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¿Sabes dónde estaba la Casa de la Acequia en la Ciudad de México?

Nuestro columnista Alberto Barranco Chavarría te invita a descubrir en qué parte del Centro Histórico de la Ciudad de México se hallaba esta antigua construcción, que albergó a una tradicional librería y fue refugio de diversos intelectuales.

Foto: Pxhere

Integrados a las piedras viejas, los ecos cantan de vez en vez sus recuerdos: el choque de la fatigada carga de plata al fragor del empedrado. El monótono grito de los serenos. El susurro de las sedas. El jadeo del peladaje huyendo de la bola. Cuatro siglos de historia: de un girón del esplendor de la ciudad imperial de México-Tenochtitlán al arrogante paso del Virreinato. La Independencia. La Revolución.

Ahí cruzó su infancia el maestro Daniel Cosío Villegas, aquel de los artículos incendiarios en la exigencia de hacer pública la vida pública. Ahí sesionó, solemne y engolado, el Ateneo Cultural “Alfonso Reyes”. Ahí se cobijó la escandalosa tertulia gastronómica del club “El Molcajete”. Ahí se asentó, al grito de “este-año-sí-se-cae-Franco”, el Ateneo Español.

Ahí encontró refugio la tradición invencible de la Librería Madero.

La Casa de la Acequia Real de Isabel la Católica y San Jerónimo, motejada como Casa de los Filósofos, donde corre aún por su patio un pedacito del agua que conectaba las Casas Nuevas de Moctezuma, el palacio del tlatoani, con el Templo Mayor, ombligo de la grandeza mexica.

Viejas piedras

De la página amarillenta del Virreinato está aún una hornacina al resguardo de una virgen-madre con su hijo en brazos, labrada en piedra; la larga habitación donde se almacenaban granos transportados en canales desde Coyoacán y Xochimilco…

Ahí vivió, en el siglo XVI, Juan Monzón, el escribiente real que edificara el puente que durante 50 años llevó su nombre y a cuya vera se tejieron decenas de leyendas.

Adquirida la casona al siglo siguiente por el conde de Santa María de Guadalupe y Peñasco, al morir intestado la propiedad pasaría a ser casa de recogimiento de mujeres abandonadas que quedaban viudas o se marchitaban en la soltería.

En sus añejas losas correría su infancia, al amanecer del siglo XX, Daniel Cosío Villegas, el fundador de la librería del Fondo de Cultura Económica, el forjador de la Escuela Nacional de Economía…

Años después, devastada la República por el fascismo, la casona serviría de ágora a los refugiados españoles, cuyas discusiones, cuyas digresiones, llenarían cinco tomos.

Libros raros

En la misma ruta llegaría la inolvidable tertulia de la Librería Madero, con sus toneladas de libros viejos, raros, exquisitos…

Fundada en 1950 en la calle de San Francisco por dos españoles, Tomás Espresate y Enrique Naval, con una oferta de obra importada de Argentina, Francia e Inglaterra, para llegar a las ediciones más codiciadas de historia de México, literatura y arte, la tienda se volvería referente para coleccionistas, intelectuales, cronistas e historiadores.

Ahí sesionaban, fuera de la orden del día, los editores de la revista El Espectador. La charla erudita de Luis Villoro, las teorías políticas de Víctor Flores Olea…

Y de pronto, el murmullo se volvía gritería a la llegada del poeta español León Felipe, y de otros personajes como José Moreno Valle, Alejandro Gómez Arias, Max Aub, Enrique González Pedrero, Augusto Monterroso, Jesús Reyes Heroles.

Del cuento más pequeño del mundo a la teoría política, pasando por la poesía: “Para enterrar a los muertos cualquiera puede/ menos un sepulturero”.

Traspasada la librería al amanecer de los ochenta a Ana María Cama, madre del maestro Vicente Rojo, en 1988 llegaría su dueño actual: Enrique Fuentes, con su extraña magia para conseguir ediciones agotadas.

Doble encanto: las joyas editoriales danzando entre las piedras viejas.