domingo , diciembre 8 2019

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¿Proseguirá el avance del nuevo populismo?

Nutrido por el enojo de la sociedad ante la caída de su nivel de vida y el fracaso de las políticas para revertirlo, en el último año el populismo provocó sendas victorias mayoritarias en el Reino Unido y Estados Unidos. Con su reciente derrota en Francia, queda la esperanza de que haya iniciado su declive.

Como “un verdadero respiro de alivio” fue recibida la victoria del centro-derechista Emmanuel Macron en las recientes elecciones presidenciales francesas. Sin menospreciar la relevancia del suceso para uno de los países más desarrollados del planeta, los politólogos pusieron énfasis en resaltar su importancia internacional porque ha frenado la tendencia victoriosa de una oferta política que ha brotado en distintas partes del mundo reivindicando antivalores democráticos como el racismo, la xenofobia y la exclusión: el populismo.

“Para entender lo que sucede hay que comenzar por reconocer que el sistema político enfrenta dos crisis simultáneas, la primera afecta a la democracia representativa, en tanto que la segunda al llamado modelo económico neoliberal. Ambas favorecen el auge de posiciones políticas, y gobiernos que responden a ellas, de carácter autoritario que podemos definir como nuevos populismos”, opina Marcela Bravo Ahuja Ruiz, doctora en Ciencia Política por la UNAM.

¿Qué caracteriza a ese fenómeno político?: “Primordialmente la interacción estrecha entre líderes carismáticos y mayorías sociales que encuentran en ellos un cauce a su descontento con el modelo imperante porque no atiende sus demandas y se muestra cada vez más indiferente”, señala la académica del Centro de Estudios Políticos de la UNAM.

Una expresión populista puede estar alineada a la derecha o a la izquierda del espectro político, pero el acento de su oferta no está en la ideología. Sus líderes buscan ser vistos como salvadores. Su discurso tiene tintes redentores, asegura entender las inquietudes y el sentir de “la mayoría silenciosa”, aquellos que no sienten estar representados por el régimen democrático. Estos políticos proclaman que son los únicos capaces de cambiar el estado de cosas.

Monopolio de la verdad

Los líderes populistas se conciben como “voceros del pueblo”, o lo que es lo mismo, un cuerpo uniforme acechado por “peligros” y “enemigos” como la élite política y económica, etcétera (ver Seis rasgos del populismo). Como creen poseer la verdad, consideran que quienes piensan diferente están equivocados o de plano son “enemigos del pueblo”. Parten de la fórmula “estás conmigo o contra mí”, o, parafraseando al politólogo alemán Jan-Werner Müller, acaban diciendo que todos sus rivales por el poder son ilegítimos.

Su peligroso criterio de que “yo y sólo yo represento al pueblo”, los lleva irremediablemente al autoritarismo y, lo más delicado, a contradecir el principio democrático de pluralidad.

Estos dirigentes sobresalen por su habilidad para ofrecer un atractivo diagnóstico de la realidad, distorsionado pero que simplifica los problemas sociales y enfoca el descontento hacia presuntos culpables (minorías étnicas o migrantes indocumentados, por ejemplo), para terminar proponiendo soluciones fáciles y rápidas como aquella de “protejamos la planta productiva cerrando las fronteras a quienes vienen a quitarnos los empleos” o “deshagámonos de los migrantes que devoran nuestro gasto social”.

Los argumentos populistas ilusionan y generan esperanzas en su auditorio, al tiempo que polarizan, fomentan estigmas e incitan al odio. Bravo Ahuja insiste en que representan un peligro para la democracia porque van en contra del principio democrático de pluralidad.

No cuesta trabajo detectar sus tintes nacionalistas, muy oportunos en momentos en que la globalización es cuestionada por sus pobres resultados. Cierto que consolidó los índices macroeconómicos y benefició a grandes corporativos, pero también empeoró las condiciones laborales de millones de ciudadanos en países desarrollados.

