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¿Qué estamos haciendo mal como país?

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  • Ante un escenario donde la delincuencia, la violencia y la polarización parecen sobrepasar la fuerza del Estado, decidimos entrevistar a tres líderes de opinión para que nos explicaran las razones y los orígenes de esta crisis y nos ofrecieran posibles soluciones.

 

Orígenes y razones

Carlos Elizondo Mayer Serra

(Profesor-investigador del CIDE)

Circunscribiendo las responsabilidades y explicaciones a los dos últimos años, creo que el Presidente Peña hereda una situación complicada pero la descuida. Ya había una serie de advertencias de los problemas en Guerrero y no hubo una respuesta adecuada. ¿Dónde estaban las áreas de inteligencia del gobierno federal en estos dos años en que se fueron acumulando los problemas? En segundo lugar, se sabía que desde hace varios años en la Normal de Ayotzinapa había un comportamiento de los estudiantes que no estaba vinculado con la tarea educativa, un espacio donde ni el gobierno estatal ni federal tenían injerencia ni el control que se necesitaría pues (ellos) habían participado en hechos violentos al principio de la administración, incluida la toma de la carretera de Acapulco y de una gasolinería sin que hubiera consecuencias. En tercer lugar hubo un descuido por parte del PRD sobre quiénes eran sus candidatos.

Tal como escribió María Amparo Casar: los problemas serios no se atendieron y para cuando estallaron, éstos ya tenían una dinámica muy complicada, generando una reacción de grupos sociales no vinculados directamente al evento.

También influyó un presidente que tiene como propuesta la moralización y la reforma de México y no se cuidó ese aspecto. La suma de credibilidad volvió muy complicado enfrentar la reacción social, justificada  con relación a los crímenes de Iguala.

Por otro lado, se tiene una economía que no ha crecido lo que se esperaba, una economía mundial donde el precio del petróleo es menor con las serias implicaciones fiscales y eso genera un panorama de difícil manejo.

Aunque son los ciudadanos los que deben romper el equilibrio, por lo que puedo entender, los empresarios locales tampoco presionaron a las autoridades para investigar lo que debían ante una  colusión creciente entre crimen organizado y gobierno. Se les puede señalar eso, la omisión. Pero también es muy cierto que cuando las autoridades están vinculadas, ¿a quién le denuncias? Ante el nivel de deterioro de las instituciones, tampoco es fácil para esas personas que quisieran movilizarse hacerlo y tener el impacto adecuado.

Eduardo Bohorquez

(Director General de Transparencia Mexicana y Director ejecutivo de la Fundación Este País, A.C.)

Muchos de los problemas que hoy se hacen evidentes en las primeras planas, en la prensa internacional y en la opinión pública, son dolencias que el país arrastra ya desde hace muchos años pero que de una u otra forma creemos que se pueden paliar con ciertas políticas públicas. El tema de la desigualdad no es nuevo. Ya en el 2000 cuando los medios me preguntaban lo que debía distinguir a un candidato presidencial de otro, les decía con claridad que aquel que enfrentara la desigualdad económica y social de nuestro país. La desigualdad siempre ha estado pero no es sino hasta estos hechos recientes que lo hemos reconocido como un grave problema. Hago la diferencia con la pobreza, porque la pobreza  supone la distribución de los costos de manera promedio, ya no estamos hablando de un país pobre, sino de un país que tiene altos niveles de desigualdad. Eso es un tema que ha estado ahí.

Otro problema, ya señalado desde hace muchos años por Gabriel Zaid, es el de la corrupción  que venimos arrastrando desde hace 45 años e históricamente desde la Colonia. Pensamos que la alternancia por sí misma iba a resolver la corrupción,

después pensamos que con la apertura en la información pública el problema se iba a resolver, pero el problema sigue latente y se materializa ante los ojos de todos.

