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“Todas las mañanas, cuando despierto […] experimento un placer supremo: el de ser Salvador Dalí”. En la colección de esculturas dalinianas, en Museo Soumaya, desfilan jirafas, caracoles, hormigas, caballos, dragones, unicornios… los más alucinantes serán los paquidermos.

Bajo el método paranoico-crítico, los pares opuestos convergen y se funden en estas piezas. “Me gustan mucho los cráneos de elefante. Especialmente en verano. No puedo pasarme sin ellos. No concibo un verano sin ver un cráneo de elefante”, redactó Dalí en julio de 1952, en Diario de un genio. Presuponen gravidez y ahora se sostienen en delgadísimas patas de jirafa. Frágiles huesos de los que pende la realidad. También la vía láctea en aquellas refracciones del obelisco de resina y oro inspiradas en los clásicos.

“El tema del triunfo de los héroes del mundo antiguo fue fundamental para la iconografía renacentista –apunta la investigadora Lucia Impelluso–, en sus variadas representaciones pueden verse elefantes lujosamente enjaezados que tiran de carros y varios enseres fruto del botín de guerra, […] pueden además tirar del carro del triunfo de la fama”.

En los bestiarios medievales se le recuerda por la pureza, ya que se pensaba que no lo movía el instinto sexual. Cesare Ripa en su Iconología le atribuye fuerza, mansedumbre y templanza. Los símbolos poderosos abrevan de igual forma en el lado oscuro. Las elefánticas esculturas de Museo Soumaya tienen su origen en Las tentaciones de san Antonio, en el Museo Real de Bellas Artes de Bruselas, Bélgica. El lienzo de 1946 representa al ermitaño en el desierto. Desnudo y en la misma posición del famoso Gabinete, con la cruz en la diestra ahuyenta al mal. Para Dalí, los caballos de pezuñas desgastadas aluden al triunfo. La mujer que muestra complacida su desnudez, representa la vanidad y la lujuria. Oro y riquezas en la pirámide, así como las espléndidas monturas, serán rechazados por el asceta.

Aspectos fuera de la lógica bordean la reducción al absurdo. Las trompas fálicas en ambos serpentean. Hay ciertas imágenes que provocan el éxtasis, el cual provoca a su vez ciertas imágenes. Se trata siempre de visiones auténticas y esencialmente surrealistas. El artista abre una dimensión entre el cielo y la tierra, que se materializa en estas obras. Alude a la levitación. Atomiza la gravedad y aquellos referentes místico-corpusculares. Torrente simbólico como objeto-sujeto-animal de deseo.

Dalí cumple 30 años de haber fallecido. Justo hace unos meses se abrió su tumba con la obtusa esperanza de que una señora fuese la hija de Dalí. Nada más surrealista. A tres décadas de aquel 23 de enero de 1989, el maestro que inspiró sensuales versos de Federico García Lorca es referencia obligada del arte. Los grandes museos lo exhiben y el público, ávido de derretirse al compás de sus relojes, hace filas kilométricas.

Para dar la bienvenida en la explanada de Museo Soumaya en Plaza Carso, un elefante triunfante también anuncia un nuevo año con grandes retos y sueños… En palabras de los poetas Eugène Grindel, conocido como Paul Éluard, y Benjamin Péret: “Los elefantes son contagiosos”.


El elefante espacial

Salvador Dalí

Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domènech

(Figueras, Cataluña, España, 1904 – 1989)

Gouache preparatorio: 1980

Fundición: 1980, Tesconi

Bronce dorado, pátina negra y café