Por ejemplo, en una economía como la francesa, muy golpeada desde la crisis financiera de 2008 y cuya tasa de desempleo el ronda 10%, resulta comprensible el arraigo de un discurso que mezcla el descontento con el espíritu nacionalista y la reivindicación del proteccionismo. El contexto explica además que 34% de los electores franceses haya querido llevarlo al gobierno.

Seis rasgos del populismo

1.- Liderazgo centralizado en un sujeto carismático.

2.- Más que una ideología es una lógica política. Puede vincularse con izquierda y derecha.

3.- Su discurso pondera la importancia de la gente común sobre las élites.

4.- En sus argumentos predominan los temas emocionales sobre los racionales.

5.- Reivindican el monopolio moral de la representación. “Sólo yo represento a la mayoría”.

6.- Gana adeptos a costa de ofrecer llamativas soluciones de corto plazo.

Fuente: Encyclopaedia Britannica.

 

Sin distingos

Bravo Ahuja apunta que la pretensión del líder populista de interactuar directamente con el “pueblo” puede llevarlo a pasar por alto a las instituciones democráticas comenzando por los Parlamentos (Asambleas, Congresos, etc.) Así justifica el presidente de Venezuela Nicolás Maduro su llamado a crear una Asamblea Constituyente cuya mayoría de integrantes provendría de organizaciones afines al régimen y dejar sin funciones a la Asamblea Nacional, electa por voto popular en diciembre de 2015.

El caso venezolano permite entender que las expresiones populistas pueden estar vinculadas con distintas tendencias ideológicas. De hecho, en América Latina se las ha relacionado con la izquierda, porque a esa tendencia ha pertenecido la oposición en los gobiernos liberales. En los países desarrollados como Estados Unidos, Reino Unido, Rusia y Francia, llama la atención su cercanía con principios de derecha como la reducción del gasto público, comenzando por el destinado a programas sociales.

Resulta obvia la conclusión de que el populismo representa un grave riesgo para la democracia, pero su presencia puede verse como un mal necesario que impulse cambios en el sistema democrático. Así ocurrió en España con el movimiento Podemos que ha buscado encauzar las demandas de millones de ciudadanos afectados por la terrible crisis que sufrió ese país entre 2008 y 2014, y revertir la poca comprensión que tuvieron los austeros programas de ajuste.

¿Puede un partido populista dejar de serlo? Siempre y cuando acepte el pluralismo político. Por ejemplo, Alternativa para Alemania (AfD), la más influyente formación de este corte en el país europeo, podría seguir defendiendo las barreras a la inmigración o los modelos familiares tradicionales. “Y esto puede ser bueno para la representación política, tomando en cuenta que la democracia engloba ideas que a uno no le gustan. Sin embargo, no es habitual que partidos como AfD cesen de ser populistas porque se quedarían sin clientela”.

 

Justificaciones y añoranzas

La visión negativa sobre el populismo toma fuerza porque se le relaciona con la oferta de soluciones simplistas con efectos en el corto plazo. Se le reprocha que parte del atractivo de sus propuestas se basa en decir a la gente lo que quiere escuchar eximiéndola de cualquier sacrificio para construir un destino diferente.

La académica Bravo Ahuja cree que parte del poder de seducción de este fenómeno político se debe al cada vez más escaso vínculo de los ciudadanos con la política, a la que ven como sinónimo de manipulación y engaño. “Entonces dirigen su atención a líderes surgidos desde fuera del sistema –Donald Trump, por ejemplo– bajo el razonamiento de que no están contaminados por el régimen y tendrán suficiente libertad para cambiarlo”.

