Los trágicos amores de la hija de Porfirio Díaz

Los trágicos amores de la hija de Porfirio Díaz

Amada Díaz

Por Alberto Círigo

Fueron considerados la pareja más popular del porfiriato y aunque sólo la muerte los separó, la suya no fue una unión apacible y amorosa, sino todo lo contrario.

Durante noviembre de 1914 los custodios de la cárcel de Lecumberri (al centro de la ciudad de México) se habituaron a la presencia de una dama vestida de negro, cuyo «bello rostro de india, oculto en parte por el sombrero airoso y sencillo, no acusaba huellas de dolor ni de tristeza: sólo una tranquila dignidad» (según consignó el escritor Martín Luis Guzmán en el libro El águila y la serpiente) mientras recorría los pasillos de la prisión para visitar a su marido. Ella era Amada Díaz, hija favorita del general Porfirio Díaz Mori; él, Ignacio de la Torre y Mier, otrora uno de los más ricos hacendados de Morelos y del país y antiguo patrón de Emiliano Zapata.

La pareja se conoció en 1887, luego de que Amada concluyera un noviazgo con Fernando González, hijo del general Manuel González, compadre de don Porfirio. Las amigas de la joven le presentaron nuevos partidos; el más notable fue de la Torre, que a más de buen mozo y rico, tenía fama de caballero ideal.

El escritor José Juan Tablada, acaso sabedor de los rumores sobre la homosexualidad del hacendado, apuntó que De la Torre era un cabal sportsman que «mostraba una decidida admiración por el bello sexo» pero añadió que también era una especie de «pararrayos de los malos humores de la envidia». En cualquier caso De la Torre era parroquiano asiduo del Jockey Club, donde practicaba equitación y suertes taurinas. Igualmente era buen jugador de golf y polo y entre sus aficiones estaban los automóviles y las carreras.

Ignacio y Amada empezaron a frecuentarse y durante uno de tantos paseos campiranos, él la beso, sellando prácticamente el compromiso. Cuando De la Torre habló con el general Díaz para formalizar el noviazgo, Amada se convirtió en objeto de admiración para los hombres y de envidia para las mujeres, pues había cautivado al soltero más codiciado del país. La pareja casó por la iglesia el 16 de enero de 1888, en el oratorio de la residencia del arzobispo de México, Antonio de Pelagio y Labastida; pocos días antes habían casado por lo civil en la casa particular del presidente Porfirio Díaz.

Número infamante

Ignacio de la Torre y Mier estaba emparentado con los príncipes de Mónaco. Su abuelo, Gregorio de Mier, nació en el pueblo español de Redondo y fue también 3er abuelo del actual príncipe de Mónaco. No era el clásico heredero improductivo, sino un hombre trabajador que había impuesto en sus tierras los más modernos métodos de cultivo; según averiguó el historiador estadunidense John Womack (autor de una especiosa biografía de Zapata), la hacienda de Santiago Tenextepango, Mor., (de 15,682 hectáreas), propiedad de De la Torre, era la mejor del estado y acaso también de la República en una época en que Morelos era el 3er productor de azúcar del mundo, detrás de Hawai y Puerto Rico.

La pareja De la Torre-Díaz parecía tener todo para ser felices, pero desde la noche bodas el hacendado pretextó cansancio, problemas y trabajo para no hacer vida íntima con Amada. Pronto la mujer debió lidiar con los rumores que acusaban a su marido de tener otras preferencias sexuales y con las frecuentes francachelas que el hombre organizaba para sus amigos en el palacete conyugal de la Plaza Carlos IV (sobre Paseo de la Reforma), llamada “El Caballito”, en alusión a una escultura ecuestre que la adornaba.

Una de las habladurías más incómodas para De la Torre se desató en la madrugada del 18 de noviembre de 1901, cuando un gendarme que patrullaba el centro de la ciudad se extrañó ante la singular catadura de las parejas que acudían a una fiesta celebrada en una céntrica casa y dio aviso a la comisaría más cercana. Varios agentes fueron enviados al lugar y, en la razzia más famosa del porfiriato, aprehendieron a 41 individuos, 19 de ellos vestidos de mujer. Pero las notas periodísticas de los primeros días —apunta el cronista Carlos Monsiváis— insistían en que había 42 celebrantes, sólo que uno escapó por las azoteas aledañas luego de comprar su libertad a precio de oro. Hoy se acepta como verdad histórica que el evadido fue Ignacio de la Torre y Mier. Como los periódicos se dieron vuelo con el asunto (quedaron para la posteridad los grabados de José Guadalupe Posada) el hacendado aseguró a su esposa que eran infundios propalados por los enemigos políticos de Díaz.

