Daniel Ortega, 39 años después

Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, conmemora este jueves 19 de julio, el triunfo de la revolución que encabezó en 1979 para liberar al país de una tiranía. Muchas cosas han cambiado desde entonces, “comenzando por él mismo, quien el líder está lejos de aquel idolatrado luchador por la libertad que llegó a ser”, sostienen sus opositores.

Aquel movimiento puso fin al régimen de la familia Somoza. Pero ahora, las celebraciones se han visto ensombrecidas por múltiples denuncias de excesos en la represión ordenada por el presidente Daniel Ortega. Y es que miles de manifestantes en todo el país centroamericano, en particular los jóvenes, exigen su renuncia y la de su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo.

Los inconformes señalan que el presidente está lejos de aquel luchador por la libertad que llegó a ser y, en términos objetivos, ha transitado, en un largo proceso de casi cuatro décadas, de dirigir un levantamiento popular a sofocar revueltas contra su permanencia en el poder.

EL REVOLUCIONARIO

De acuerdo con sus biógrafos José Daniel Ortega Saavedra (La Libertad, Nicaragua, noviembre 1945) creció con los relatos de su padre un combatiente rebelde que luchó con César Augusto Sandino contra los Marines estadounidenses que asediaron Nicaragua antes de la Segunda Guerra Mundial.

Para la década de 1950, cuando era estudiante, participó en las manifestaciones para derrocar a la dinastía de los Somoza, un régimen hereditario que, con apoyo de Estados Unidos, gobernó Nicaragua durante cuatro décadas en el siglo XX.

Las actividades antogubernamentales de Daniel Ortega lo llevaron a ser acusado de terrorismo y encarcelado durante siete años por el régimen de Anastasio Somoza Debayle.

Después de su liberación en 1974, se unió a la revolución con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y para 1979 el último Somoza ya había sido derrocado.

Entonces, Ortega, con grado militar de comandante, se convirtió en el rostro del nuevo gobierno sandinista y en el coordinador de su Junta de Reconstrucción Nacional de Nicaragua.

Fue un comienzo prometedor para el país más pobre de Centroamérica: contaba con el apoyo del gobierno de James Carter en Estados Unidos y se embarcó en ambiciosos programas de alfabetización, reforma social y redistribución de tierras.

Para cuando Ronald Reagan llegó al poder en Estados Unidos en 1981, el El FSLN fue acusado de estar demasiado cerca de la Cuba prosoviética de Castro y de armar a guerrillas de izquierda en El Salvador.

Bajo esta premisa la administración de Reagan fundó la «Contra», conformada por grupos rebeldes de derecha que se embarcaron en una larga guerra de guerrillas.

A pesar de la inestabilidad, el régimen nicaragüense convocó a elecciones presidenciales en 1984 y Daniel Ortega las ganó con casi 70% de los votos.

Seis años después, la falta de crecimiento económico y la desilusión política habían comenzado a manchar sus credenciales y el presidente perdió el cargo ante una antigua camarada revolucionaria: Violeta Barrios de Chamorro.

El HOMBRE PRAGMÁTICO

La derrota acarreó la división del FSLN, pero Daniel Ortega usó su tiempo en la oposición para reinventar su estilo de política como «pragmática».

Por una parte, siguió promoviendo los ideales inspirados en la izquierda y las consignas antiimperialistas, y por la otra trabó alianzas con el sector privado, el poder judicial e incluso se acercó a la Iglesia católica, tomando una posición antiaborto.

Aún así perdió tres elecciones sucesivas: 1990, 1996 y 2001.

Siguieron los ajustes políticos hasta que volvió a ganar la presidencia en 2006, con 38% de los votos. Desde entonces ha gobernado sin interrupciones y concentrando cada vez más poder.

LA EXPLOSIÓN DEL ENOJO

Reelecto por abrumadora mayoría en unos cuestionados comicios efectuados en noviembre de 2016, en los que postuló a su esposa Rosario Murillo para la vicepresidencia, Ortega parecía destinado a convertirse en mandatario vitalicio.

Todo cambió en abril con la introducción por parte del gobierno de reformas a la seguridad social.

La iniciativa incrementaba las contribuciones y reducía las pensiones. Eso hizo estallar una ola de protestas espontáneas en todo el país. Los estudiantes tomaron las calles, los movimientos indígenas se unieron a ellos igual que los desempleados.

Tras varios intentos de iniciar un diálogo nacional, llegó la contundente respuesta de Daniel Ortega: el despliegue de «turbas», policías y grupos de partidarios del gobierno fuertemente armados.
Han seguido meses de protestas y derramamiento de sangre que han cobrado la vida de por los menos 300 personas, según datos de organizaciones humanitarias.

Amnistía Internacional ha denunciado que «la represión estatal ha alcanzado niveles deplorables» y que algunos de los muertos eran niños y adolescentes.

¿EL DERRUMBE?

Tras casi 12 años en el poder, Ortega ha dicho públicamente que no está dispuesto a dimitir ni a organizar elecciones anticipadas.

Ahora sus críticos lo acusan de atrincherarse en la presidencia, de inspirarse en las despiadadas tácticas de Somoza en los 70 contra sus enemigos políticos: someter a sus opositores a la destrucción de sus reputaciones por medio de manipulación en los medios y reprimir brutalmente cualquier disensión en las calles.

Igual que Somoza, Ortega ha distribuido parte de la riqueza de la nación e influencias a los hijos que ha procreado con Rosario Murillo, y a un puñado de adeptos, quienes han sido acusados por autoridades estadounidenses de tener vínculos con el narcotráfico.

Analistas consultados por Contenido señalan que una de las razones por las que Ortega se ha había salvado de críticas es que, hasta hace poco, Nicaragua presentaba una evolución relativamente exitosa en términos económicos y sociales.

Además, los nexos del régimen con Cuba y Venezuela, no le habían impedido cultivar una buena relación con Estados Unidos.

Pero la muerte de cientos de disidentes, acompañada de crecientes niveles de pobreza y la falta de respaldo internacional, podrían culminar ya no con su salida de la presidencia, sino con su derrocamiento y la destrucción de su legado como líder revolucionario.

(Por Pedro C. Baca)

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