Por otra parte, tiene enorme peso el miedo al futuro poco promisorio. El doctor en Ciencia Política Mauricio Merino Huerta, investigador del CIDE, considera que las formaciones tradicionales del espectro político, sean de izquierda, derecha o centro, no han respondido de manera convincente al temor generado por la incertidumbre. “Los ciudadanos de muchos países se han vuelto conservadores porque su prioridad es mantener el orden establecido o, peor aún, volver al orden perdido. Si los ponemos a la derecha, es porque los nacionalismos y las nuevas versiones del populismo que hoy recorren el mundo ofrecen combatir a los molinos de viento que amenazan la vida de las personas, individualmente: todo aquello que pone en riesgo su empleo, su estabilidad personal, su seguridad cotidiana”.

En correspondencia, el programa del nuevo populismo no mira hacia el futuro, sino hacia un pasado amenazado o idílico, de ahí el eslogan de campaña de Trump. “Hacer grande a Estados Unidos otra vez”. Merino sostiene que el discurso populista no apuesta a cambiar las circunstancias económicas y sociales que afectan a su electorado, sino por personalizarlas en enemigos tangibles. “No ofrecen un horizonte distinto, sino una vuelta a la tierra prometida, explotan el egoísmo en contra de la solidaridad y dividen a la sociedad entre amigos y enemigos irreconciliables”.

 

Futuro condicionado

¿Habrá que esperar a que mejore la situación económica de las mayorías para que pierdan encanto las expresiones populistas? Bravo Ahuja y Merino coinciden en señalar que no tendría que ser así y que las fuerzas políticas establecidas deberán esforzarse por hacer ofertas sensatas pero más atractivas. En esa línea ubican al nuevo presidente francés Macron.

Sin embargo, Merino se opone a interpretar lo ocurrido en los comicios de Francia como un triunfo definitivo de la democracia contra el populismo. “El nuevo mandatario enfrentará una serie de retos como construir una mayoría legislativa que no lo deje maniatado. Enfrente tendrá a una poderosa lideresa opositora, Marine Le Pen, cuyo Frente Nacional, con todo y sus posturas extremistas, ya forma parte con absoluta naturalidad del escenario político francés”.

La economía mundial no logra arrancar un nuevo ciclo de prosperidad y queda latente el peligro de que los partidos tradicionales, en vez de reformar sus programas para ofrecer soluciones de muy amplia visión, se contenten con apropiarse de banderas populistas. Este último escenario se presentó en Estados Unidos cuando el Partido Republicano respaldó al delirante y contradictorio Donald Trump.

Ahora sucede en el Reino Unido. En la reciente campaña electoral para renovar el Parlamento, la primera ministra británica Theresa May, desistió de abogar por revertir el “brexit”. Le pareció mejor promoverse como “la persona más capacitada” para llevarlo a buen término. Algunos políticos no entienden todavía que deben defender la idea de la democracia como el mejor sistema de gobierno, el cual funcionará bien cuando la gente se sienta tomada en cuenta.

 

Referentes populistas

Vladimir Putin

Gobierna Rusia desde el año 2000. Su principal oferta es recuperar el esplendor que el país tuvo en la época de los zares.

Donald Trump

Presidente de Estados Unidos desde enero pasado. Atribuye los quebrantos económicos a los malos acuerdos comerciales multilaterales y a la migración ilegal.

Nicolás Maduro

Presidente de Venezuela desde abril de 2013. Promete que el socialismo del siglo XXI acabará con la pobreza y la desigualdad.

Marine Le Pen

Líder del Frente Nacional. Promueve la salida de Francia de la Unión Europea y la instauración del “patriotismo económico”.

Malcom Pearson

Parlamentario británico y líder del Partido de la Independencia del Reino Unido. Promovió la ruptura con la Unión Europea.

Recep Tayyip Erdogan

Presidente de Turquía desde agosto de 2014. Promueve el nacimiento de un “nuevo país” a partir de reivindicar su raíz islámica y la herencia del pasado otomano.

Jacob Zuma

Presidente de Sudáfrica desde mayo de 2009. Su popularidad se basa en su promesa de convertir a su país en la guía del continente africano.

(Por Pedro C. Baca)