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Cuando el amor enferma

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Por Mariana Chávez

 

  • Frases como “Por ti daría la vida” o “Eres todo mi mundo”, que en apariencia denotan un amor verdadero, en realidad pueden esconder una peligrosa patología.

 

Cuando el jarocho Luis Gómez (de 35 años de edad) oyó a su esposa decir que quería el divorcio, sintió que le faltaba el aire y apenas tuvo fuerzas para encerrarse en su recámara. Esa noche ella comenzó a empacar sus cosas y cuando quiso entrar al cuarto por su ropa, él no abría la puerta ni respondía los llamados. La mujer pidió ayuda a varios vecinos para entrar a la habitación, donde descubrió a Luis inconsciente en la cama, pues se había intoxicado con decenas de pastillas y alcohol. Sobre el buró había una nota que rezaba: «Sin ti no puedo vivir». Afortunadamente los paramédicos llegaron a tiempo y Luis sobrevivió, pero su matrimonio no.

Algo similar le sucedió a Carmen Lara (madre de una niña de 4 años), quien tan pronto firmó el divorcio dejó de comer y pasó 5 días sin salir apenas de la cama, ajena hasta a las necesidades de su hija, que en ese tiempo se alimentó sólo con salchichas, jamón y queso que halló en el refrigerador. Carmen pasaba las tardes mirando por la ventana, a la espera de que su ex marido volviera. Tan fuerte era su deseo que en una ocasión alucinó que el hombre se encaminaba a la casa y bajó a recibirlo. No encontró a nadie, por supuesto, pero el episodio le sirvió para descubrir a su hija dormida de hambre en la sala de la casa.

Señala la doctora en psicoanálisis Norma Elena Vidaurri Jiménez, de la Asociación Mexicana de Psicoterapia Analítica de Grupo, que el amor es el sentimiento más complejo del ser humano. Aunque para muchas personas resulta sencillo decir “te amo”, la forma de expresarlo en los hechos es variada, y si se mezcla con problemas emocionales el resultado puede ser incluso agresivo: —El amor es una conducta que une 2 instintos: eros y tánatos, los impulsos hacia la vida y la muerte, el cariño y el odio —explica.

Desde el vientre

El desarrollo emocional de un ser humano comienza en el vientre materno, donde se siente protegido aunque las condiciones externas sean adversas. En cuanto nace y se corta el cordón umbilical el niño experimenta su primera separación y por ende una angustia de muerte, luego contrarrestada por el afecto, las atenciones y la alimentación brindados por la madre, que constituyen los vínculos originarios y primordiales, y que hacen al infante considerarse foco exclusivo de la atención de la madre, a quien considera una extensión de sí mismo obligada a prestarle cuidado continuo como prueba de amor.

De acuerdo con la teoría psicoanalítica, cuando el bebé se percata de que la madre es un ser diferente, independiente y con otras relaciones, sobreviene la primera ruptura amorosa de su vida: —Los 2 miedos más profundos del ser humano son la pérdida de la persona amada y del amor brindado por esta —explica Vidaurri—. En ellos se concentran otros temores, como el de perder la vida.

Más tarde en la vida, las rupturas amorosas remueven esos 2 miedos y, si no se cuenta con recursos emocionales suficientes, la rabia y la desolación son de tal magnitud que se considera imposible la vida sin el amor perdido. Por ende, resulta inútil satisfacer el resto de las necesidades cotidianas, como trabajar, comer o dormir, y en ocasiones los afectados se dejan morir o, en casos extremos, asesinan a su pareja: —Conductas como el suicidio, el asesinato o la depresión profunda ante una pérdida amorosa enmascaran no un afecto genuino —advierte la especialista—, sino alguna enfermedad psiquiátrica.

La también académica de la Universidad Pedagógica Nacional apunta que las expresiones de amor en la vida adulta son variadas e inconscientemente están marcadas por la manera en que se vivió la relación de amor con la madre, el contexto sociocultural y la estructura de carácter de cada persona: —Lo preocupante es que hoy las expresiones de amor se vuelven cada vez más violentas entre los amantes —indica.

Rabia profunda

Por su parte, la maestra en psicoanálisis Ana Lorena Ramírez, del Instituto de Investigación en Psicología Clínica y Social, afirma que en parte el problema se debe a la tendencia de algunas madres mexicanas a ver a sus vástagos como una inversión para su futuro mientras les impiden establecer relaciones sanas con otras personas: —Actúan como si “depositaran” el afecto prodigado a los hijos en una cuenta de inversión, de la cual más tarde tendrán derecho a exigir dividendos y es entonces cuando inician los chantajes del estilo: «Yo te di la vida, yo te alimenté, yo te cuidé, ahora haz lo que quiero.» —señala.

