¡Santo, Santo, Santo!

¡Santo, Santo, Santo!

La evocación que hace nuestro cronista es sobre uno de los primeros superhéroes mexicanos, el Santo, que pasó del ring de lucha libre a pelear contra los villanos.

Es una veladora opaca en función de centinela eterno. El amarillento recorte del Esto. La máscara de plata colgada en la pared descascarada. La lágrima seca entre los surcos del rostro viejo. La carcajada bestial de Zulema, la reina de las mujeres vampiro. Las tres caídas sin límite de tiempo. La leyenda continúa. El doctor Muerte. El cerebro del mal.

Es Rodolfo Guzmán Huerta. El Santo. Las películas de culto. La Catedral del Pancracio. El altar a la morenita, Pedro Infante y el Enmascarado de Plata. El santo de la devoción. El santo de las mil batallas. El Santo contra los zombies, los marcianos, los hombres de cera. El amigo de Javier Solís. El ídolo de México.

La herida está abierta aún entre las butacas del Teatro Blanquita. Hacía dos años que había dejado el cuadrilátero, en una función de lujo en el difunto Toreo de Cuatro Caminos. Hacía dos meses que se había despojado de la máscara que cobijaba el secreto, en función en vivo, directo y a todo color vía la pantalla chica.

El rayo pegó directo al corazón del respetable. Santo golpeado por la fuerza de un infarto. El sketch quedó inconcluso.

México quedó mudo.

Abuela y novia

Doña Virginia Aguilera, La “abuelita de la lucha libre”, la madre de más de 15, 16 hijos para ser exactos, la postal eterna de la Arena México, no lo pensó dos veces: Se vistió de negro, tomó un taxi y se fue a llorar a la Gayosso.

Era mi novio, decía la esquela.

La leyenda señalaba que cuando el Santo se quitara la máscara, la muerte lo reconocería para vengarse de tantas burlas.

Cómo que ni cosquillas le hizo una bomba atómica. Cómo que se salvó de la trampa del Cerebro del Mal.

Hace 32 años, el 5 de febrero de 1984 para más señas, murió el ídolo al que sólo Blue Demon había doblegado en el ring. Al que 53 películas le daban etiqueta de héroe. Al que le salvó la vida Lorena Velázquez. Al que le hicieron los mandados el Médico Asesino, la “Tonina” Jackson, el “Huracán” Ramírez, su compadrito del alma…

De Tepito al altar

Nacido el 23 de septiembre de 1917 en Tulancingo, Hidalgo, Rodolfo Guzmán Huerta llegaría a los siete años a un rinconcito de Tepito. La aventura, inmortalizada en la cinta de plata por Damián Alcázar, claquetazo al calce del escritor Gabriel García Márquez, caminó por la Academia de San Carlos, una fábrica de medias, las clases de jiu-jitsui y lucha grecorromana, y al fin la vieja arena Peralvillo Cozumel.

Del misterioso hombre de la máscara de piel de cochino al demonio rojo, pasando por Rudy Guzmán. El Santo lo atrapó cuando tenía 25 años.

La primera pelea como tal la jugó en el bando de los malos. Y la perdió por descalificación. Rudeza innecesaria, dijo el referee.

Veinte años después el hijo pródigo regresaría al camino del bien. El mejor del bando técnico. El científico que hacía delirar la Arena México. El héroe de la fotonovela El Santo de José G. Cruz.

Medio millón de ejemplares a la semana. El hombre de las mil caras. El auto deportivo. El científico loco. El pun, pas, ¡tómela!…

El chofer de la ruta a Tulyehualco gritaba:

–¡Parada a la Casa del Santo!, mientras Rodolfo salía por la puerta de atrás.

***

El Santo filmaba en La Habana de 1959 cuando llegó la Revolución. El Che Guevara no le alcanzó a gritar: ¡Santo! ¡Santo!

Hace 32 años la muerte le hizo la quebradora en plena función de teatro.

No supo con quién se metía.