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Santo Domingo de Guzmán

Por Fernanda de la Torre Verea

Suspiros. Sorpresa. Eso es lo que escucho invariablemente cuando los visitantes cruzan mi umbral por primera vez. ¡Me gustan tanto esas muestras!  Algunos dicen que soy la iglesia más bonita de mi país. No puedo confirmarlo, pero sí me gusta escuchárselo decir a los visitantes. A veces, sus ojos se llenan de lágrimas y dicen sentirse más cerca de Dios. Ese sentimiento es la verdadera belleza. Ustedes se admiran al ver mis paredes decoradas con maestría; yo, de la capacidad de asombro y de la belleza del ser humano.

Algunos me consideran el corazón del centro de la ciudad de Oaxaca. Lo cierto es que he sido y sigo siendo testigo de muchos eventos que han marcado no sólo la historia de mi ciudad, sino del país. He vivido muchos momentos felices –me emocionan especialmente las bodas– y también podría relatar varios eventos tristes, de injusticia y desolación.

Hace casi 5 siglos comenzaron a levantar mis muros, los del templo y convento de Santo Domingo de Guzmán. Hacia 1570 empezaron los buenos frailes a revisar proyectos. Había un compromiso de terminarme en un plazo corto de 20 años. Me apena contarles que no se cumplió ni remotamente. Es sabido por todos que me inauguraron sin estar listo, en 1608.

Me construyeron en forma de cruz latina, algo común en los templos de la época. En mi interior hay 10 capillas. Mi fachada es sobria, elaborada de cantera de la región; tiene una altura de 26 metros y las torres de 35 metros. En la portada se encuentra, naturalmente, Santo Domingo acompañado de San Hipólito, que sostienen un templo en el que desciende el Espíritu Santo.

Desde luego que la fachada es bonita, mis cúpulas cubiertas están adornadas con azulejos, pero creo que lo que me hace único y arranca suspiros es mi interior. El retablo, el altar, los muros y el techo están decorados con círculos, óvalos y medallones de personajes bíblicos, tienen relieves chapeados en oro y minuciosas decoraciones. El espacio tiene una red de entrelazos con ángeles y querubines. Por ello me consideran uno de los ejemplos más sobresalientes del barroco mexicano, con el árbol genealógico de Santo Domingo de Guzmán y 36 pinturas que se localizan en el arranque ilustrando pasajes del Antiguo Testamento. Los domos superiores reproducen escenas de la vida de Cristo y de la virgen María.

El siglo XIX no fue un buen siglo para mí. En 1812 me ocuparon los ejércitos realista e insurgente que participaban en la Guerra de Independencia. Tiempo después llegaron los centralistas y federalistas. Cuando asumió el poder mi compatriota Benito Juárez –y a pesar de que se educó a pocos metros de aquí– no hizo nada para salvarme. En 1859 con la expedición de las Leyes de Reforma, fui destinado para albergar al Ejército mexicano. Tantas ocupaciones me dejaron en ruinas. El templo fue destruido, los retablos, ¡mis preciosos retablos! consumidos por el fuego y se llevaron cada centímetro de las láminas de oro que los recubrían. Caballos pululaban por las capillas y para colmo los militares instalaron una letrina en el lugar en donde alguna vez estuvo el altar. Únicamente la capilla del Rosario fue reabierta al culto en 1898.

La tristeza me consumía. Afortunadamente, a principios del siglo XX, otro oaxaqueño me devolvió al culto católico en 1902. Por órdenes de Porfirio Díaz, mis muros volvieron a servir para lo que fueron creados. Con el regreso de los dominicos, comenzaron las importantes obras de restauración. No fue una tarea rápida, ni fácil. El retablo mayor, tal y como lo vemos hoy, fue inaugurado en1959. Poco a poco fui recuperando mi antiguo esplendor. Tan bonito quedé, que Su Santidad Juan Pablo II, ofreció, en estos muros, una misa para los enfermos en su visita en 1979.

Algunas cosas sí cambiaron. Y me atrevo a decir que para bien. La que alguna vez fue una huerta, hoy es un magnífico jardín botánico, con especies nativas del estado. Lo que fuera el convento, la sede del Museo Regional de Oaxaca.

Me gusta ser el corazón de la bella ciudad de Oaxaca, parte de sus alegrías y de sus tristezas. Ser un referente para quienes la visitan y me gustan los suspiros de admiración de los visitantes, en especial cuando el sol se oculta y me ilumino con un resplandor dorado.

@FernandaT