—Lo que no perciben esas mujeres —agrega—, es que instilan y refuerzan en sus críos la noción del amor como la exigencia de que los demás satisfagan las necesidades de uno. Muchos infantes jamás aprenden a dar ni a recibir desinteresadamente, base de toda relación interpersonal sana.

Para la doctora Vidarurri un aprendizaje de este tipo también puede desatar una forma de amor narcisista, donde la persona piensa que debe recibir sin la necesidad de dar nada a cambio, pues sólo quiere ser admirada y deseada y en cuanto lo logra se aleja. Por lo tanto no se comprometen, no se preocupan por comprender ni mucho menos por atender las necesidades de sus parejas y, en cambio, a la menor falla culpan al otro: —Estas personas utilizan a sus parejas como objetos sexuales, económicos o intelectuales para dar prestigio o ser admirados —dice.

El problema, señala la maestra Ramírez, es que al sobrevenir la ruptura experimentan una rabia profunda contra el que se va, pues pierden la oportunidad de recuperar la “inversión” depositada en el ingrato o la ingrata. En esos casos es común escuchar quejas del tipo «Le di mi tiempo; mi dinero; mi corazón; mis mejores años; mi virginidad.» —La gran pregunta es: ¿para qué lo hacían? La respuesta es obvia, pero muchos lo niegan, para tener derecho a cobrase en moneda de amor y recibir reconocimiento y cariño.

De acuerdo con la doctora Vidaurri otros elementos que intervienen en el establecimiento de malas relaciones amorosas es el contexto social, que hoy ha convertido la búsqueda de pareja en una especie de mercado: «Cuánto tienes, cuánto vales», «Cuánto me das, cuánto te quiero» o «Cuánto poder tienes, cuántas parejas puedes tener».

—Las parejas son convertidas en mercancías desechables —explica—. No falta quien opte por tener muchas parejas al mismo tiempo en intento vano de mitigar necesidades insaciables —indica—. Por eso no son raros los hombres que tienen una esposa, que funge como madre, y una o varias amantes para satisfacer la parte erótica. Esto se debe a que la persona no tiene la capacidad de encontrar en su pareja ambas cualidades, y no porque no las tenga, sino porque no las puede ver.

Rasgos negativos

La violencia y la inestabilidad familiar son elementos que también favorecen relaciones patológicas, de tal forma que los niños aprenden a amar a través de agresiones físicas y emocionales. La doctora Vidaurri apunta que una de las formas más violentas de relacionarse son los celos, que si bien son emociones naturales como el odio o el amor y se consideran una muestra de afecto, pueden poseer rasgos muy negativos y destructivos: —Resultan anormales cuando son permanentes —señala.— En ese caso desgastan y perturban la relación afectiva con reproches, reclamos y una serie de demandas irracionales al ser querido.

Hoy los celos extremos son considerados un trastorno psiquiátrico denominado celotipia, que se caracteriza como la idea delirante de que la pareja tiene un amante fijo o es infiel con varias personas. Esta idea se apoya sobre hipótesis erróneas sustentadas en hechos como llamadas recibidas en el teléfono celular, que bastan para que el celoso arremeta contra su pareja.

Así le sucedía a Dolores Garduño —oaxaqueña, de 30 años de edad—, quien además de revisar los mensajes de texto del teléfono celular y el correo electrónico de su marido llegó a dejar el trabajo para seguirlo todo el día y así descubrir si tenía o no una amante. Finalmente perdió el empleo y el esposo, cansado de los pleitos a diario, terminó por alejarse.

Un caso más extremo fue el de Julián Garza —guerrerense, de 50 años de edad—, quien no permitía a su esposa salir de la casa salvo que fuera desmaquillada y muy tapada. No obstante, las miradas casuales que algunos hombres dirigían a la mujer lo enfurecían al grado de jalonearla y arrastrarla al hogar. Luego, Julián dio en revisar las pantaletas de su esposa al volver al trabajo, para asegurarse de que no había estado con otro varón.

—Los celos surgen en las primeras etapas del desarrollo emocional, cuando el bebé se percata de la existencia del padre y de los hermanos y que comparte con ellos el amor de su madre. Hasta cierto punto esa emoción es normal, pero si se torna patológica el afectado busca controlar al ser amado (a partir de la adolescencia, a la pareja), a quien considera una posesión, pues experimenta una gran angustia ante la idea de su pérdida al tiempo que siente una gran necesidad de ser mirado y valorado por otros —explica Vidaurri—. Por su parte, quienes se relacionan con gente celosa son personas con muy baja autoestima, que sólo se creen amados si son víctimas de acoso, pleitos y reclamos.

