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¿Conoces la historia de la Casa del Risco?

Esta peculiar construcción del sur de la Ciudad de México destaca por sus piezas de porcelana azul y blanca. Se trata de la Casa del Risco, conócela.

Mi corazón esta hecho de exquisitos restos de platos de porcelana azul y blanca de la dinastía Ming, de China, conchas marinas, fragmentos de jarrones de porcelana japonesa, tazas de talavera de España, piezas de cerámica de Puebla y espejos. Mis muros han albergado a marqueses, frailes, intelectuales, diplomáticos y revolucionarios. Soy La Casa del Risco y quiero contarles mi historia.

Comienza en el siglo XVII cuando el país en el que me encuentro se llamaba La Nueva España. Me construyeron en el Barrio de San Ángel, lugar disputado por los frailes dominicos y carmelitas. Fueron los frailes carmelitas quienes vendieron los terrenos cercanos al panteón y ahí me construyeron. Una casa sencilla, en una sola planta que no llamaba mucho la atención. Cuando estos se marcharon pasé a manos de los dominicos y ellos me vendieron.

Comenzaba el siglo XVIII cuando el arquitecto José Eduardo de Herrera, por instrucciones de mi entonces dueño el marqués de San Miguel de Aguayo –quien me adquirió como residencia campestre–, me reconstruyó.

En ese entonces, el barrio hoy tan bullicioso, era, entre la nobleza que residía en la capital, el lugar ideal para veranear, además, así podían aprovechar las celebraciones de la Virgen del Carmen.

Mis muros fueron cambiando conforme a los deseos –y a veces caprichos– de mis dueños. En 1750 me adquirió el Juez de Balanza de la Real Casa de Moneda don Pedro Alcántara del Valle, hombre respetado en su época. Años después de adquirirme encargó mi remodelación ya que vendría a instalarse su familia y un segundo piso resultaba indispensable. Todo marchaba muy bien hasta que durante la construcción, un muro se recargó en la casa de los vecinos. Comprenderán que eso no le gusta a nadie y mucho menos a un renombrado Caballero de la Orden de Calatrava, como lo era don Jacinto Martínez, el afectado, quien de inmediato llevó el caso ante un juez. Don Pedro fue condenado a pagar una indemnización, y ya entrado en gastos, solicitó que le fuera vendido el muro completo y no sólo la parte donde se recargó. Así se acordó y don Pedro pudo construir mi segunda planta.

Fue por esos tiempos que construyeron mi fuente. De un estilo ultrabarroco, muy en boga a finales del siglo XVIII; ella ha sido siempre motivo de admiración, por su material diverso. Dado que las piezas que llegaban de oriente eran de considerable valor, al romperse eran usadas para decoración. Ya desde entonces se usaba el reciclaje, hoy tan de moda. En aquellas épocas, se denominaba “risco” a esa pedacería de cerámica, porcelana o talavera, así que de ahí el nombre: Fuente del Risco y después, el mío: Casa del Risco. Al centro de mi fuente colocaron una sirena tocando el violín y en la parte superior a la virgen de Loreto. A cada lado hay un pilar que sirve como soporte. Junto a ellos tengo dos nichos que exhiben hermosos tibores de talavera.

Casa y hospital

A lo largo de los años pasé de un dueño a otro. No siempre fui una casa. Durante la Guerra de Intervención, mis muros sirvieron como un hospital para devolver la salud a los heridos. Tristemente después fui un cuartel para los yanquis del batallón de Carolina del Sur.

Una nota triste: mis muros fueron testigos de la sentencia de los valerosos irlandeses del Batallón de San Patricio, quienes lucharon junto a los mexicanos en contra de los invasores. Años después, en 1857, mis muros refugiaron al político, escritor y periodista Manuel Payno, que se ocultaba por haber participado en un golpe de estado contra el gobierno de Ignacio Comonfort.

Tuve varios importantes inquilinos, pero con el paso del tiempo terminé siendo una vecindad. Deteriorada y triste, no veía mi suerte, hasta que en 1933 el jurista y diplomático don Isidro Fabela y su esposa Josefina Eisenmann de Fabela me rescataron de lo que hubiera sido un triste final. Ellos se dieron a la tarea de devolverme a mi antiguo esplendor. Generosos, me donaron al pueblo de México y el 2 de octubre de 1963 mis puertas se abrieron con el nombre de Centro Cultural Isidro Fabela, el testigo de honor de tal acto fue el presidente Adolfo López Mateos.

Desde entonces, con alguna que otra remodelación, albergo varias colecciones y mis puertas están abiertas al público para que puedan disfrutarlas. El cuidado y amor que pusieron don Isidro y su esposa en su tarea están presentes entre mis muros y puede sentirse hasta el día de hoy. Los invito a visitarme al sur de la CDMX.

 

@FernandaT