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Entrevista a la madre Juana Inés de la Cruz

 

Escritos, memorias, objetos y testimonios históricos fueron los recursos de los que se valió nuestro historiador para conseguir este diálogo literario con Sor Juana Inés de la Cruz.

Sí, me transporté en el tiempo. Los historiadores poseemos el privilegio de comunicarnos con los muertos, particularmente aquellos que dejaron huella mediante sus escritos, sus memorias recopiladas por otras personas, óleos, reliquias, objetos personales, lo que nos acerca de forma directa al pasado.

La madre Juana Inés de la Cruz me invitó a visitarla en el locutorio del convento de San Jerónimo donde vivió la mayor parte de su vida, previo permiso de la madre priora. Desprendiéndome de las vestiduras del siglo XXI me adentré en el apasionante mundo del virreinato novohispano.

Madre, muchas gracias por su tiempo. Sabemos que sus múltiples ocupaciones apenas le dejan espacio para recibir visitas.

Hermano Manuel, usted es bienvenido a nuestro monasterio, conozco su sensibilidad por la vida conventual femenina novohispana. Sé también que publicó dos obras mías, de gran importancia no sólo sobre mi vida, sino sobre la historia religiosa femenina.

Gracias, madre. Me gustaría preguntarle en torno a algunos pasajes de su vida con el fin de que, abusando de la confianza, los puedan conocer mis lectores de la revista Contenido la cual llega a muchos hogares.

Estoy a su disposición, hermano Manuel.

Se ha escrito mucho en torno a la fecha de nacimiento. Nos causa duda…

Lo sé. Mucho tiempo se sostuvo que nací en 1648. La mayoría de mis biógrafos lo anotaron así, pero fue el escritor Alejandro Soriano Vallés quien, habiendo investigado recientemente en archivos, acertó en afirmar que la fecha exacta de mi llegada a este mundo fue en 1650. Nací en la Hacienda de San Miguel de Nepantla y mi nombre antes de ingresar al claustro fue Juana de Asuaje y Ramírez y fui hija natural. Mi madre, criolla, es decir nacida en tierras novohispanas, descendiente de españoles y mi padre Pedro Manuel de Asuaje. Mire que a veces me ponen Asbaje, y nada más falso.

Madre Juana, ¿es verdad que fue una niña genio, como ahora se les llama?

No puedo negar que aprendí a leer desde muy niña. A los cinco años, a mi madre le sorprendía que yo pudiera ver las letras y transmitirlas a los demás. Mi amor por los libros nació tal vez por mi abuelo materno quien poseía una biblioteca que mucho me atraía. Por otro lado, mi hermana asistía a la escuela de niñas en aquel lejano poblado, con una maestra que la obligaba a hacer tareas que yo compartía para poder aprender. A mis 10 años, con mucha ilusión, pedía a mi madre poder asistir algún día a la Universidad en la Ciudad de México, lo que me era imposible por ser mujer.

¿Cómo recuerda su estancia en la corte virreinal?

Qué de recuerdos, hermano. No le puedo negar que mi llegada a ese mundo, a mis 14 años, durante el gobierno del virrey Marqués de Mancera (1664–1673) fue para mí de gran asombro. Me deslumbraba ese mundo en un principio, y mi amistad con la señora virreina, doña Leonor Carreto, fue extraordinaria. Incluso le dediqué algunos versos y trabamos una relación filial. No obstante al cabo de dos años todo eso me parecía poco y, decidida, solicité mi ingreso al convento de San José de Carmelitas Descalzas para enclaustrarme de por vida. Estaba consciente de que mi vocación no era de ninguna manera el matrimonio. No me veía yo con esposo e hijos, no porque no los quisiera, sino porque mi camino –estaba segura– era la libertad que el convento me podría ofrecer.

¿Por qué decidió ingresar a un convento de una disciplina tan austera y con una comunidad reducida a sólo 20 monjas?

Le voy a confesar algo. El único convento que reunía mis expectativas era el de San José de Carmelitas Descalzas. Yo leía y releía a mi madre Teresa de Jesús. La consideré como mi guía y mi ejemplo. Cuando estudiaba su obra El castillo interior, también conocido como Las Moradas, me convenció el sendero que ella proponía: vida de oración, soledad de la celda, convivencia comunitaria, encierro y disciplina. Entonces pensé que sólo la encontraría en dicho convento, al que ingresé el 14 de agosto de 1667, es decir, a mis casi 17 años. Fue uno de los días más felices de mi vida, dejando el mundo con gran gusto, cuando se me concedió el hábito de novicia. Recuerdo que lloré muchísimo dándole gracias a Dios por haberme elegido como una de sus consentidas. La bienvenida de la comunidad fue fraternal y mi celda, un espacio de oración en donde pasé cuatro meses.

Pero entonces hermana, ¿qué fue lo que sucedió? ¿Por qué dejó ese convento que tanto la llenaba?

Los caminos de Dios no son los nuestros en ocasiones. A pesar de mi gran admiración por la reforma teresiana, de su disciplina, de sus horas de oración personal y comunitaria, los cantos, los trabajos conventuales y mi amor por la celda, se vieron truncados por una fuerte enfermedad que empecé a padecer. Enfermé porque a pesar del amor por el carmelo, no era mi camino. Y así decidí dejar la orden del Carmen para inmediatamente pedir el ingreso al convento de las Jerónimas, en el convento de Santa Paula de la Ciudad de México, donde fui aceptada. En ese monasterio la regla era menos estricta y aun cuando la comunidad de monjas era muy numerosa, la norma y mi propia celda me permitían la vida de oración, pero aunado a ello el desarrollo de mi amor por los libros y la escritura.

Madre Juana Inés, ¿fue feliz en el convento de Las Jerónimas?

Hermano Manuel, como decía mi santa madre Teresa de Jesús, “sólo Dios basta”. Me realicé profundamente religiosa. Fui una monja que siguió estrictamente las normas del convento. Me comprometí con Dios y lo cumplí. Aunado a eso, pude seguir mi inclinación al estudio, la lectura, la escritura, la administración del convento y hasta el gusto por la cocina. Es verdad que en ocasiones sentía que las constantes visitas de mis hermanas me robaban el tiempo para mis escritos. Pero ellas, mis hermanas, eran prioritarias por ello las atendía como mejor podía. Por otro lado, para conseguir recursos para el convento me llamaba el arzobispo y hasta el virrey para que escribiera villancicos y poesías para ellos. En ocasiones el tiempo se me escapaba pero, mi comunidad y mi vida religiosa eran la prioridad. Y sí, fui feliz, muy feliz hasta el final de mi vida porque mi vocación era el servicio a los demás.

Usted escribía constantemente, ¿cuáles eran sus fuentes de información y de investigación?

Leía todo lo que caía en mis manos. Desde las obras de Teresa de Jesús, de Juan de la Cruz, hasta obras clásica y latinas que me facilitaban algunos amigos del convento como Carlos de Sigüenza y Góngora, el padre Miranda, mi confesor; algunos jesuitas que me introdujeron en el fascinante mundo del hermetismo al leer la obra del padre Atanasio Kircher, uno de los grandes sabios de mi siglo XVII. Por eso dormía poco. Mis gustos intelectuales no me distraían de mis obligaciones conventuales. Quizá por eso viví poco. Mi Señor me llevó a su reino para gozar de Él y dejar las tareas mundanas. Y por eso tuve vida corta, intensa y creativa.

Muchas gracias, Madre Juana Inés, espero seguir conversando con usted y conocer aspectos de su vida poco mencionados en este escéptico siglo XXI.

 

 

Por Manuel Ramos Medina