Relación sospechosa

Tal vez ella le creyó, pero aparentemente no lo hizo el general Díaz: al día siguiente del arresto masivo, se reunió con su yerno y aunque se desconoce el contenido de la conversación, fue evidente que De la Torre perdió el apoyo político del presidente (ya lo había hecho diputado federal), que le negó la gubernatura de Morelos.

Las relaciones entre ambos hombres se hicieron tirantes y frías. Porfirio Rincón Gallardo y Díaz —sobrino nieto de Amada— cuenta que en algunas ocasiones, cuando Díaz era invitado por su hija a cenar en la casa de “El Caballito”, De la Torre se presentaba horas después con aliento alcohólico y pretextando para su tardanza el tránsito en la capital. Amada soportó estoicamente la tragedia íntima, sobre todo para evitar el escándalo familiar y social. También contribuyó su profunda religiosidad, convencida como estaba del carácter sagrado e incondicional del matrimonio.

Años más tarde, entre 1909 y 1910, De la Torre se entrevistó con el gobernador de Morelos, Pablo Escandón, para solicitar el licenciamiento de un antiguo caballerango: Emiliano Zapata, reclutado por el 9º regimiento de caballería apostado en Cuernavaca. Como el mandatario se negara, el hacendado debió recurrir a su suegro, quien al cabo otorgó su permiso para que Zapata (a la sazón soldado raso) abandonara el ejército. El mocetón fue albergado en la casona de “El Caballito” como caballerango, lo cual desató numerosos comentarios maliciosos, pues resultaba inconcebible que un caballerango pueblerino atendiera a los corceles purasangre más hermosos y veloces del país. Algunos aseguran que este vínculo laboral derivó en una relación extraña y hasta homosexual, pero no existen pruebas.

Tras la caída de Díaz la familia del ex dictador salió del país. Sólo permanecieron en México Amada y su media hermana Luz, refugiadas algún tiempo en una quinta campestre en Tacubaya. De la Torre también se quedó.

Complicidad asesina

Cuando Francisco I. Madero devino presidente el matrimonio De la Torre-Díaz retornó a la capital. A decir del historiador Ricardo Orozco (autor de El álbum de Amada Díaz, novela biográfica sobre la mujer) las salidas de Nacho de la Torre a fiestas y las visitas a amigos se hicieron frecuentes.

También volvió a la política: se acercó a un grupo de diputados opuesto a Madero y se dice que financiaba los diarios El mañana y La tribuna, eran francamente antimaderistas. En la Decena Trágica (acaecida en 1913) se hizo evidente la participación de De la Torre y Mier en la conspiración que culminó en el asesinato de Madero y Pino Suárez: uno de los empleados del hacendado, Francisco Alanís, rentó por órdenes de su patrón el vehículo en el cual los llevaron al matadero. El asesino, Francisco Cárdenas, trabajó en la hacienda San Nicolás Peralta, propiedad de Ignacio de la Torre.

En abril de 1913 Amada Díaz viajó sola a Francia para visitar a su padre y olvidarse un poco de las tensiones familiares y del país. A su regreso, en octubre siguiente, sufrió por el asesinato en Aguascalientes de su cuñado Francisco Rincón Gallardo (esposo de su hermana Luz) a manos de unos bandidos.

En 1914 la zarpa del infortunio cayó sobre De la Torre, cuando los carrancistas tomaron la capital y le expropiaron la casa de “El Caballito”. Para huir de furia de Carranza, que amenazó con castigar a los instigadores de la caída de Madero, De la Torre se ocultó mientras Amada se mudó con Luz. En octubre de ese año las haciendas de don Ignacio, entre ellas la de Santiago Tenextepango, fueron invadidas por las hordas zapatistas mientras el terrateniente era apresado en la ciudad de México.

Amada supo de la captura de su esposo varios días después y, acompañada de Luz, recorrió las comisarías capitalinas hasta averiguar que el hacendado estaba incomunicado en Lecumberri, acusado de haber servido a Victoriano Huerta, obstruido a Madero y de monopolizar alimentos.

En noviembre de ese año Amada fue autorizada a ver a su marido en Lecumberri. Acudía todos los días de visita y pasaba algunas horas con el hombre, que aguardaba la llegada de Zapata a la ciudad de México, esperanzado en que su antiguo caballerango ordenaría su inmediata excarcelación. Amada no compartía el optimismo de su esposo.

