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Yo intento masticar treinta veces cada bocado e intento contarlos. ¿Cuáles son las ventajas? Si la comida pasa a toda velocidad por la boca y en trozos grandes, vas a tener que digerirla en el estómago, y eso conlleva más producción de jugos gástricos, digestiones pesadas, gases, etc.

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En la boca segregamos enzimas que digieren los hidratos de carbono. Si no salivas bien, la máquina estará forzada a descomponerlos en otros tramos del sistema digestivo. A veces se producen obstrucciones intestinales —mi padre tuvo una— por pasar trozos demasiado grandes de comida. Si el bolo alimenticio está bien triturado, facilitamos la digestión y hacemos que cada parte del tubo digestivo haga su función sin forzarle.

Si masticamos bien, disfrutamos mucho más de los alimentos. Según el British Medical journal, en un estudio sobre 3.000 sujetos se demostró que las personas que comen rápido y mastican poco tienen tres veces más probabilidades de tener obesidad. Si masticas más, no podrás hablar y eso hará que escuches más. Cuando eres consciente de escuchar, te vas a dar cuenta de la cantidad de cosas que aprendes de los demás y de que te vuelves más simpático para los demás. No hay cosa que más le guste a la gente que la escuchen. Y la primera regla para escuchar es callarse. La sensación de saciedad la manda el cerebro unos veinte minutos después de haber empezado a comer. Si masticas bien, cuando tu cerebro esté saciado, habrás comido bastante menos que si engulles.

¿Cómo masticar más?

Tienes que calmar a tu impulsivo elefante y lo mejor es poner al jinete en acción, hacer algo consciente y que requiera un esfuerzo intelectual. Come con tu mano no dominante, en mi caso con la izquierda. Como es raro te mantendrá alerta. Intenta dejar el cubierto después de cada bocado. Cuenta hasta treinta y vuelve a coger el cubierto. No veas la televisión o petardees en internet. Tómate ese tiempo para ti. Distraerte con otras cosas hará que comas más. Come con cubiertos pequeños en lugar de cubiertos grandes. Así tomarás del plato menos cantidad de comida y será más sencillo masticarla.

No hay mayor verdad que el dicho popular que reza: desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo. En España hacemos justo al revés: desayunamos rápido y mal, cuando es la comida más importante del día, y terminamos cenando tardísimo y muy copiosamente. Cambia tus hábitos de comidas y, sobre todo —ya lo comentaré en el capítulo dedicado al sueño—, lo ideal sería que entre la cena y el desayuno pasen doce horas. Y si no puede ser, al menos alarga este período todo lo que puedas.

El secreto está en tu intestino

Si tu intestino no está en condiciones, no absorberás bien los nutrientes y, además de comer en exceso, te sentirás sin energía. Como dice Sandra Ibarra: «No somos lo que comemos, somos lo que absorbemos». Nuestro sistema inmune reside en gran parte en nuestros intestinos y, si no cuidamos nuestras cañerías, éstas se atascan y se llenan de desechos que no podemos eliminar y nos van a complicar la vida. Pero quizá lo más importante es que nuestras emociones dependen en gran parte de lo que comemos. Éste es el momento en el que estás pensando: «Hasta aquí hemos llegado, eso ya sí que no me lo trago».

Se ha estudiado que las personas que tienen problemas intestinales suelen sufrir más problemas estomagales que gente con un intestino sano

Déjame explicarme. En el intestino tenemos más de 100 millones de neuronas. De hecho, el intestino es conocido como «el segundo cerebro» y es allí donde fabricamos muchos neurotransmisores. En el año 1999, Michael Gerson, de la Universidad de Columbia y autor del libro Second Brain, descubrió que el 95 por ciento de la serotonina se fabrica precisamente en el intestino. La serotonina regula, entre otras cosas, nuestro ánimo y, por ejemplo, cuando estamos estreñidos, nuestra serotonina disminuye. Hay una relación muy directa entre lo que comemos y nuestro intestino con nuestro estado de ánimo. Yo ya lo había
experimentado cuando cambié mis hábitos alimenticios, pero tuvieron que pasar cuatro años para descubrir cuál era la causa.

Dos terceras partes de la respuesta de nuestro sistema inmune empiezan en el intestino. Así que tiene mucha influencia sobre cómo nos encontramos. De hecho, se ha estudiado que las personas que tienen problemas intestinales suelen sufrir más problemas emocionales que gente con un intestino sano. Hay que estar muy atento a las señales que nos da el aparato digestivo y te aseguro que son muchas. No es normal tener malas digestiones, ni diarreas, ni estreñimiento, ni estar todo el día con gases. Si esto es habitual, tienes que corregir algo en tus hábitos alimenticios.

Fuente: El Confidencial