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Eficiencia de un presidente

La forma de gobernar anunciada por el mandatario electo, en su afán de mantener la cercanía con el pueblo, podría afectar la eficiencia en el gobierno.

AFP PHOTO /

La personalidad del presidente siempre termina por marcar un sexenio. Vicente Fox fue populachero y dicharachero, poco dado a los protocolos de formalidad, portador de botas en momentos en que unos zapatos de calle habrían sido más adecuados. Felipe Calderón era más formal, aunque bajaba la guardia en fiestas, cenas y cocteles, cuando se sentía a salvo del acoso de los medios. Enrique Peña Nieto trató de elevar la Presidencia a los niveles de respeto de los tiempos del viejo PRI, pero ha dado la impresión de ser distante y arrogante.

Andrés Manuel López Obrador es tan populachero y casi tan dicharachero como Fox, pero es más cercano al pueblo que cualquiera de sus predecesores. El actual presidente electo ha optado, por ejemplo, por no usar el avión presidencial y ha insistido en recurrir a vuelos comerciales en los que utiliza asientos en clase turista.

Estas decisiones no son las más eficaces para el gobernante de un país. En varias ocasiones el presidente electo se ha quedado varado durante horas por las demoras en los vuelos comerciales. Cuando utilice estos vuelos comerciales como mandatario, no podrá hacer llamadas en confidencialidad, porque estará rodeado de otros pasajeros y porque los sistemas de comunicación de los aviones no son seguros. Esto le inquieta poco a Andrés Manuel, sin embargo, porque su principal preocupación, al parecer, es que los electores lo perciban como cercano al pueblo.

No es el tema del avión el único en el que López Obrador ha mostrado poca preocupación por cuestiones de eficiencia. Su propuesta de descentralizar las dependencias del gobierno tendría un costo de cuando menos 135,000 millones de pesos, lo cual anularía todos los ahorros que pretende lograr recortando gastos y sueldos de funcionarios. La medida, además, disminuiría de forma inevitable la eficiencia del trabajo gubernamental. Los funcionarios tendrían que hacer viajes constantes para encontrarse unos con otros y las reuniones de gabinete se convertirán en una pesadilla de logística y gasto innecesario.

A la gente del pueblo le gusta, por supuesto, un presidente cercano. Esta es una de las razones del triunfo contundente de López Obrador y del aumento en su popularidad en estos meses de transición, mientras que Enrique Peña Nieto ha perdido popularidad porque se le percibe alejado. La cercanía puede ser muy útil para conseguir votos, pero no se traduce necesariamente en un mejor trabajo de gobierno.

Cuando el presidente electo dice que impulsará la construcción de 300 caminos rurales, pero que ese trabajo se ejecutará sin maquinaria pesada para generar más empleos, no se pone a pensar que los costos se dispararán y la calidad final será peor. Es positivo crear puestos de trabajo para quienes viven en pequeñas comunidades rurales, pero deben ser empleos productivos. No se trata sólo de construir la infraestructura que el campo necesita, sino de generar experiencia que permita a la gente ser contratada para otras obras.

López Obrador no fue un mal jefe de gobierno del Distrito Federal, pero en parte esto se debió a que era un mandatario razonablemente eficiente. Tenía reuniones de gabinete casi todos los días. Se reunía frecuentemente con sus colaboradores y daba instrucciones claras sobre lo que había que hacer. Las obras públicas, como el remozamiento del centro histórico o la construcción de los segundos pisos del periférico, no las hizo con cucharas y palas, sino con maquinaria pesada propiedad de grandes compañías constructoras.

Esperemos que, en su afán por mantenerse cercano al pueblo, López Obrador no opte como presidente por hacer las cosas de la manera más ineficiente posible. El costo para el país sería enorme y al final dañaría también su legado histórico.

Por Sergio Sarmiento