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En el barrio de San Ángel, al sur de la CDMX, se ubica esta iglesia de piedra que data del siglo XVI y se considera una de las más antiguas en la capital.

 

 

 

Con pasos lentos los frailes dominicos caminaban entre las rocas en el pueblo de Tenanitla para elegir el terreno en donde me construirían. Había roca volcánica en abundancia. No en balde Tenanitla en náhuatl quiere decir: junto a la muralla de piedra.

Finalmente llegaron a una decisión. Contrario a lo que podría pensarse, no fueron las rocas, sino la cercanía con las caídas de agua lo que llevó a los frailes dominicos a elegir mi ubicación.

 

Recuerdo bien la mirada de asombro de los frailes. Hacía poco tiempo habían llegado a esta tierra que llamaban la Nueva España, a petición de Hernán Cortés, con el objetivo de evangelizar a los pobladores. ¡Y vaya que todo era nuevo para ellos! Árboles, flores, frutas, colores y costumbres. Todo maravillaba a estos hombres buenos y valientes, quienes desde antes de su llegada a estas tierras, ya habían comenzado su labor para defender a los indígenas. Se oponían a su esclavitud y maltrato. Hoy, más que frailes, seguramente los llamaríamos defensores de los derechos humanos.

 

Los frailes pusieron manos a la obra para construirme con ayuda de los habitantes de Tenanitla. En un principio no podían darse a entender, pero poco a poco mis muros tomaron forma. Después de todo, debido a la abundancia de piedra, los lugareños eran buenos constructores y eso facilita las cosas. Mis paredes formaron una ermita, dedicada a la Virgen del Rosario.

 

El tiempo pasó y las necesidades de los frailes cambiaron. Corría el año de 1580 cuando dejé de ser una simple ermita, para tener la categoría de iglesia. Como lógica consecuencia, mis muros crecieron. Me dotaron de una nave grande y austera, como correspondía a la época. Mi nombre y advocación también cambió ya que a los frailes les llegó la noticia de la canonización de un miembro de su orden: San Jacinto, y así me bautizaron: Iglesia de San Jacinto. Por aquel entonces, si mal no recuerdo, empezaron a construir también el convento con su gran fuente de piedra en el patio central y sus arcos. Mi retablo, de estilo churrigueresco, empezó a tomar forma. El amor y cuidado con el que se hizo ese retablo es palpable hasta el día de hoy. Supongo que por eso soy una de las iglesias favoritas en la ciudad para celebrar las bodas. Y no es presunción, créanme. Es que han sido tantas en estos siglos, que –no se ofendan– ya hasta perdí la cuenta.

 

En mis jardines, que siguen siendo un remanso de paz para quienes me visitan, pusieron una cruz atrial labrada de piedra que conservo hasta el día de hoy. Es importante mirarla de cerca, no sólo porque es una de las primeras que se hicieron en el país, sino porque lleva también símbolos que representan las creencias de los mexicas. Un esfuerzo insignificante de conservar, aunque fuera de forma oculta, sus creencias y lealtad a sus dioses.

 

Todo parecía marchar bien, pero mis muros saben que el bienestar es efímero. A pesar de la oposición de mis frailes dominicos, los padres carmelitas compraron varios terrenos cerca del Río Magdalena y construyeron ahí el Colegio de San Ángel Mártir (hoy El Carmen) en el siglo XVII. Tanta influencia tuvo el dichoso colegio, que el nombre del poblado cambió de San Jacinto Tenanitla a San Ángel.

 

En casi cinco siglos he visto al mundo transformarse. La Nueva España desapareció para dar paso a una joven y vibrante República: la mexicana. San Ángel es un barrio integrado a la ciudad. Los ríos cercanos fueron entubados y convertidos en avenidas; veloces autos los recorren en lugar de embarcaciones. ¡Muchos cambios desde aquella tarde cuando los frailes decidieron construirme! ¿No creen? Sin embargo, una cosa no ha cambiado en casi cinco siglos y mis muros pueden constatarlo: la fe de quienes traspasan mis puertas para contarle a Jesucristo, a su madre, la Santísima Virgen María y a San Jacinto sus penas y preocupaciones. Mis muros han sido, son y serán testigos del poder de la oración.