, es decir, respetan derechos ciudadanos pero no los suficientes para considerarlos democracias. Esta situación refleja el panorama de inestabilidad política que acompaña a la región.

Costa Rica               Democracia plena

Panamá                    Democracia Imperfecta

El Salvador               Régimen híbrido

Honduras                 Régimen híbrido

Nicaragua                Régimen autoritario

Belice                                    Sin datos

Fuente: Democracy Index 2018

 

 

Región violenta

Cuatro países centroamericanos figuran entre los siete en el mundo con mayor tasa de homicidios intencionales por cada 100,000 habitantes.

  1. El Salvador                          108.60
  2. Honduras                            63.75
  3. Venezuela                            57.15
  4. Jamaica                               43.21
  5. Belice                                   34.40
  6. Sudáfrica                             34.27
  7. Guatemala                          31.21

Fuente: Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC)

 

Por Pedro C. Baca