Un tercer problema es la inexistencia del estado de derecho en la práctica. La falta de respeto por la legalidad, el que la ley no sea el eje rector de la conducta de las personas, empresas, gobernantes, sino que en realidad es un marco de referencia, no un eje rector. Cuando la ley no nos conviene entonces somos capaces de cambiarla por algo más. Cuando nos conviene exigimos legalidad y justicia. A esto debemos sumar la distancia entre representantes y representados, lo que podríamos llamar una crisis política de representación que también nos ha acompañado desde 1976, en el que se hizo evidente que la pluralidad y diversidad del país en términos de preferencias ideológicas y políticas ya no era apropiadamente registrada por un sistema de partido hegemónico. Por eso desde entonces varias reformas políticas han venido ocurriendo en los últimos 40 años, que de alguna manera tratan de paliar los problemas de representación política y la distancia entre la ciudadanía y su gobierno en términos de confianza. Lo que ha ocurrido es que estos cuatro y otros ejes distintos se vuelven evidentes y se nos aparecen con tanta virulencia siempre que hay un liderazgo que dice que nos va a llevar a un nuevo y mejor estadio en el corto plazo. Nos pasó tanto con los presidentes Salinas y Zedillo (TLC, OCDE) y la esperanza de que íbamos a entrar al primer mundo.

Tengo la impresión de que el momento político en el cual el presidente Peña determina que el ciclo reformador ha concluido, es una señal de tal fuerza para la sociedad y la opinión pública que no ha visto cambios concretos ni en su bolsillo ni en su calidad de vida, que viene una reacción.

El ciclo reformador podría haber concluido, como señalaba el ejecutivo federal, pero ese ciclo reformador no es todavía capaz de darles resultados concretos y tangibles a los ciudadanos.

Sara Sefchovich

(Socióloga e historiadora, profesora e investigadora de la UNAM)

Una es la responsabilidad de un gobierno que no hizo su tarea, en el sentido de que solamente se preocupó por crear instituciones, hacer leyes, repartir dinero sin fijarse si las cosas estaban llegando a donde tenían que llegar, si estaban haciendo lo que era la obligación central, que es, hacer que la vida de los ciudadanos sea vivible.

La verdad es que para los ciudadanos en México es muy difícil vivir. Todas las burocracias nos tratan mal, los trámites  son infinitos y nunca los pueden resolver, tus calles nunca nadie las puede barrer, nadie puede tapar un bache y nadie les pone un foco, así vivas en el centro de la ciudad de México o en la región más alejada del mundo, y todo eso que podría hacer que la vida de un ciudadano fuera vivible, no lo es. Desde el policía del nivel más bajo hasta el funcionario del nivel más alto, nunca te toman en cuenta. Entonces, entre que ellos no te toman en cuenta y entre que no hacen su función para que la vida de los ciudadanos sea mejor, tenemos un bache muy importante que en muchos lugares tiene mucho tiempo manifestándose, entre ellos Guerrero y Michoacán y que nadie pensó que esto iba a llegar hasta donde está llegando.

La otra responsabilidad la tenemos los ciudadanos que también nos hemos quejado de todo esto porque pues todos esos funcionarios y burócratas que no cumplen y son corruptos, salieron de nosotros, no caen del cielo. Salieron de la sociedad mexicana. Andar diciendo que ellos son diferentes y que nosotros somos los buenos de la película, tampoco funciona. Ya es hora de darnos cuenta que nosotros también tenemos responsabilidad en este enorme desorden social.

El desorden social se remonta en la historia hasta perderse. Pareciera que todo lo que está ocurriendo ahora hubiera salido de la nada, pero no es cierto. Todo eso tiene una larga historia, tanto de desatención de las autoridades a los problemas de corrupción e impunidad como por parte de los ciudadanos que lo hemos permitido.

 

¿Cómo podemos cambiar esta situación?

Carlos Elizondo

La autoridad debe darse cuenta que es incompatible el proceso que quiere encabezar con la debilidad de las instituciones y con el abuso de quienes tienen el poder para asignar recursos a una empresa o a un grupo de individuos. La crisis hoy le está pegando a toda la clase política y puede terminar erosionando más su legitimidad. Esperaría por un lado una sociedad mucho más crítica, mucho más enojada en este tipo de temas y que por vía de movilizaciones, Twitter, redes sociales, etcétera, pudiera incentivar a quienes dentro del gobierno o de los tres partidos quisieran usar esta crisis para fortalecer las instituciones, las que combaten la corrupción, las que generan más transparencia, las propias policías. Existe algo de eso en las propuestas del presidente pero me parece que centran su atención en la parte de seguridad y ponen mucho menos énfasis en la corrupción primero; su propuesta de seguridad es muy apresurada porque es una visión muy elemental de que todo es mover la constitución y las fuerzas estatales de un lugar a otro, cuando de lo que se trata es, como lo han hecho con cierto éxito algunas entidades como Nuevo León, construyendo una nueva policía, invirtiendo dinero. Ya si no se tiene mando único o no, es lo de menos, lo importante es que funcionen. Porque darle el mando único a una institución corrompida, abusiva, extorsionadora a la que ciudadanía no le tiene confianza,  a las hordas de un gobernador que  lo va usar con fines políticos, no resuelve nada.

