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Corazones más allá y otras alegorías

Corazón, concepto más que palabra, que en sí mismo conlleva la tradición de la humanidad. Del latín cor, es quien hace surgir todo el conocimiento; representa lo oculto, lo que está adentro y además es fuente de vida. En sánscrito, hird, y de ahí al inglés heart o al alemán hertz sólo hay un paso. Órgano central de la circulación de la sangre. Símbolo de fuerza y del amor; se dice que las pasiones se encierran en un corazón…

 

  

 

Es quien da ritmo a la vida y sólo se para con ella. René Guénon afirmó: “El corazón del simbolismo se halla en el simbolismo del corazón”. Contiene la parte humana (órgano vital) y la parte sensorial donde radican las emociones. Para evidenciar esto, los indígenas tzeltales de Chiapas, al decir “te amo”, utilizan la emotiva frase “me dueles en el corazón”.

Para el mundo cristiano, su imaginario bebe de civilizaciones milenarias. Los egipcios lo consideraban sede de la inteligencia, de la voluntad y de los sentimientos. En el brahmanismo las cápsulas de las semillas representaban el “corazón del loto” al que Siddharta Gautama, Buda, le atribuía la pureza, belleza y la perfección coincidentes con los absolutos. En hebreo ”א” (álef), primera letra de su alfabeto, significa precisamente: corazón. El Islam lo ve envuelto en varias capas, como asiento físico de espiritualidad y contemplación. En el mundo mesoamericano era considerado el órgano más importante del cuerpo. Único punto capaz de evidenciar a la divinidad. La cosmología mexica ligada a la dualidad se refleja en el vocablo “yoltéotl” (dios en el corazón), que era el ideal supremo del sabio y del artista. Así como el concepto ixtli in yólotl, cara o símbolo del pronombre “yo”, que puede leerse como “mi rostro” y “corazón”, pues el ideal educativo era justamente el corazón firme y endiosado.

En la Biblia, el corazón es “la persona en el interior”, pues mientras los hombres miramos a los ojos, “Dios mira al corazón” (1 de Samuel 16:7). A partir de la Alta Edad Media, el corazón se romantizó en la poesía amorosa, como aquel Corazón encendido de amor de René de Anjou. Con el paso del tiempo, la estilización lo aprehendió y el arte lo plasmó en su borde superior en forma de henchidos senos de mujer, por lo que se le asoció con el amor terreno, aunque también con el amor místico-celestial: un seno representaría el mundo y el otro el infinito cosmos. De ahí que se muestre enardecido, pues los pecados de la carne son consumidos por el fuego del Espíritu Santo.

De tal forma se codificó el Sagrado Corazón y la devoción personal que forma parte de la esencia de la piedad cristiana. Sin embargo, su núcleo no tiene un lenguaje en sí mismo, pues es superior a cualquier palabra. Son verdades inefables, místicas, altísimas, que sólo quien las contempla silencioso y con el fuego del amor que arde en sus entrañas es digno merecedor de su profundización. Su auge devocional se dio en el Barroco y es símbolo de pasión, fe y amor puro.

Más que un órgano que pesa entre 200 y 400 gramos, un poco más grande que el puño, que cada día late 100,000 veces para bombear 757 litros de sangre y que a la muerte de una persona ha latido más de 3,500 millones de veces, se le asocia a los sentimientos, la magia y la pasión que identifican al ser humano.

“Abrir el corazón a la ambición es cerrarlo a la tranquilidad” (proverbio italiano); “el corazón del hombre es como un reino pequeño preso de la insurrección” (William Shakespeare); “el corazón tiene razones que la razón no comprende” (Pascal); “mi corazón desmiente a la lengua a cada instante” (Rosseau)… son todas formas que hacen latente y patente la presencia del órgano de vida.

 

Alegoría del Sagrado Corazón de María

Anónimo novohispano

c 1730-1770

Talla en madera policromada, plata repujada y cincelada con pedrería, 17.5 x 14.5 cm. Procedencia: Colección particular, galería Daniel Liebsohn, Ciudad de México, México, 2003.