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Nueva vida surge en el agua

Cada vez más parejas adoptan esta tendencia de alumbramiento, con la cual reducen la posibilidad de una cesárea.

Foto: Pexels

Lucila completó las 40 semanas de gestación y llegó por la mañana a Mi parto en agua, una organización dirigida por la partera certificada Gabriela Zebadúa Baqueiro. Pasó tres horas y media en trabajo de parto en una habitación cerrada. Detrás de ella, sentada en una tina de baño, con agua tibia hasta la cintura, esta joven se apoyaba con fuerza en las manos de su esposo y pujaba mientras en la sala su familia esperaba el momento del alumbramiento. En la última contracción, el bebé fue expulsado hacia el agua y el padre cortó el cordón umbilical.

Zebadúa explica que este tipo de parto forma parte de una corriente que se conoce como “humanizada” porque pretende retomar al parto natural, con la participación del padre y libre de medicamentos.

En 15 años ha participado en 1, 334 bebés nacidos en agua y 3% de cesáreas.  La explicación de Zebadúa es que el estrés que genera la rutina hospitalaria, tanto en la mamá y el bebé, aumenta la posibilidad de una cesárea.

La diferencia entre un parto y uno en agua radica en la comodidad que puede representar para la embarazada. El estado de ingravidez, que es una condición generada por la inmersión en agua, le permite sentirse menos pesada y moverse, en forma instintiva y percibe más suaves las contracciones, aunque éstas no hayan bajado de intensidad.

La partera indica que el periné que es el conjunto de músculos que sostiene los genitales, se relaja por la acción del agua, lo cual facilita la distensión de la vagina al salir la cabeza del bebé, que evita así que la mujer tenga desgarres.

En opinión de Zebadúa, la manera del alumbramiento influye de forma determinante en la vida del hijo y la madre. También ayuda a la producción de endorfinas, disminuyen el dolor y la adrenalina, y favorece la dilatación del cérvix. Este método también favorece a la criatura en su desarrollo muscular y le ayuda a ser menos irritable. Sin olvidar que el impacto de la expulsión no es fuerte debido a que el bebé está acostumbrado a vivir en líquido.

“El tiempo de recuperación es de 24 horas. Por lo que el alumbramiento acuático es recomendado, sobre todo para evitar cesáreas”, enfatizó la partera.

Por Alejandrina Aguirre Arvizu