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¿Cómo será para nuestro país el naciente 2019? ¿Qué augurios pueden hacerse a partir de las señales que envía el nuevo gobierno?

 

Es un año nuevo como tantos, pero parece diferente a todos los anteriores. ¿Por qué? Porque como nunca se agolpan nubarrones de incertidumbre en el horizonte.

Tuvimos muchos años con perspectivas francamente negativas. A fines de 1982 las devaluaciones, el control de cambios y la estatización de la banca hacían prever lo peor. Y no hubo equivocación. No sólo tuvimos un mal año, sino una década perdida.

El año 1994 lo cerramos también con enormes problemas. La rebelión neozapatista y los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu desembocaron en la devaluación de diciembre que provocó un desplome de la economía y que llevó a la quiebra de, virtualmente, todo el sistema financiero del país. El gobierno tuvo que recurrir a un rescate bancario que hasta la fecha seguimos pagando.

Esta ocasión es distinta, pero no necesariamente mejor. No tenemos certeza de que las cosas marcharán mal, pero sí enormes dudas. Los indicadores macroeconómicos no están realmente tan mal como en otros tiempos, pero la incertidumbre sobre las políticas del nuevo gobierno no nos permiten saber lo que viene.

El 2018 concluyó con un crecimiento arriba del 2% y una tasa de inflación inferior al 5%. No son cifras espectaculares, pero tampoco son tan malas en el contexto nacional. Enrique Peña Nieto terminó el sexenio con la menor aprobación personal jamás registrada para un presidente, pero ha sido el primer mandatario desde Gustavo Díaz Ordaz que no ha tenido una crisis económica. Hizo, por otra parte, las reformas estructurales que se habían evadido desde hace décadas y que podrían haber permitido a su sucesor comenzar su sexenio desde una base sólida.

En su discurso inaugural, sin embargo, el presidente López Obrador agradeció a Peña Nieto no haberse robado la elección, y afirmó que no lo perseguiría judicialmente, pero procedió a cuestionar cada una de sus acciones. Él y todos sus predecesores, desde 1983 hasta 2018, fueron calificados de corruptos e ineptos. “La política económica neoliberal ha sido un desastre –dijo–, una calamidad”.

El afán de destruir lo construido ha llevado al nuevo gobierno a tomar medidas para cancelar el nuevo aeropuerto de Texcoco y la reforma educativa. El aeropuerto es un proyecto de 13,000 millones de dólares, cuya eliminación no tiene por qué descarrilar una economía de un billón 150,000 millones de dólares al año; pero el problema no es tanto el aeropuerto sino la forma en que se canceló, sin un proyecto claro y válido para resolver el problema de saturación del actual aeropuerto capitalino ni para construir una alternativa realmente viable para el futuro de la economía del país. Con la derogación de la reforma educativa, por otra parte, el gobierno está abandonando la única forma realista de medir y mejorar la calidad de los maestros; está entregando también, una vez más, el control de la educación al sindicato en varias regiones del país.

Para 2019, la enorme mayoría de los economistas sigue previendo un crecimiento de poco más del 2% con una inflación por debajo del 5% anual. No está mal; pero cuidado, porque las dudas se multiplican. Los inversionistas suspendieron todo nuevo proyecto después de la cancelación del aeropuerto, en espera de señales claras de que el nuevo gobierno no va a actuar en contra del mercado ni de la propiedad privada y de que respetará la validez de los contratos.

Si el gobierno de López Obrador ofrece políticas sensatas en los próximos meses, no le será difícil recuperar la confianza. Hay peligro, empero, de que se le perciba más interesado en los dogmas ideológicos que en la construcción de un país más próspero. Si es así, la inversión no tardará mucho en emprender la retirada.