El papel del ciudadano es presionar, obtener información para hacer una crítica razonable y en el momento del voto que tendremos en 2015 escoger, como siempre, por el mal menor.

Eduardo Bohorquez

Creo que parte de lo que estamos viendo es que se encuentran dos generaciones, una que es la que le tocó la transición política entre el 76 y el 88, y otra que nació alrededor de 1982 y 83 y que está convencida de que el país tiene otras prioridades y otros atributos. No diría que tenga mayor propensión a respetar la ley o a evitar la corrupción, sino que sencillamente está más conectada con el mundo, mucho más informada, es menos paciente con la autoridad, más crítica, tiene más espacios para expresar su opinión y pues está tratando de encontrar su camino y su destino como generación y creo que lo interesante de este momento es que por un lado la clase política y por otro la sociedad, están empezando a encontrar en la legalidad, en el estado de derecho, en la protección de los derechos humanos, un terreno común para construir el México del siglo XXI. Ése es el lado positivo. Ambas partes, una por razones políticas y otra por razones sociodemográficas, coinciden en que este es un momento para transformar el sistema.

En este momento es suficiente con la consistencia, reconocer que hay puntos en común. En este momento no hay un solo proyecto de nación, hay muchas visiones de lo que tiene que ser el país y como cualquier otra sociedad en transición tenemos que determinar en qué coinciden estas visiones del país. Me alegra que uno de los puntos de comunión sean los derechos humanos, que se empiece a cuestionar el poder casi absoluto de los gobiernos estatales y municipales, que nos preocupemos de manera solidaria por lo que vive un connacional independientemente de su origen socioeconómico o geográfico, que no seamos indiferentes a la violencia del crimen organizado o las propias autoridades que violan los derechos humanos.

 

Sara Sefchovich

Mi propuesta para el cambio es una propuesta  hereje, completamente diferente a la que propone el gobierno que ha elegido la violencia para combatirlo o la de  muchos especialistas e intelectuales que de manera muy brillante, inteligente y bien construida, nos dicen que lo que hay que cambiar en la sociedad para que ésta mejore: la corrupción, la educación. Sería imposible no estar de acuerdo con ellos.

El problema es que mientras no cambiemos algo más abajo esto no puede funcionar. Por ello digo que para que todo cambie debemos empezar por lo esencial que es la familia. Si la familia no cambia en su relación hacia la sociedad, en su manera de ser ciudadana, en su manera de construir desde la base la relación que tenemos con la educación, con el dinero, con el gobierno, con todo, esto no puede cambiar.

MI libro ¡Atrévete! Propuesta hereje contra la violencia en México propone a las mamás y les echa a ellas una buena parte de la responsabilidad en un sentido metafórico y real. Real porque muchísimos hogares mexicanos están presididos por la madre y en un sentido metafórico porque por madre se puede entender toda la red primaria de los afectos y la educación de todos y cada uno de los ciudadanos.

Cuando las familias se decidan a intervenir esto cambiará; ya no se tratará de la capacidad o incapacidad del Estado sino de la capacidad de los ciudadanos.

Las mamás de los delincuentes deben dejar de ser cómplices, de aceptar que, aunque se beneficien, están aceptando algo incorrecto. Hasta ahorita estas madres  aceptan eso y siempre defienden a sus hijos, aunque haya 20 videos o testigos, mientras ellas sigan con esta complicidad no solucionaremos nada.

El punto  de partida tiene que darse en lo más básico de la sociedad, porque de otra manera, todos se están beneficiando de la delincuencia y en esa medida, todos están siendo cómplices, no me refiero al cien por ciento de la sociedad mexicana, pero sí hay una parte importante de la sociedad mexicana que es cómplice, ya sea por su silencio o porque no se opone.

Las madres de las víctimas que empezaron a peregrinar para exigir justicia respectos a casos como de los feminicidios, de los migrantes, nos dieron una gran lección de cómo se adquiere una conciencia social y cómo se establece un método de lucha. En el caso de los padres de Ayotzinapa fueron ellos los que levantaron a la sociedad al negarse a aceptar versiones o respuestas rápidas.

Dejemos de ser una sociedad que espera todo del gobierno y sostengámonos en la familia, hagámosla el centro mismo de la sociedad.