Los celosos, aclara Vidaurri, tienden a percibir como amenazas sólo a cierto tipo de personas a quienes en el fondo admiran por su belleza o cualidades y a quienes consideran mejor que ellos. Julián sólo sentía celos de los hombres rubios, musculosos y de buen porte: —Aunque suene extraño, todos los seres humanos tendemos hasta cierto punto a la bisexualidad —añade—. Y personas como Julián enmascaran con los celos la atracción y el deseo que sienten hacia el rival, lo cual evidentemente no pueden reconocer, sobre todo si se trata de “machos mexicanos”.

Alucinaciones verdes

El problema puede tener fundamentos bioquímicos, según arrojaron ciertos estudios en enfermos de la glándula tiroides, más propensos a sufrir de obsesiones, manías o neurosis. En el terreno psiquiátrico los celos —motejados por el dramaturgo inglés William Shakespeare como “El monstruo de los ojos verdes” (ver recuadro)— han sido asociados con cuadros de delirio paranoide, consistente en una serie de alucinaciones en las que el enfermo cree que su pareja flirtea o es objeto del coqueteo de otros.

Otro delirio relacionado con el amor es el de tipo erotomaniaco, en el que una persona se cree enamorada de otra, a la que idealiza al extremo y por la cual experimenta escasa atracción sexual. Normalmente, el objeto del deseo ocupa un estatus superior, aunque también puede ser un auténtico desconocido. Pocas veces este falso enamoramiento es mantenido en secreto, pues quien lo sufre trata de entrar en contacto con su amado mediante cartas y regalos.

Así lo vivió la jalisciense Roxana Álvarez —de 21 años de edad—, quien mientras cursaba el penúltimo año de medicina fue acosada por un compañero que no sólo saturó su correo electrónico y su teléfono celular con mensajes, sino que la seguía a todas partes, incluso cuando viajaba. Al llegar a un hotel o restaurante, la muchacha se topaba con regalos de su “enamorado”. La persecución llegó a tal extremo que Roxana, temerosa por su seguridad, decidió mudarse a otro estado apenas concluyó la carrera.

“Vivo por ti y para ti”

Otra manifestación enfermiza del amor es la dependencia de la pareja, con quien buscan mantenerse a toda costa pues tienen poca tolerancia a la soledad y al abandono: —Para estas personas su único valor radica en ser parte de la vida del otro, por lo que también se pueden convertir en excelentes ayudantes, enfermeras o secretarias con tal de sentirse necesitadas —señala Vidaurri—. Su “amor” se asemeja a una adicción y si las abandonan presentan un auténtico síndrome de abstinencia.

Tal fue el caso de Silvana Domínguez —de 45 años de edad—, con quien su esposo se mostró muy violento desde el primer día de matrimonio: —Discutimos en la noche inicial de la luna de miel y él me mojó, me amarró a una silla y me dejó sentada toda la noche expuesta al aire acondicionado de la habitación. Al día siguiente me pidió disculpas y seguimos adelante —relata—. Con los años tuvimos un par de hijos, yo dejé mi carrera y me convertí en su asistente al tiempo que mantenía la casa en excelentes condiciones.

«La violencia nunca cesó, sobre todo cuando tomaba. Aunque me engañó varias veces yo no podía dejarlo, pues creía amarlo y pensaba que él, a su manera, también me quería, porque nunca nos faltó el dinero y me concedía algunos caprichos. En una ocasión en que él se fue de la casa mi dolor era tan grande que decidí quemarme los brazos con la brasa de un cigarrillo, en un intento de que el dolor físico me distrajera de la angustia.»

La envidia, indica Vidaurri, también es una enfermedad muy común del amor. La presentan sobre todo personas con tendencia a la voracidad, empeñadas en poseer todo e incapaces de compartir. Si sus parejas son más exitosas, los afectados son capaces de destruir la relación con tal de no sentirse inferiores. Esta patología es más común cuando ambos tienen la misma profesión.

La periodista Ana Cabrera —de 25 años de edad— lo experimentó en carne propia. Desde su noviazgo con un reportero muy exitoso siempre buscó entrar a las editoriales donde él trabajaba. Tras casarse se embarazó y eso frenó unos años su desempeño profesional al tiempo que él escalaba posiciones. Ana no podía soportar sentirse rezagada y no disfrutó la maternidad; en cambio, se concentraba en reprochar al marido que no estuviera en casa y no le dedicara tiempo. Al cabo, se desgastó la relación y se divorciaron.

Concluye la especialista que tanto los enfermos de amor como sus parejas experimentan problemas emocionales muy profundos, casi siempre difíciles de detectar y aceptar por los afectados si no buscan ayuda profesional: —Invariablemente requieren tratamiento psicológico y a veces psiquiátrico —sostiene—. Cuando no lo reciben, más que disfrutar el amor lo sufren y, lo peor de todo, es que si tienen hijos seguramente éstos terminarán por contraer el mal de amores cuando crezcan.