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Polvos de la madre Matiana

La madre Matiana fue un personaje irónico en la vida del México novohispano  y se hizo famosa por sus visiones y profecías.

Foto: Pxhere

Dos siglos después el remedio se mantiene intacto. A veces el laberinto de costales del pasaje de la calle de Guatemala, con su olor de abanico: ruibarbo, ruda, estafiate y laurel… A veces el surco de voces en susurro del mercado de Sonora, entre limpias, velas negras, santería y sabor a brujas. A veces la vieja botica del pueblo salpicada de matraces y morteros…

–¿Tiene polvos de la madre Matiana?

La fórmula, cobijada de historias, consejas y consignas, es buena para la alexia, la sarna, el paludismo, la hidropesía, el empacho… y a veces hasta para los dolores del alma.

Érase una vez una humilde mujer, trabajadora doméstica de monja rica en tres conventos, que cortaba hojitas de la huerta para molerlas cuidadosamente, apartando puñitos aquí y allá, para luego mezclarlos según la necesidad.

Tecito para los cólicos; unto para la cefalea; emplastos para las cataratas.

Profecías…

Huésped durante 26 años, los últimos de su vida, del convento de San Jerónimo, Matiana, la india de Tepozotlán, la criada más instruida de su tiempo, sería hasta 1805 tan famosa como Sor Juana Inés de la Cruz, “La fénix de México”, “La décima musa”.

La catarata llegaba a la capilla del monasterio tantito para oír misa y tantito para oír los consejos de Matiana. El relato de sus visiones. El recuento de sus “milagros”.

El escándalo llegó cuando la monja María Josefa de la Pasión escribió su historia y dos sacerdotes dieguinos divulgaron sus profecías.

La iglesia la declaró loca. La Inquisición le abrió un expediente, y los murmullos se volvieron histeria.

Sin embargo, las profecías se cumplirían una por una. Si al amanecer del siglo XIX hablaban de una terrible insurrección que desataría una violenta persecución contra los españoles y su expulsión de todas las provincias, en 1803 el vaticinio llegó a la precisión absoluta.

La guerra estallará cuando lleguen un arzobispo y un virrey de nombre Francisco Xavier.

Y más: el país alcanzará su independencia de la metrópoli española; habrá muchos excomulgados, y luego una paz temporal, antes de grandes catástrofes.

Y la guerra estalló en 1810, tras el gesto de rebeldía contra Napoleón, “el monstruo que abortó la Córcega”, lanzado por el cura de Dolores, Miguel Hidalgo, al eco de “¡Mueran los gachupines!” por parte de la plebe.

El virrey, entonces, se llamaba Francisco Xavier Venegas. El arzobispo Francisco Xavier de Lezama y Beamont.

Años después, el cura Hidalgo, José María Morelos y Pavón y Mariano Matamoros serían excomulgados.

Y en 1804, 43 años antes de la invasión de los Estados Unidos, Matiana hablaba de la llegada de los angloamericanos al país, para un año después, en la antesala de su muerte, predecir la expulsión de las monjas de los conventos, “lo que les traerá mucha pobreza y necesidad, pidiendo en los zaguanes caridad y el sustento para sobrevivir el hambre”.

Más aún, dijo que había visto claramente la desaparición del convento de San Jerónimo.

***

Y a la puesta en escena de las Leyes de Reforma las monjas serían expulsadas en un primer acto, para llegar al segundo, en 1926, al refuego de la Ley Calles.

Y el convento de San Jerónimo se convertiría en vecindad al inicio del siglo XX para, en 1928, darle espacio al salón de baile El pirata, creado por Antonieta Rivas Mercado y decorado por el pintor Manuel Rodríguez Lozano, para dejarle luego la pista al inmortal Smyrna.

Ahí está hoy, por obra y gracia del expresidente José López Portillo, la Universidad del Claustro de Sor Juana.

–¿Tiene polvos de la madre Matiana?