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Conoce la iglesia de San Martín, Split, Croacia

 

Conozca la historia de un templo que, por sus dimensiones, figura entre las más diminutas del mundo, pues se halla entre las paredes del Palacio de Diocleciano.

 

Foto: Fernanda de la Torre

Soy una de iglesias más pequeñas del mundo. Probablemente, la más angosta ya que me construyeron dentro de los muros de un palacio. Y cuando digo: “dentro de los muros, es literal”. Yo, la iglesia de San Martín, fui construida en el siglo V entre las paredes del Palacio de Diocleciano, en Spalato, ciudad a la que hoy llaman Split, en Croacia.

Una iglesia enclavada en una cavidad de los muros de un palacio no es algo común. A pesar de mi minúsculo tamaño (mido casi 10 metros de largo y apenas 1.64 de ancho), soy de las pocas iglesias paleocristianas que siguen en funcionamiento; uno de los monumentos religiosos mejor conservados de la antigüedad. Lo extraño de mi ubicación es lo que me hace interesante. Por ello, les pido que escuchen mi historia, la de una iglesia que debe su existencia a quien fuera uno de los más férreos opositores al cristianismo: el emperador romano Cayo Aurelio Valerio Diocleciano Augusto. Desde muy joven creyó que era el hijo favorito de Júpiter. Los eventos de su vida, le dieron la razón. De origen humilde, llegó a ser emperador del imperio más poderoso del planeta. No es poca cosa. Así que para defender su fe, persiguió sin tregua a los cristianos. Asesinó al valiente soldado Jorge de Capadocia, cuando se negó a abjurar de su fe (que con el tiempo sería conocido como uno de los santos más famosos de la cristiandad) y martirizó hasta su muerte a Duje (o Domnius) primer obispo de Salona.

En el siglo III d.C. el poderoso Imperio romano tambaleaba. Para fortalecerlo, Diocles lo dividió en cuatro y este nuevo régimen fue conocido como tetrarquía. Cuando decidió que era tiempo de dejar el poder, llamó a los mejores arquitectos del imperio para que construyeran un magnífico palacio junto al mar cerca de Salona, ciudad que lo vio nacer para pasar sus últimos días. Bellamente diseñado y cubierto de mármol de la isla de Brac –de donde proviene el mármol de importantes edificios en el mundo, entre ellos el de la Casa Blanca– sin duda, era el albergue perfecto para el hijo de un dios. En la Puerta Septentrional (o norte) construyó cuatro nichos en los que mandó colocar a los tetrarcas, y al centro colocó un águila, símbolo de Júpiter. Por su importancia, esta puerta sólo podía ser utilizada por Diocleciano y su familia y por su majestuosidad la llamarían Puerta de oro, o áurea.

Desafortunadamente la protección del patrono del rayo no duró para siempre. Después de la muerte de Diocles, el cristianismo tomó fuerza. Su hermoso palacio sirvió de protección para los habitantes de Salona, saqueada por ávaros (nómadas de Eurasia) y eslavos. Estos primeros cristianos dedicaron cada una de las puertas del palacio a un santo. La Puerta áurea –donde me encuentro–, correspondió a san Martín, patrón del ejército. Como necesitaban un lugar para venerar a su dios, esos primeros cristianos aprovecharon el nicho del vigía para construirme. No fueron los únicos cambios. El templo de Júpiter fue convertido en baptisterio. El mausoleo que Diocles mandó construir, y del que se sentía tan orgulloso, fue convertido en una catedral, que alberga, como gran tesoro, las reliquias de san Duje, mientras que hoy nadie, ni siquiera yo, conoce el paradero de los restos de Diocleciano. ¡Ah las vueltas de la vida!

No sólo cambió el palacio, yo también cambié. En el siglo XI me colocaron un arco de mármol con viñas y flores para separar a los clérigos de los fieles. En la pared del altar hay una inscripción de esa época que se dedica a la virgen María, san Gregorio y san Martín. De una cosa pueden estar seguros: han pasado más de mil años desde mi construcción, pero mis muros siguen cumpliendo su propósito: alabar al santísimo. Todos los días, sin faltar ninguno, se celebran misas y tengo, además, horarios para visitantes. Me cuidan las monjas del monasterio vecino. A pesar de lo limitado de mis dimensiones, mis muros son testigos de la trascendencia de la fe, que me ha mantenido en pie durante tantos siglos y a la vez, de lo efímero de las cosas. Sí, mi tamaño es pequeño, pero para quien lo sabe ver, guardo una lección enorme: el poder es efímero. Puedo decirlo yo, la Iglesia de San Martín, que he visto caer imperios, emperadores y dioses; como Júpiter, a quien Diocles le tenía tanta devoción, y hoy no es más que un recuerdo.