Venganza oscura

Casi 3 meses después, a principios de 1915, Amada supo que Zapata efectivamente había sacado a De la Torre de la cárcel, según informó a la mujer el director de la penitenciaria, Carlos Plank. Para probarlo le mostró la orden firmada por Zapata y la firma de conformidad del hacendado. La noticia suscitó gran alegría en Amada, pues la reclusión había servido a la pareja para limar asperezas y lograr un mejor entendimiento.

Veinte días después Amada recibió un recado de su marido en el que le comunicaba que estaba con Zapata, pero no libre sino como prisionero: otrora rico y elegante, debía seguir a todas partes al rebelde y dedicarse a preparar alimentos (se dice que iba vestido como soldadera y sufría vejaciones por parte de los soldados de Zapata). Amada Díaz jamás entendió el rencor de Zapata hacia su marido, pero el historiador Womack resume: —Zapata regresó malhumorado a Morelos y lleno de resentimiento de la oportunidad dorada que las fiestas del centenario le habían ofrecido en los establos de De la Torre y Mier. Al parecer el caudillo se cobraba así una afrenta que Nacho de la Torre le había hecho en el pasado.

Inició entonces otro calvario para Amada, a la zaga del caudillo morelense, para intentar persuadirlo de liberar a De la Torre. Ni siquiera pudo hablar con Zapata. Para colmo, el 2 de julio de 1915 Amada recibió un cable firmado por su medio hermano Porfirio notificándole la muerte del general Díaz.

En los siguientes 2 años Amada sólo supo de su marido por ocasionales recados enviados con personas de confianza, pero jamás pudo reunirse con él en los campamentos zapatistas. Finalmente, en marzo de 1918, recibió un telegrama que Ricardo Orozco reproduce en su novela: «Abordando buque para Nueva York… Padecimiento impídeme caminar. Te informaré donde esté, espero verte pronto». Días más tarde otro telegrama informó a la mujer que su marido estaba internado en el Sanatorio Stern.

Aire de melancolía

A finales de marzo Amada llegó a Nueva York, donde encontró a su marido en cuidados intensivos pues, a decir de Orozco, «tenía destrozadas las paredes rectales y despedazado el esfínter del ano». La falta de atención médica hizo que el mal se extendiera a otros órganos. Aunque lo operaron, el hacendado murió.

Como a Ignacio de la Torre aún le quedaban algunas propiedades y dinero en el banco Amada Díaz —su heredera universal— quedó en una situación desahogada. Nunca se le amargó el carácter: su sobrino nieto Porfirio Rincón Gallardo la recuerda como una mujer alegre: — Jamás la vi sin sombrero. Era muy bromista, bastante campechana y lo mismo hablaba con sus sirvientes que con el director del Banco de México. En lugares como la panadería El Globo, El Palacio de Hierro y el Banco Nacional de México era atendida siempre por los dueños y tratada como cliente distinguida. Siempre vivió a lo grande.

Preocupada por su belleza, usaba cremas antiarrugas, se hacía manicura en los dedos deformados por la artritis y vivía como una reina: tenía 4 sirvientes que la ayudaban en su casa. Pero no sabía nada de negocios y al final de su vida la estafó Hilario Gabilondo, gerente del banco donde la mujer tenía sus ahorros.

Prácticamente en la ruina, tuvo que vender los cubiertos de plata, vajillas, alhajas, pero se salvó de la miseria gracias a su sobrino Eduardo Rincón Gallardo y Díaz, que se mudó con ella y sufragó los gastos de la manutención de la casa. Después del incidente se hizo aún más religiosa y dio en vestir siempre un hábito franciscano. Una vez por semana la visitaba el arzobispo de México.

Amada nunca reveló quién fue su madre: a los sobrinos sólo les confió un nombre, Amantita: —Sabemos al menos los nombres de otras 2 posibles candidatas: Rafaela Quiñónez y una señora de apellido Saavedra —explica Porfirio Rincón—; lo único que parece seguro es que se trató de una soldadera que acompañó a Porfirio Díaz en sus campañas.

En lo que todos coinciden es que fue la hija preferida del general Díaz. Murió en agosto de 1962, sin amargura: —La tía Amadita fue muy desgraciada en su matrimonio, jamás habló mal de Ignacio de la Torre —afirma Porfirio Rincón—, aunque en sus últimos años se le notaba un aire de melancolía.